SOCIEDAD

“Las redes sociales tienen sistemas de recompensa similares a las máquinas tragaperras”

Ramón Gómez | Martes 21 de abril de 2026

Deslizar el dedo, ver un vídeo, pasar al siguiente. Otro más. Y otro. Lo que parece un gesto cotidiano y casi automático se ha convertido en uno de los grandes debates de nuestro tiempo. La reciente sentencia de un jurado de Los Ángeles contra Meta y Google, que concluye que sus plataformas fueron diseñadas para “enganchar” a los adolescentes, ha puesto negro sobre blanco una sospecha cada vez más extendida: las redes sociales no solo se usan, también se consumen.



El fallo pone el foco en un modelo basado en captar la atención del usuario el mayor tiempo posible. Un sistema que, según los expertos, no es casual, sino que responde a estrategias concretas que aprovechan el funcionamiento del cerebro humano. Para analizar este fenómeno, mallorcadiario.com ha hablado con el psicólogo sanitario Roberto Hoyuela y con la pedagoga y orientadora educativa Aina Cuart Ecker, dos profesionales que trabajan con jóvenes y familias y que conocen de primera mano el impacto del uso de redes sociales.

Hoyuela ejerce en la Clínica Vicente Alcántara y ha estudiado esta problemática en su trabajo de fin de máster, centrado en la relación entre emociones y uso problemático del móvil. Por su parte, Cuart Ecker imparte charlas a familias dentro del programa del Col·legi Oficial de Pedagogia i Psicopedagogia de las Illes Balears, donde aborda los riesgos de las redes, la sobreexposición digital y el uso excesivo de pantallas.

UN DISEÑO PENSADO PARA RETENER AL USUARIO

Nada en las redes sociales es completamente casual. “Las redes sociales no son herramientas neutras, sino entornos diseñados para captar y mantener la atención”, explica Aina Cuart Ecker. Desde su experiencia en orientación educativa, señala que estas plataformas responden a un modelo claro: la llamada “economía de la atención”.

Estudiantes caminando por el campus de la UIB mientras miran el móvil. | Autor: J. Fernández Ortega.

En este modelo, cada interacción cuenta. Un 'like', un comentario o una notificación actúan como pequeñas recompensas que refuerzan el comportamiento del usuario. “Todo está pensado para que permanezca el mayor tiempo posible dentro de la aplicación”, añade la pedagoga, que trabaja este enfoque en sus charlas con familias.

“En las redes sociales, cada elemento está pensado para captar tu atención”

Desde el ámbito psicológico, Roberto Hoyuela coincide en esta idea. “Están diseñadas para que pases el mayor tiempo posible y vuelvas de forma recurrente”, señala. Según explica, se trata de un sistema basado en principios psicológicos que buscan maximizar la interacción. El resultado es un entorno que no solo entretiene, sino que empuja a quedarse. “Cada elemento está pensado para captar tu atención y dificultar la desconexión”, apunta Hoyuela.

EL MECANISMO QUE GENERA ADICCIÓN

El secreto de este enganche está en el refuerzo intermitente. “Son recompensas que aparecen de forma impredecible, lo que genera una expectativa constante. Este mecanismo es similar al de las máquinas tragaperras. En redes sociales se traduce en el 'scroll' infinito: el usuario sigue consumiendo contenido porque no sabe cuándo aparecerá algo que realmente le interese. Esa incertidumbre mantiene activa la conducta”, explica el psicólogo sanitario.

“La dopamina se libera tanto al recibir la recompensa como al anticiparla”

“Puedes ver varios contenidos que no te interesan, pero sigues porque esperas que el siguiente sí lo haga”, añade el Hoyuela. Esa búsqueda constante convierte una acción puntual en un hábito repetido. A nivel cerebral, el proceso es claro. “La dopamina se libera no solo cuando recibimos la recompensa, sino también cuando la anticipamos”, explica, lo que refuerza la necesidad de seguir conectado.

ADOLESCENTES, UN GRUPO ESPECIALMENTE VULNERABLE

Este sistema tiene un impacto mayor en adolescentes. “Están desarrollando el autocontrol, la gestión emocional y el pensamiento crítico”, explica la orientadora desde su experiencia en centros educativos. En estas edades, además, la necesidad de pertenencia y validación social normalmente es más intensa. “Las redes amplifican esa necesidad y hacen que cada interacción tenga más peso emocional”, añade Cuart Ecker.

