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Corriendo, que es gerundio

miércoles 07 de noviembre de 2018, 03:00h

Siempre que tenemos in mente centrarnos en algún tema específico para diseccionarlo o bien examinar su contenido, debemos tener en cuenta que uno de los métodos más eficaces para tratarlo correctamente es eliminar otros conceptos que puedan ser objeto de confusión con el analizado. Así, pues, en el caso que nos ocupa, es determinante que iniciemos nuestro recorrído científico dejando las cosas muy claras desde el principio: no hay que confundir jamás el tocino con la velocidad. Vamos allá: el tocino es el acumulo graso que se deposita en la porción subcutánea de la piel del cerdo que, como sabemos, es un animal mamífero que puede encontrarse en estado salvaje o doméstico (Sus Scrofa, para los cultos). Por otro lado, la velocidad es una magnitud física, de carácter vectorial, que relaciona el cambio de posición -el desplazamiento- con el tiempo. Sólo con observar estas dos definiciones nos tiene que quedar muy transparente que no es sano confundir sendos conceptos. Aparquemos, pues, al tocino para centrarnos, ya de lleno, en el tema de la velocidad.

Hoy en día, la velocidad es mucho más rápida de lo que era hace unas cuantas décadas. Esta sentencia puede parecer ridícula, e incluso un punto absurda, pero si la meditan con detenimiento (que es la única manera de meditar con una cierta seriedad) observarán que contiene una certeza ineluctable y definitiva. Ejemplificaré dicha brillante oración con un relato humorístico -no soporto la palabra “chiste”; me parece vulgar y sobada- perteneciente al catálogo del inolvidable Eugenio: “lo saben aquel que dice que un vendedor de una concesionaria de automóviles intenta hacerse con un cliente y le dice: mire usted, con este magnífico vehículo adquirirá una velocidad nunca vista; por ejemplo, usted sale a las diez de la noche de Barcelona y en cuatro horas se desplazará hasta Pontevedra, de manera que usted se situará en la iglesia de San Froilán, en pleno centro de la ciudad gallega, a las dos de la madrugada. El posible cliente le responde: ¿y qué putas hago yo en Pontevedra a las dos de la madrugada?”. Creo que esto sitúa, perfectamente, el intríngulis de la cuestión: ¿por qué hay que ir más rápido, así en general?

El mundo globalizado en que estamos viviendo (¿viviendo?) no da respiro. Se ha difundido la idea de que todo debe ser hecho a toda leche, con perdón. No valen las pausas, de cualquier índole, ni todo aquello que “retrase” nuestras acciones, tanto las cotidianas y rutinarias como aquellas que penden de un necesario ocio personal y particular; es decir, las laborales y las festivas. Es mucho más importante que las cosas se hagan rápidas que no que se realicen con el debido tiempo. La verdad es que no consigo entender el motivo de las prisas, entendidas como la prontitud y rapidez con que se ejecuta algo, la necesidad o deseo de llevar a cabo algo con urgencia. Puedo entender esta actitud cuando se puede tratar de problemas de vida o muerte, pero en todas las otras situaciones que la vida nos pone por delante no le veo ninguna gracia a tenernos que poner a correr como locos para efectuar nuestras labores. El cambio de ritmo en el quehacer de nuestras labores no tiene ningún sentido y, además, suele provocar eso que ahora se ha dado en llamar estrés y que los chavales denominan “estar agobiado”. ¿Sirve para algo acabar de leer un libro antes del tiempo requerido a tal efecto? ¿Tomarse un chocolate caliente como si fuera una competición automovilística? ¿Intentar un orgasmo mirando el reloj? ¿Zamparse unas manitas de cerdo en un tiempo récord para acceder al libro Guinnes?

Ayer, sin ir más lejos, un primo hermano mío al que le debo un respeto y una enorme consideración (no estoy hablando de un cuñado) me contó que, actualmente, en los Estados Unidos se están haciendo pruebas de vehículos -trenes fundamentalmente- que funcionarán a base de un sistema llamado de “levitación magnética” que permitirá aumentar la velocidad entre dos trayectos en más del doble del actual. Y yo me pregunto: ¿y a mí, que me soluciona este presunto avance? ¿Hacer más cosas? ¿Qué cosas? ¿Para qué? ¿para joder un poquito más mi ajetreada vida? No, nada de nada, vamos a ser claritos: servirá, exclusivamente, para disponer de más tiempo para consumir más, llenar la panza del grupo de multimillonarios de turno, aumentar las cínicas desigualdades planetarias y conseguir que la gente piense menos, que es lo que desde el primer polvo bíblico han intentado, con éxito, las autoridades competentes; se trata del clásico panem et circenses, o sea fútbol y Google.

Antes fue el diluvio universal; ahora es el desastre universal y, aún encima, corriendo... por si un acaso.
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