En cada conflicto laboral sanitario aparece un argumento que, a fuerza de repetirse, parece querer convertirse en verdad: que los médicos que ejercen su derecho a huelga “toman como rehenes a los pacientes”. La expresión es grave. No solo por su dureza retórica, sino por lo que implica moralmente. Equipara una protesta laboral legítima con una forma de violencia contra personas vulnerables.
Y, sin embargo, esta acusación la ha lanzado al especio mediático, la ministra de sanidad pública Mónica García, con evidente mala fe y con la intencionalidad de poner a la opinión pública que nos está apoyando masivamente, contra los 175.000 médicos. Esto denota que está desbordada por el éxito de la huelga y por eso recurre o bien a la mitomanía ( “hemos llegado a un acuerdo con los sindicatos médicos del comité de huelga”) o bien a graves e imprudentes declaraciones maliciosas, realizadas previamente, tales como “ desatención a pacientes oncológicos y en diálisis en la huelga pasada ” o bien hace muy poco, “ sobre que los sindicatos médicos estamos haciendo rehenes a los pacientes” .
Conviene detenerse un momento a pensar qué significa realmente esa afirmación. Un rehén es alguien retenido contra su voluntad para presionar a un tercero. Pero la huelga sanitaria no tiene ese propósito. Los médicos que protestan no retienen pacientes, no los utilizan como moneda de cambio, ni buscan causar daño deliberadamente. Al contrario: la razón por la que muchos profesionales sanitarios se movilizan es precisamente la degradación progresiva de las condiciones en las que se presta la atención. Falta de personal, agendas imposibles, guardias interminables, listas de espera que se cronifican. Protestar contra estas condiciones no es abandonar a los pacientes; es advertir que el sistema está fallando y que quienes sufrirán sus consecuencias serán, inevitablemente, ellos.
En ese contexto, acusar a los profesionales de “tomar rehenes” no solo resulta injusto: es una forma de desviar el foco del problema real. Porque si los pacientes se ven afectados durante una huelga, la pregunta que debería hacerse la administración no es quién protesta, sino por qué se ha llegado a ese punto. Las huelgas en sanidad rara vez son el primer recurso. Suelen ser los últimos, tras mucho tiempo de advertencias ignoradas y negociación estéril.
Además, este tipo de declaraciones plantea una cuestión ética preocupante. El lenguaje importa, especialmente cuando procede de instituciones públicas. El uso de expresiones que criminalizan a los profesionales sanitarios no contribuye a mejorar el clima de diálogo ni a resolver el conflicto. Al contrario, deteriora la confianza entre la administración y quienes sostienen diariamente el sistema sanitario. Y, en el plano deontológico, resulta difícil reconciliar estas acusaciones con el respeto mutuo que debería presidir la relación entre instituciones y profesionales.
El código deontológico médico subraya el compromiso del médico con el bienestar del paciente, pero también reconoce que los profesionales tienen derechos y responsabilidades hacia la sociedad y hacia sí mismos. Defender condiciones que permitan ejercer la medicina con calidad no es una contradicción de ese compromiso; es una consecuencia directa de él. Un médico agotado, saturado o forzado a atender decenas de pacientes en tiempos irrisorios difícilmente puede ofrecer la atención que esos pacientes merecen.
Por eso resulta paradójico que quienes denuncian la precariedad del sistema sean acusados de perjudicar a los pacientes, cuando muchas veces lo que están señalando es precisamente el daño que ya se está produciendo. En ese sentido, la huelga no es una agresión contra el sistema sanitario: es un síntoma de su deterioro.
Tal vez la pregunta que deberíamos hacernos no es si los médicos toman rehenes, sino qué ocurre cuando un sistema sanitario llega a tal nivel de tensión que sus propios profesionales sienten que no tienen otra forma de ser escuchados. Porque cuando eso sucede, los pacientes no se convierten en rehenes de quienes protestan, sino en víctimas de un problema estructural que lleva demasiado tiempo ignorándose.
Ministra le sobra la infoxicación, la impostura y la sobreactuación. Renuncie a su obsesión por el relato y el mitineo. Su credibilidad está bajo mínimos. Solo la negociación real detendrá esta huelga que le estamos haciendo al Gobierno.
Ya saben en derrota transitoria pero nunca en doma.