Desde la Segunda Guerra Mundial, el viejo continente no ha hecho más que seguir las consignas de Estados Unidos, bailando al compás del Tío Sam, llámese Busch, Biden o Trump. Es más, si de algo destaca la política Exterior europea es por su ciego seguidismo. Sin embargo, el poder duro de Trump, una mezcla de empresario y de emperador romano enganchado a las redes sociales, está encontrando cierta reticencia europea a sus programas. ¿Acaso Europa ya no responde al dictado de los Estados Unidos?
En la 62ª Conferencia de Seguridad de Múnich, el emisario de Trump, Marco Rubio, vino a recordarlo sin tapujos, pero con exigencias: alianza con Europa, sí; pero en los términos que decida Estados Unidos, ya sea sobre Gaza, Venezuela, Groenlandia, el cambio climático o la inmigración. Es decir, permitir el genocidio, el secuestro, la invasión, negación del calentamiento global o deportación indiscriminada de extranjeros.
Es cierto que Europa, al igual que Trump, ha permitido el genocidio en Gaza como permitió el holocausto en su momento. También es cierto que está defendiendo a Ucrania con uñas y dientes en contra de Putin, volcándose con apoyo militar, financiero y sanciones económicas extremas, cosa que no ha hecho con Netanyahu y su gobierno sionista.
En política inmigratoria tampoco difieren en lo sustancial. La ultraderecha europea ya pide expulsar a inmigrantes siguiendo la visión trumpista que considera la inmigración un problema de desestabilización de las sociedades occidentales. Y el encargado de justificarlo ante el mundo es nada menos que un hijo de inmigrantes cubanos; quien, por cierto, tiene a Cuba sumida en una crisis energética sin precedentes a causa del embargo de petróleo de Venezuela.
En el fondo, la sintonía entre Estados Unidos y Europa persiste; las discrepancias reales se concentran en dos frentes: las insinuaciones sobre la anexión de Groenlandia y la financiación de la defensa atlántica, imprescindible para los europeos. Trump sostiene que la OTAN es esencialmente Estados Unidos, y Europa es una convidada de piedra cubierta por un paraguas que percibe como “gratuito”. Un amparo militar que no sólo garantiza la disuasión estratégica, sino que permite, además, a la Unión Europea proyectar ese poder sobre sus intereses comerciales por el mundo, sin asumir plenamente el coste, incluso cuando esos negocios se hacen con el rival de Trump: China.
Ahora Ursula von der Layen aboga por una Europa independiente; lo hace con tono solemne de quien descubre que la mayoría de edad exige responsabilidades; pues nunca es tarde si la dicha es buena. Incluso Keir Stamer, jefe de gobierno de un país hermanado con Estados Unidos, está viendo claramente que tal hermandad es sólo un abuso de confianza que no incluye la cláusula de igualdad.
¿Es el fin del seguidismo europeo? Probablemente no. La iniciativa de Ursula von der Layen se antoja tímida, poco convincente, que se enmarca en una simple declaración de intenciones. Sin embargo, por primera vez desde 1945, Europa parece mirarse al espejo de su propia dependencia; quizá descubra así que la alianza no exige obediencia ciega, sino reciprocidad, igualdad y, sobre todo, respeto efectivo al derecho internacional.
Europa continuará practicando la diplomacia del consentimiento, porque los hábitos geopolíticos no se deshacen de la noche a la mañana tras décadas de un sometimiento que roza la humillación y la burla, sacrificando por ello sus proclamados valores democráticos y, por ende, su crédito internacional.
Desprenderse del yugo estadounidense no será sencillo; pesan las amenazas arancelarias y las garantías de seguridad que Europa, por sí sola, no podría asumir. Más difícil aún resulta imaginar una independencia plena mientras el propio bloque europeo continúa fragmentado, dividido en 27 pedazos, entre intereses nacionales, dependencias energéticas y prioridades económicas divergentes.
En todo caso, a Trump le queda todo un mandato por delante y muchas cuestiones por tratar que podrían poner el mundo al revés, con o sin Europa: el Estado de Palestina, Ucrania, Rusia, Irán, China, el eventual desmantelamiento de la ONU o el rearme nuclear, ahora que ha caducado el acuerdo tras 50 años de control de estas armas; cuestiones que no caben en un solo mitin, pero sí en el eslogan trumpiano “Make America Great Again”.
En la mente de Trump caben todas estas cuestiones y, probablemente, otras muchas que desconocemos; y no son meros expedientes administrativos, sino asuntos candentes, con historia propia, y consecuencias que exigen diplomacia dentro de la legalidad internacional. De ahí que Marco Rubio hable ahora de “reconstruir” la alianza, pero según sus instrucciones, consciente de la destrucción del orden actual que ya cruje bajo el peso de la lógica MAGA.
En este contexto, gestos como la reciente concesión de la “medallita” por parte de Isabel Díaz Ayuso y la adoración que confiesa Abascal y Orbán, un día sí y otro también, por esta filosofía parecen más bien actos de sumisión que de cortesía política.
¡Cuidado! El poderoso suele permitirse la insolencia como quien ejerce un derecho natural; ahora bien, más insolente se vuelve cuando el sumiso, lejos de limitarse a inclinar la cabeza, es además arrogante. Conviene no olvidar ciertos entusiasmos prematuros: ahí está el ejemplo de Corina Machado, cuyo fervor por obsequiar su premio Nóbel, terminó en fiasco. No hay hoguera más rápida que la del exceso de celo. Europa, que llega con retraso a casi todo, empieza ya a comprenderlo.