Quizás debiera sentirme acomplejado, porque a lo largo de mi andadura como escritor improvisado no he conseguido que mis redacciones consigan plasmar, mucho mejor, lo que ven, sienten o persiguen.
No pocas veces, para ponerle una venda a esa herida, me aprovecho de “remedios” que podrían ser considerados plagiarios.
Y como a esta altura de mi partido con la vida, el resultado se ha consolidado y la derrota parece irreversible, voy a insistir con la mala costumbre de copiar.
Resulta que el primer sábado de carnaval, cuando la gente de Santa Cruz empezaba a ejercitarse en el jolgorio, una amiga me propuso salir para comprobar el ambiente.
“¿Cómo va a estar le pregunté?, con música, alegría, disfraces, kioscos, bebidas, algarabía, ruidos... ¡como siempre! Exactamente igual a lo que no me gusta.
Dado que mi amiga es persistente, al final, pasada la media tarde, allí estaba yo, en el centro del tumulto, intentando convencerla de que llevábamos más de 10 minutos y podíamos regresar.
Pero ella, presionando mi voluntad, la dirigió hacia la Plaza de Candelaria, porque allí, los amplificadores desparramaban música hacia los cuatro puntos cardinales.
Tomados de la mano llegamos hasta un escenario, donde una murga comenzaba su actuación, tras el recuerdo para un compañero, Pedro, que, aunque no estaba presente, sí lo estaba.
No dijeron más, completaron el homenaje mirando al cielo.
Nosotros, situados en una posición con buena visión, pudimos ser testigos del espectáculo, en el que el grupo interpretaría el tema que les permitió pasar a la final del concurso de murgas adultas.
Mientras ellos iban, venían, cantaban, saltaban, coreaban, tocaban sus cornetas, las letras se sucedían, siguiendo la corriente de un argumentario donde no faltaban reclamos, denuncias, testimonios, algo de rabia, bastante humor, quejas y agradecimientos por los aplausos.
Ya, casi a punto de superarse el tiempo que tenían asignado para la representación, el director explicó al público que concluirían con un tema referido a los sueños; no a cualquiera, sino a los que inspiraban a miembros de la agrupación.
Me gustó tanto que me emocioné, y cuando llegó el fin y se retiraban, le dije a mi amiga que me esperase un momento: quería hablar con el director.
“Perdone que lo moleste, sé que no es el momento, pero me gustaría tener la letra del tema de los sueños.” Bastante sorprendido por la interrupción a las felicitaciones que estaba recibiendo, apuntó el número de teléfono que le dejé, acompañado de un pretexto: “Es para escribir un artículo.”
Cumplido el objetivo, tenía claro que me tocaba esperar, sabiendo que el 99 por ciento de las veces que solicito algo parecido el clamor de silencio ensordece. Nadie suele responder, y, en el fondo, pienso que no se equivocan.
Pero las estadísticas pueden romperse, y en este caso se hicieron trizas a la semana, al llegar una comunicación a mi teléfono.
“ Buenos días, mi nombre es Carlos, el director de la murga “La Sonora”. Nos conocimos el primer sábado de carnaval, cuando nos vimos en el escenario al terminar de cantar. Quedé que le mandaría le letra, por cierto, aprovecho para disculparme, no lo hice, fueron días complicados. No pude atenderle como es debido, pero ahora, con la normalidad recuperada, me gustaría para saber si todavía está interesado para el articulo o ya se ha pasado la fecha...”
Mi respuesta fue contundente: “Sigo interesado Carlos, porque lo que decían en ese tema no ha perdido actualidad. En realidad no voy a escribir el artículo, lo harán, lo están haciendo, ustedes.”
Y llegó la letra, junto a los desvelos de una agrupación de 50 componentes -con edades que van desde los 18 a los 67 años- que ensayan a partir de cada mes de septiembre, ayudados por diseñadores, letristas, director musical, costurera y un amplio equipo que conforma una familia que se disfraza, maquilla, canta, se divierte, y luego lo comparte con el público. ¡Y también sueña!
Y esos deseos de los integrantes de la murga “La Sonora”, sabiendo que “cumplirlos es difícil, que no se regalan ni se venden, que es necesario pasar muchas crisis y es obligado ser valiente”, fueron los que me inspiraron a compartirlos con los lectores.
Enumerados -ellos lo hacían en verso- suenan así.
“Hoy está con nosotros quien soñó estar con su familia, traerlos de Venezuela, se ha dejado “jota” el alma y el sueño se ha cumplido, estar junto a su familia, juntos a sus seres queridos.” “Y también por fin Itiel, ha podido conseguir la carrera que soñaba, y periodista ya es por fin. / como Ayoze ha conseguido su peluquería abrir.”“Gran ejemplo es Alexander y el sueño que tuvo un día, después de estar en la cárcel, fue recuperar su vida. Y ahora tiene una familia, una casa y un trabajo, y es persona nueva, y un murguero del “carajo”. “Cuantos años pasó Juani para ver su sueño cumplido, pensando que no podría y ahora es padre de dos hijos / sueña Omar que llegue el cuarto y por fin sea el varón, para sellar en matrimonio que su sueño se cumplió.” “No dejar los maratones siempre Chano había soñado, con 67 años la carrera ya ha ganado / y ahora el sueño de Manolo quiero que se cumpla al fin, que delante de la gente hoy nos cante, y sea feliz.”
Y cantó: “El cantar era mi sueño, el auténtico tesoro, no soñaba ser famoso ni ganar discos de oro. Yo soñaba que a mi gente un buen rato hacía pasar, demostrando que si luchas por tus sueños lograrás, tarde o temprano, hacerlos realidad.”