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Del cielo a la tierra y vuelta al cielo

Por Daniel Molini Dezotti
sábado 21 de febrero de 2026, 06:00h

El día 17 de enero me encontraba con una amiga de toda la vida en la calle Hortaleza de la ciudad de Madrid, frente a la iglesia de San Antón, donde una multitud celebraba su onomástica.

No solo en el interior, también en calles aledañas, un colapso de fieles y animales se acercaban al templo con un cometido concreto.

Como tengo la enorme fortuna de tropezarme con los acontecimientos, aunque no los programe con antelación, estaba allí, disfrutando con lo que veía.

Lo primero que me llamó la atención fue un cartel en la fachada, con un texto más que significativo. Obligado a un ejercicio de equilibrio entre la gente, conseguí obtener una foto, un poco torcida, pero me permitió transcribir lo que exponía.

Por eso, al recuperarla ahora, al decidir escribir este artículo, me pareció propio que fuesen sus autores, quienes describiesen el lugar donde estábamos, en “Una iglesia, situada en el corazón de Madrid, de puertas abiertas: día y noche.”

Debajo, separados por espacios y renglones, se enumeraban los valores del recinto: ““Una isla de misericordia./ Una casa de acogida. / Un pequeño "hospital de campaña", como dice el Papa Francisco. / Un oasis de silencio y oración. / Una casa solidaria para compartir. / La iglesia donde se bendicen los animales. / Un templo con valor artístico: las reliquias de San Antón y de San Valentín, patrón de los enamorados / Copia del cuadro de Francisco de Goya "La última comunión de San José de Calasanz". / Un órgano de 1824 o uno de los relojes más antiguos de Madrid.”

Todo ese “capital” de “ofertas”y poesía tenía destinatarios: “Para los descartados del sistema. / Para los que buscan y no encuentran. / Para los alejados de Dios y de la Iglesia por las razones que sea. / Para los que quieren silencio y oración. / Para los heridos por la vida. / Para los que están solos. / Para los que desean compartir tiempo, dinero y cariño. / Para los que buscan consuelo a cualquier hora del día o de la noche. / Para los que quieran subirse a la ola ilusionante de la primavera del Papa Francisco. / Para los que sueñan con un mundo mejor.”

Pues nada, allí, cientos de personas, decenas de animales, con pelos, plumas, conchas, libres o en jaulas, esperaban sentados, de pie, en filas respetuosas y bajo la lluvia, las bendiciones que los curas del lugar prodigaban a las mascotas, que se mezclaban con los llegados para adquirir el pan de San Antón.

Fue precisamente en ese sector de la iglesia, convertido en monumento a al afecto y la compasión, donde voluntarios de Mensajeros por la Paz, con petos azules y amarillos, se aplicaban a dirigir, ordenar, agradecer al público la visita solidaria.

Tuve la fortuna de cruzarme con un señor mayor, de nombre Delfín, como acreditaba su tarjeta de identificación.

A cambio de unos pocos euros obtuve dos boletos, que me permitirían canjear por dos paquetes de panecillos de San Antón, que tendrían destinatarios.

Me encantó su amabilidad , y después de agradecerle la labor de los voluntarios, me dijo que no era a él a quien decirle gracias, sino a los fieles que llegaban para colaborar, porque sin ellos no tendría sentido lo que estaban haciendo.

Pude enterarme que llevaba 11 años siendo voluntario en la parroquia del padre Ángel, pero antes, desde los años 90-91 ya participaba en el colegio de los padres escolapios, en el mismo lugar.

¿Y qué hacía? Lo que hiciera falta, recaudar, preparar alimentos, vender bocadillos, porque le gustaba ayudar.

No quería seguir hablando, como si los méritos no fueran con él, pero conseguí que me dijera que tenía 90 años, que comenzó ese “ejercicio” después de la guerra civil, cuando en su pueblo, Vadillo de la Sierra, un cura le solicitó ayuda para paliar las graves necesidades que la gente padecía.

Junto a otros muchachos organizaban funciones de teatro, actividades para recaudar dinero, que luego destinaban a la compra de alimentos, medicinas, lo que fuera menester.

Al explicarle la razón de mi curiosidad, que pretendía escribir algo, me aseguró que él, no tenía ninguna importancia y que si quería ponderar la nobleza lo hiciera con los voluntarios de Mensajeros por la Paz, que acuden, las 24 horas de todos los días, con alimentos, compañía, ayuda o remedios para ofrecerlos a los desposeídos, que se acercan para saciar el hambre o buscando calor.

Así lo hacen ellos, también los del programa “Teléfono Dorado”, 900 222223, un servicio gratuito para personas que se encuentran mal, muy mal, en crisis.

Y a pesar del tiempo transcurrido, con las ideas muy claras pero con turbia indecisión, se fueron pasando las semanas, sin concretar una redacción que debía ser inmediata; los elogios, cuando se demoran, parece que se hicieran más pequeños.

Pero no hay nada de eso, los buenos no los necesitas, acostumbrados a movilizarse por otras cuestiones, ajenas al reconocimiento.

San Antón en el cielo, el padre Ángel, Delfín y el resto de voluntarios en la tierra, siguen pensando que la soledad no se cura con pastillas, el hambre con promesas, sino con presencia, acompañamiento y cariño.

Allí lo encontrarán quienes los busquen, siempre animados por la misma consigna.

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