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Lectura sociopolítica del ganador Trump

martes 11 de febrero de 2020, 02:00h
El hombre está exultante. Exhibiendo las portadas de los periódicos donde puede leerse ABSUELTO, Donald Trump ha sugerido en las redes sociales que podría ser el Presidente de Estados Unidos por varias décadas. El presidente más chabacano de la historia reciente de los Estados Unidos ha sido fiel a sí mismo, repartiendo insultos, haciendo chistes de mal gusto, y, sobre todo, completamente confiado en el efecto boomerang que tendrá este impeachment fallido en el contexto de un año electoral.

Una primera lectura política de la situación creada refiere al comportamiento de los partidos políticos estadounidenses y sus líderes. Son muchos los demócratas que advirtieron del efecto negativo que podría tener una operación (el juicio político) condenada al fracaso de antemano. Para que tuviera éxito debería contar con los votos a favor de los dos tercios del Senado y apenas sumaban 47 del total de 100 que tiene esa cámara. Y todo apuntaba a que los republicanos cerrarían filas en torno al Presidente (finalmente sólo uno, Mitt Romney votó en contra de Trump). Pero en las discusiones internas, Nancy Pelosi, líder de los demócratas, ha sostenido que, ante los graves hechos demostrados en el Congreso mediante testimonios, era imposible detener el impeachment. “No teníamos mas remedio que hacer lo correcto”, afirma. Aun les quedaba la esperanza de que algún grupo de senadores aprobaran la posibilidad de admitir la presencia de testigos y pruebas documentales. Pero los republicanos se negaron en redondo. Fuera de los micrófonos, buena parte de los senadores de esa bancada reconocían que los hechos parecían ser ciertos, pero admitir testimonios que afectaran a Trump era radicalmente rechazado desde la Casa Blanca.

Entre los demócratas se ha hecho fuerte el argumento de que, como en el Senado no hubo un verdadero juicio político, no puede sostenerse que Trump haya sido absuelto. Pero eso es poco mas que el recurso al pataleo. Lo cierto es que los republicanos se han visto arrastrados por el inefable Trump, incluyendo aquellos que no simpatizan con su forma de hacer política. El razonamiento partidario de fondo es que no conviene al partido ni al país producir el terremoto político que supondría la caída del Presidente.

Pero un análisis más sociopolítico muestra mejor las bases de sustentación de la actitud republicana. El hecho es que ningún senador republicano ha sentido que su voto haya recibido fuertes críticas o fuera a costarle algún precio entre los electores. Y Trump ha vuelto a remontar el grado de aprobación de su presidencia (según Gallup al 49%), sobre todo en referencia a los buenos datos económicos. Es decir, la actitud republicana guarda relación con el comportamiento y la cultura política de, al menos, la mitad de la población. Nancy Pelosi puede tener razón en cuanto a lo que es correcto en términos de puridad democrática. Pero eso no está entre las prioridades de buena parte de la sociedad estadounidense.

En realidad, la presidencia de Donald Trump representa una prueba extrema de que un mandatario puede hacer lo que le de la gana, sobre la base de la existencia de un bajo nivel de cultura política. A partir de esa extendida estulticia política este patán puede construir posverdades, mostrar racismo, sexismo, sin que nadie se lo impida. Desarrolló así su campaña y ganó las elecciones. Y nada parece impedirle que lo vuelva a hacer. Lo único que no parece haber conseguido Trump es la principal promesa que hizo en su toma de posesión: superar la división de la sociedad estadounidense.

Alguien podría decirme que también he usado el argumento de que es el déficit de cultura política lo que permite a Pedro Sánchez sostener una cosa y su contraria, construir posverdades y retorcer las instituciones democráticas en su beneficio. Y tendría toda la razón. Pero hay que dejar clara una cosa para empezar: no estoy equipando a Sánchez con Trump. Y no sólo porque sean ideológicamente de signo opuesto. Insisto en que Donald Trump supone un caso extremo de demagogia y chabacanería, que sirve sólo para probar hasta que grado se puede deteriorar una forma de gobernar cuando se lo permite una pobre cultura política.

Por otra parte, hay un asunto que los diferencia: Trump posee un nivel de confort político que no tiene Sánchez. Pese a que el patán americano asegura que ha pasado un infierno durante el tiempo que duró el juicio político, lo cierto es que no tiene que tragar ni una mínima parte de los sapos políticos e ideológicos que engulle el Presidente de Gobierno español un día sí y otro también.

Desde luego, Sánchez nunca ha sido muy sólido ideológicamente, además de que parece dispuesto a disimular sus ideas cuando su sobrevivencia política se lo exige. Pero, pese a que ha adquirido una habilidad inusitada para poner cara de poker y actuar cínicamente, dispuesto siempre a hacer de la necesidad virtud, no creo que Sánchez sea tan bruto o tan tóxico como para no darse cuenta de que le obligan a hacer cosas en contra de sus ideas. Por ejemplo, cuando rehabilita políticamente a Torra (de quien tiene una pésima opinión), sabe que está actuando directamente en contra en los principios básicos de cualquier regeneración democrática. Por cierto, en este contexto, carece de sentido la discusión sobre si Torra ha perdido o no su condición de Presidente de la Generalitat al serle retirado su acta de diputado. Sólo con la duda mas que razonable al respecto, Sánchez sabe de sobra que no debería rehabilitar a Torra. Pero entonces ¿Por qué lo hace?

La respuesta es terriblemente descarnada: porque necesita los votos del independentismo para mantener su legislatura. Necesita del apoyo de ERC para aprobar los presupuestos y sobrevivir. Eso hace que su situación sea penosa. A las pocas horas de terminar la reunión con Torra, el independentismo aprueba en el Parlament una resolución que reclama la autodeterminación, la amnistía y un observador internacional; algo que Torra asumirá al día siguiente. Pero Sánchez ha decidido encajar las burlas y el menosprecio para llegar -aunque sea arrastras- hasta la aprobación de los presupuestos.

En suma, Donald Trump es un caso extremo de patán que puede gobernar sin recato sobre la base de una extendida cultura política de bajo nivel. Ilustra hasta dónde puede llegar una forma tramposa de gobernar cuando abunda la estulticia política. Prueba palmariamente mi argumento de que ante estas situaciones no sólo hay que observar lo que sucede en los círculos políticos y partidarios, sino hay que realizar una lectura sociopolítica, sobre todo respecto de la cultura política existente en la sociedad.

Y al aplicar esa óptica sobre la situación española se entiende mejor cómo es posible el ancho margen de maniobra que tiene Sánchez para decir una cosa y la contraria, para construir posverdades (como en el caso Ábalos) o para humillarse ante Torra (con reverencia de su válido incluida). Sánchez y Redondo confían en la borrosidad de criterios de buena parte de la sociedad española o en la indiferencia hacia la política de otra buena parte. Definitivamente, nunca antes fue tan decisiva la creación de ciudadanía sustantiva en este país.
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