La casa donde vivíamos ocupaba la mayor parte del tramo de Cabrera Pinto, entre Tabares de Cala y Viana. Antes se llamaba Facundo y las otras dos del Pino y de Los Álamos. Un muro blanco limitaba la huerta por Viana hasta la casa del ingeniero Pintor. En la planta alta había una galería acristalada, orientada al sur, desde la que se veían los tejados de la ciudad y las torres de la Catedral, de la Concepción, de San Agustin y el ajimez de las Claras, donde las monjas tocaban el tambor el día de la santa, que creo era en junio.
Cuando vino la langosta los hicieron sonar también, a pesar de que no era la fiesta. Nosotros salimos al jardín haciendo ruido con cacharros para ahuyentarlas. Los naranjos que llegaban hasta los ventanales se habían vuelto rojos y los insectos los estaban dejando sin hojas. En casa había dos pozos y uno estaba ciego. El otro tenía agua enseguida, a menos de tres metros del brocal, pero era salobre, como casi toda la que había en el subsuelo de La Laguna. Junto al ciego un castaño que talamos para hacer unos Morris y una mesa de ping pong que se quedó empenada en el primer invierno.
El invierno era muy frío y planchábamos las camas y las acondicionabamos con botellas de agua caliente para reducir la humedad y podernos acostar sin que nos diera una pulmonía. Cuando nos poníamos malos María nos preparaba infusiones y nos ponían mantas para sudar y bajar la fiebre. Nos entraba la tiritona, pero a los tres días estábamos jugando en la huerta. Aparte de los naranjos había dos nísperos tres limoneros y cuatro ciruelos dulces que daban una fruta muy sabrosa.
Nuestra madre puso patos en el estanque y les hizo una caseta con el tejado a dos vertientes. El agua estaba siempre verde y los patos se zambullían hasta enseñar las colas como las chicas en Bajamar, sacando el culo por encima de la superficie de la piscina. El tiempo pasaba lento porque teníamos prisa por hacernos mayores. A mí me gustaba leer en el jardín y mezclaba los cuentos de Andreiev con Gabriel Miró, las sonatas de Valle Inclán los viajes de Pierre Loti y los Episodios Nacionales de don Benito. Era una vida con olor a azahar. Sabíamos que hacía unos años hubo una guerra y murió nuestro abuelo y un hermano de nuestro padre. Sin embargo la desgracia estaba lejos y olvidada en medio de una ciudad donde las campanas daban la hora tres veces, con el desacuerdo de los tres relojes de sus torres.
Alguien que no había nacido me cuenta que era un tiempo horrible. No teníamos nada y nos lo teníamos que inventar todo. De vez en cuando venía una tormenta y nos poníamos a ver los rayos detrás de los cristales, y en verano había unos días de fuego y salíamos por la noche a pasear al camino de las Peras y dormíamos sobre las sábanas. Los ancianos del Asilo rezaban el secula seculórum amén, y cada quince días moría alguno y se pasaba la noche solo, con una hermanita, bajo la luz de una bombilla escualida, hasta el día siguiente en que el capellán venía a decir el responso y después salía el entierro camino de San Juan. Ayer estuve por allí, aprovechando que era martes de carnaval y todos se habían ido a Santa Cruz. Recordé estas cosas. Cuando volví a casa alguien dijo en la televisión que aquellos fueron años difíciles y yo pensé que sería afortunado si pudiera volverlos a vivir.