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Apuntes de Bélgica (1)

Por Jaume Santacana
miércoles 17 de noviembre de 2021, 03:00h

Heme aquí bajo el paraguas de la más absoluta de las tranquilidades, ubicado entre el silencio, la calma, el sosiego y la soledad más solitaria, valga la expresión, aunque mi aislamiento no es singular sino plural; más especificamente, el dios Amor me permite compartir mi parcial incomunicación con la mujer que amo, aquella persona que me hace sumamente feliz y dichoso.

Hállome en Bélgica, a dos minutos de la voluble frontera entre los francófonos y los neerlandeses, los mismos que antes eran denominados como wallones y flamencos respectivamente.

Estoy prácticamente en tierra de nadie. Bélgica es un país a medias, nunca mejor dicho. Un estado en dos o dos estados en uno, como se prefiera. La inestabilidad política es de órdago. A la par que los italianos, los belgas pueden permitirse el lujo de vivir más de un año sin gobierno y sin que les pase nada de especial. Solo unos suspiros políticos; casi unos susurros. No se resquebrajan los edificios que acogen a la Administración, ni llueve sangre, ni los adolescentes románticos se suicidan tirándose al primer canal que surca su geografía (por cierto, una geografía sin casi geología, en la que los altímetros se mueren de aburrimiento). El plat pais que cantaba el bueno de Jacques Brel: una región sin apenas montañas dignas de mención, excepto alguna leve elevación de terreno en la zona de las Ardenas (no más de 300 tristes metros) para que los jabalíes puedan hacer un poco de ejercicio y suden la grasa sobrante. Un pais de geografía lenta y dilatada -mastodóntica-, de una suavidad extrema empapada en lluvia).

A unos minutos de mi jardín se alza el monumento conmemorativo de la famosa batalla de Waterloo, donde a Napoleón se le dio por el saco en beneficio de un futuro con pueblos más civilizados. Wellington, como los ianquis en Normandia, nos salvaron del yugo dictatorial y cruel. Nota : la Historia, así, en generql, es tan falsa, ella, que por no respetar no repeta ni la toponimia; a modo de ejemplo: la susodicha batalla campal no aconteció en el pueblo que dio nombre, siglos más tarde, a la exitosa canción del grupo Abba, Waterloo, sino en la villa de al lado que se llamaba y se sigue llamando Braine-l’Alleud. Cuando a Wellington, el ganador de la partida, se le puso a mano el documento final para solicitar su firma, encontró graves dificultades en pronunciar y escribir el endiablado nombre de Brain etc. y, cabreado, hizo cambiar para la Historia el auténtico lugar por el de Waterloo que le pareció mucho más anglosajón y, sobre todo, fácil de leer y pronunciar.

Mi (nuestro, con plural amoroso) descanso parcial en esta tierra acogedora, avergonzada aún por los estragos salvajes ofrecidos por el Duque de Alba y sus tropas imperiales españolas, trogloditas y salvajes, es dulce y apasionadamente equilibrado. Cielo gris, brisa humana, lloviznas decentes y civilizadas y, sobre todo cerveza divina.

Qué les voy a contar...

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