La frase de moda es “usted a mí no me da lecciones de nada”. Esto significa que el aprendizaje solo es posible en la escuelita que cada uno ha montado para la formación de los suyos. Fuera de ahí todo es anatema y falsedad. De aquí que lo que no se corresponda con el relato expuesto por el argumentario es un bulo y pertenece a lo más abyecto de la comunicación.
Hay dos mundos, el de la verdad y el de la mentira, el de los buenos y el de los malos y a esto se le llama cínicamente tolerancia. Por esta razón tienen más valor dos muertos en Minesota que diez mil en Teherán. Evidentemente no se le saca el mismo partido a unos que a los otros. Ahora se ha instalado una tendencia a la rebeldía encabezada por el conejo malo, que de pronto se ha convertido en miembro heroico de la madriguera buena de la colina de Watership.
Esta semana toca el éxito de la Super Bowle y de paso una procesión rogativa con Gabriel Rufián y Emilio Delgado como las dos nuevas admoniciones de la izquierda perdida empeñada en reencontrarse. El usted no me da lecciones de nada acabará apagándose ante el próximo acontecimiento que ocupe las cabeceras de los periódicos y las noticias de la televisión. De momento esto es lo que alimenta a las redes sociales y no al revés. Todavía influyen los exegetas de la prensa que son los que ejercen de maestros Ciruela, más allá de los cuales no se admiten lecciones.
Aquí estamos en carnavales y a los diseñadores les ha cogido a contrapié lo de Bud Bunny, que si no, las calles estarían llenas del personaje sobre patines. Vestirse de Fidel Castro ya no se lleva, con la isla otra vez patas arriba y sin un barril de petróleo venezolano que echarse a la boca por culpa del malvado Trump. En ningún sitio se admite la disidencia, sobre todo donde se la entiende como un ejercicio contra la libertad. Es el usted a mí no me da lecciones, pero en el aspecto interno. En el PSOE no permiten lecciones de Page, de Felipe González o de Lambán, al que culpan de las derrotas después de muerto, al contrario que el Cid Campeador. Este es el panorama en un domingo de carnaval, ese que carece del perfume que le daba Peteco Carabajal a la fiesta, agitando un pañuelo bajo un añoso algarrobo al ritmo de zamba.
Rufián se debate entre dejar de ser indepe para liderar un proyecto nacional. No es la primera vez que ocurre y siempre sale mal. La izquierda piensa que le conviene incidir un poco más en su contenido populista y recurre a las estrellas de la televisión. Por eso a Rufián lo acompaña el karateka Emilio Delgado que también se faja en los platós de la Sexta. Se la juegan en la cuerda floja, porque si fracasan desaparecen. Si Rufián viene con el permiso de Junqueras lo tiene mal, y si no, también. Me gustaría ser más objetivo y no dar lecciones a nadie, pero el ruido del rapero de la Super Bowl no me permite observar lo que hay a mi alrededor con claridad.
De cualquier forma, los carnavales acabarán el próximo sábado, salvo la piñata chica. Entonces estos temas ya no formarán parte de los titulares y estaremos prestando atención a la nueva borrasca y pasará una semana sin que sepamos nada sobre los trenes. Eso es agua pasada. Y que conste que a mí nadie me da lecciones.