Imagen de archivo de jóvenes utilizando sus teléfonos móviles.

A esto se suma que el cerebro adolescente está orientado a la recompensa inmediata, lo que hace que estos estímulos sean especialmente atractivos. Como consecuencia, la autorregulación resulta más difícil. No se trata solo de falta de voluntad. Es una combinación de desarrollo biológico, presión social y diseño tecnológico que favorece la conexión constante.

USO PROBLEMÁTICO Y REGULACIÓN EMOCIONAL

No todo uso es problemático, pero hay señales claras. “No es tanto el tiempo como la relación que se establece con el móvil”, señala Cuart Ecker. En el día a día, esto se traduce en necesidad constante de conexión, dificultad para desconectar o irritabilidad cuando no pueden usar el dispositivo. También aparecen problemas de sueño o descenso del rendimiento académico. “Es importante observar si el móvil se convierte en la principal forma de gestionar emociones”, añade. Cuando esto ocurre, el uso deja de ser funcional. Es en ese punto cuando empieza a hablarse de uso problemático, más allá del número de horas frente a la pantalla.

“Las personas con más emociones negativas usan el móvil para evitar procesarlas”

Detrás de este uso suele haber malestar emocional. “Las personas con más emociones negativas tienden a usar el móvil como regulación externa”, explica el psicólogo Hoyuela. El problema es que este recurso no resuelve el origen del malestar. “Ofrece un alivio inmediato, pero no ayuda a procesar lo que sentimos”, añade. Con el tiempo, se genera un círculo vicioso: cuanto más malestar, más uso; y cuanto más uso, menos herramientas propias para gestionarlo. La pedagoga Cuart Ecker coincide en esta idea y señala que muchas veces el uso excesivo responde a la necesidad de evadirse o sentirse acompañado.

CONSECUENCIAS Y RESPONSABILIDAD COMPARTIDA

Las consecuencias se trasladan al día a día. “Se observan dificultades en la atención y la concentración”, explica Cuart Ecker desde su experiencia profesional. También aparece una menor tolerancia a la frustración. “Están acostumbrados a la inmediatez, y eso hace que tareas largas les resulten más difíciles”, señala. A nivel emocional, el impacto en la autoestima es evidente. “La comparación constante en redes puede generar inseguridad”, añade. Todo ello afecta tanto al rendimiento académico como al bienestar emocional de los jóvenes.

Adolescentes pasando tiempo con sus móviles.

La sentencia ha puesto el foco en las empresas, pero los expertos hablan de responsabilidad compartida. “Las plataformas diseñan el entorno y conocen los mecanismos que generan más interacción”, afirma Hoyuela. Aun así, insiste en la importancia del conocimiento. “Cuanto más entendamos cómo funcionan, mejor podremos regular su uso”, añade. Desde la pedagogía, Cuart Ecker insiste en el acompañamiento. “No se trata solo de controlar, sino de educar en un uso consciente”, explica. La clave está en combinar regulación, educación y acompañamiento, especialmente en menores.

ACOMPAÑAR SIN CULPA Y EDUCACIÓN DIGITAL

Muchas familias se sienten desbordadas. “Es una realidad que afecta a muchas”, señala Cuart Ecker. El primer paso es dejar la culpa y centrarse en el acompañamiento. “No se trata de hacerlo perfecto, sino de ir ajustando”, explica. Entre las estrategias destacan establecer momentos sin pantallas, crear rutinas y fijar normas claras. “La clave está en cómo se ponen los límites”, añade. También es importante ofrecer alternativas y revisar el uso propio como adultos.

“La clave está en saber poner límites”

La solución no pasa solo por limitar. “Hay que enseñar a entender y cuestionar lo que ven”, señala la pedagoga. Esto implica desarrollar pensamiento crítico y aprender a autorregularse. También recuperar la tolerancia al aburrimiento. En un entorno de estímulos constantes, aprender a desconectar es clave para el desarrollo. Porque, como concluye Hoyuela, el reto es entender “cómo están diseñadas y cómo convivir con ellas sin que afecten a nuestra salud mental”.

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