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Contra la democracia (1)

Por Sebastián Urbina
miércoles 17 de noviembre de 2021, 06:00h

Hace un tiempo, se puso de moda el libro del filósofo Jason Brennan, profesor en la universidad de Georgetown, ‘Contra la democracia’. De las muchas cosas interesantes que dice, me centraré en una que me lo parece especialmente. Que la democracia, en vez de verla como un fin en sí mismo, podríamos verla de manera instrumental. Si nos da mejores resultados que otros sistemas, deberíamos apoyarla. En caso contrario, no.

También dice Brennan que sería conveniente instaurar la ‘epistocracia’. O sea, dar el poder a los más sabios, lo que no significa eliminar el sufragio universal, sino que los votos se darían en función de los conocimientos. No me centraré en esta cuestión porque, aparte de la conveniencia, o no, de eliminar el principio ‘Un hombre, un voto’ (tranquilos los inquisidores, incluye a todos y todas), sería extremadamente difícil el reparto de votos en función de los conocimientos. Sólo un ejemplo. ¿Qué hacemos con una persona que es experta en física atómica pero no tiene ni idea de teoría política?

Dice Brennan: “La democracia no es un fin en sí mismo. No es un poema, tiene el valor que tiene un martillo. Es sólo un instrumento útil para producir políticas justas y eficientes. Si podemos encontrar un martillo mejor, debemos usarlo”.

Por tanto, Brennan no da a la democracia un valor intrínseco, sino un valor instrumental.

‘Gato blanco o gato negro, da igual; lo importante es que cace ratones’. Esto lo dijo el líder comunista chino Deng Xiaoping, y lo repitió, con satisfacción, el socialista Felipe González. Esto no es nuevo. Sin embargo, aunque la eficacia es un valor importante, no es el único. Habitualmente, en las sociedades democráticas en las que afortunadamente vivimos (a pesar de las desgracias de Zapatero, Sánchez y sus socios antidemocráticos), suelen combinarse los valores de libertad, igualdad, eficacia…

Según Brennan, los ciudadanos se dividen en hobbits (gente ignorante, sin interés en participar en la vida política), los hooligans (que son muy participativos, pero tienen mentalidad tribal), y los vulcanos (que se informan responsablemente). Pero según Brennan, los vulcanos no existen en realidad. Serían un tipo ideal. En el sentido de Max Weber.

Dicho esto, y a pesar de las variadas e interesantes propuestas de Brennan, me centraré en la idea de la democracia (como valor intrínseco) o la democracia (como valor instrumental)

En primer lugar, ¿qué opinaríamos de alguien que nos planteara si los martillos deben verse como portadores de un valor intrínseco o portadores de un valor instrumental? Pensaríamos que está bromeando. Sin embargo, cuando se plantea en relación a la democracia, ya no creemos que se esté bromeando. ¿Por qué?

No está claro que la democracia, igual que la compra de un coche, o una lavadora, debamos verla de manera instrumental, que es la propuesta de Brennan. Imagino que la izquierda, dado que sueña con una sociedad utópica, sólo puede ver la democracia instrumentalmente, como un intermedio (dictadura del proletariado o algo parecido que se hayan inventado) para alcanzar el mundo feliz de la sociedad sin clases. Como un instrumento que ellos pueden utilizar- si les dejamos- para caminar hacia el paraíso socialista. Que siempre es un infierno real.

La democracia no es como un secador, o un abrelatas. Si no funcionan adecuadamente, los cambiamos. Esto no parece plantear dudas. ¿Por qué? Porque sabemos exactamente cuándo el abrelatas no funciona, según las expectativas propias de los abrelatas. Aparte del precio, que suele ser asequible.

Por otra parte, ‘funcionar’ no es -siempre- un todo o nada. En muchos casos, el problema es si las averías son suficientemente importantes o frecuentes para cambiar, por ejemplo, de coche. O si, por el contrario, preferimos hacer los arreglos necesarios para seguir tirando. Hay que hacer cálculos. ¿Cuánto nos costarán los arreglos? ¿Qué frecuencia tienen? Etcétera.

¿Por qué la democracia no es como un coche o un abrelatas? En primer lugar, porque no conocemos el ‘repuesto’ – como sí lo sabemos con los abrelatas- que nos permitirá tener mejores resultados. Me refiero a la mayoría de gente. Por supuesto, hay minorías- espero que minorías- que están convencidas, o eso dicen-, de que Cuba es un buen ejemplo de ‘repuesto’. Concretando. En España hay comunistas y socialistas, además de los dirigentes de Podemos (o Más Madrid, a pesar de la cara de ‘niño bueno’ de Errejón), que se han negado a condenar la actual dictadura del socialista venezolano Maduro. O la de Fidel Castro. Porque las admiran. Porque son totalitarios como ellos. Son peligrosos antidemócratas que- algunos de ellos- están en el gobierno gracias al mentiroso y traidor, Sánchez.

Es más, para estos fanáticos social comunistas, la Venezuela de Maduro sería una democracia. También para el impresentable socialista Zapatero. Y al opositor Guaidó, lo ven como un golpista al servicio del imperialismo americano. Estos comunistas y demás chusma, a los que el presidente Sánchez califica de ‘constitucionalistas’- a diferencia de Vox, que sería un partido fascista que debe ser ilegalizado- forman gobierno con él, caso único en Europa. Y no parece que esto provoque ningún escándalo en los ciudadanos. Tal vez, ya sean masas aborregadas de progreso. Encantados con los comunistas, golpistas catalanistas y filoetarras que sostienen al farsante Sánchez. Esta bazofia antidemocrática no exculpa al mediocre Casado. Hipotecado por la ilusión de la ‘alternancia’.

Resumiendo, los que sí creen que existe un repuesto a la democracia son los habituales antisistema. Aunque puedan utilizar diferentes siglas, todos ellos tienen en común el odio- o desprecio- a la democracia occidental, sus instituciones y la economía de mercado. El mundo occidental actual sería una especie de infierno del que hay que salir cuanto antes para alcanzar el ‘cielo de izquierdas’.

Estas personas, ‘indignadas’ con nuestro mundo occidental, tienen, básicamente, dos opciones. O el ‘mundo feliz’, en el que todos seremos hermanos, nos repartiremos el bocadillo; no habrá propiedad privada, ni ricos, ni pobres, etcétera. Un cuento de hadas socialista que siempre termina ensangrentado y empobrecido. Por eso tienen que mentir tanto. Para esconder la realidad socialista.

La otra opción es la ‘democracia real YA’, otro invento para mentes infantiles. ¿Qué es eso? Es la democracia actual, pero sin defectos, ni imperfecciones. La llaman ‘participativa’. Todo funciona perfectamente y sin injusticias, ni corrupciones. ¡Y luego miran con aires de superioridad a los que creen en los milagros de Fátima! Son unos auténticos caraduras. Exigen perfección a la democracia, cuando ellos crean miseria económica y ausencia de libertad. Siempre que han podido materializar el ‘socialismo realmente existente’, ha terminado así. Siempre ha sido un rotundo y trágico fracaso. ¿De dónde quiere huir la gente? De los ‘paraísos socialistas’. Cuba, Venezuela, Nicaragua… Pero les da igual. Su fanatismo y falta de escrúpulos les empuja a decir que la gente está alienada. La que no quiere ser como ellos.

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