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Año nuevo

Por Daniel Molini Dezotti
sábado 10 de enero de 2026, 07:00h

El 1 de enero de 2026 me levanté temprano, como todos los días anteriores y, supongo, que también como todos los días que vendrán, hasta que vengan, porque el mal dormir no es una cuestión que se agote, sino un padecimiento que no se fatiga.

Me proponía mandarles la primera luz del 2026 a las personas que quiero, y me dirigía hacia el lugar donde casi siempre asoma, tímidamente, cuando todavía, pintando de color naranja, no puede llamarse sol.

Lo iba a buscar por el lado de allá, en el horizonte, lejos, donde no se sabe si el mar acaba o comienza.

Y pensaba el texto con que acompañaría la imagen, quizás algo parecido a lo que sentía pero más breve, porque lo importante no debía ser la palabra sino el amanecer.

Al final decidí postergar la dedicatoria una vez comprobase como se presentaba el jefe de los astros, había cierta niebla.

Ya sin la duda, seguí discurriendo tranquilo hacia abajo, por una rambla atestada de jóvenes de ambos sexos, despreocupados, que subían con desenfado y alegría. Verlos del modo en que los veía, me contagió un punto de preocupación, pensando en no estaban suficientemente abrigados.

La temperatura, señalada por el teléfono cada vez que salgo de casa, de forma automática y sin habérselo pedido nunca, tampoco le hago caso, señalaba 16 grados, podría decirse que estaba fresquito.

Para mi no significaba ningún problema, siempre me visto con exceso, empezando por los calcetines y terminando por arriba, donde la costumbre hace que termine con una capa más de las necesarias.

Sin embargo, los jóvenes, para mi gusto, sí las necesitaba. Quizás no los chicos, luciendo chaquetas negras, pajaritas, galas que protegen a pesar que haber perdido la prolijidad que seguramente tendrían al salir de de sus casas, por lo menos 6 o 7 horas antes.

Las chicas, sin dudas sí, necesitaban más capas porque las faldas largas no eran suficientes. Muchas regresaba descalzas, con zapatos en sus manos, pecho y hombros descubiertos ofreciendo piel al viento, excepto una minoría, acompañada por colegas más galantes que le habían cedido indumentarias propias.

A tenor de las risas, los cantos y corrillos, no sentían frío, repartían alegría y compartían vasos de plástico, un par de ellos me desearon feliz año nuevo, estimulados por las burbujas de una botella.

Los escuché, a pesar de que llevaba auriculares, que me permitían recibir las últimas páginas del libro de Susanna Tamaro, “El viento sopla donde quiere”, en el que una madre, que por la razón que fuera se quedó sola una temporada, escribe una carta para cada uno de sus hijos y otra para su marido que estánn fuera de casa.

Mi placa base meníngea, como si fuera un disco duro multifunción, pasaba de una tarea a otra: dedicatoria para una foto que todavía no había hecho, lectura, familia de la autora, familia propia y de los los padres de esos hijos que estaba viendo, sometidos a una temperatura que, según mi experiencia, podrías tendría consecuencias.

Tampoco nada grave, pero sí auguré toses y catarros, ¿fiebres? en los días sucesivos, incremento en la venta de paracetamol. Quizás algunos médicos tendrían que recomendar reposo, porque el enfriamiento podría desencadenar alguna postración que perturbara fiestas por venir.

Recordé las prácticas de medicina interna, y el aumento de internaciones por culpa de los frías, la congestión en las salas y también en los pechos personas, sobre todo si habían bebido de más y con sueños regalados a la intemperie.

Al llegar a este punto sentí la represión interna que me manda situar a sitios más objetivos, a no exagerar, pero no podía dejar de pensar en los padres, las madres, en las consecuencias.

Luchando contra esas pulsiones, y atento a lo que decía en sus cartas Susanna Tamaro, sobre todo a una hija que la tenía preocupada por lo que le estaba pasando, vi a una jovencita, sentada en un banco, que lloraba con desconsuelo.

Tampoco me detuve para observar con detenimiento el grado de esa sensación, pero me transmitió mucho dolor, angustia, le vi lágrimas que le habían manchado el contorno de los ojos. No me detuve porque no estaba solo, la acompañaba un joven en quien percibí la impotencia, como si no supiera contener aquellas emociones, mirando hacia otro lado, quizás buscando alguna señal que le orientase en lo que debía hacer.

Probablemente ambos estábamos siendo testigo de la primera gran frustración de una persona, la que iniciaría una serie de experiencias que a la postre moldearían su condición de adulto, la que aumentaría su estatura vital, la primera enseñanza del dolor, mostrando su condición a quien vive.

Me sentí impotente por no poder entrometerme, intentando enjugar aquellas lágrimas, ajenas, para que ese llanto, en día tan señalado que le costaría trabajo olvidar, se tornase en otra cosa.

Cuando rebasé la posición del banco y sus ocupantes, ya cerca del mar y la amanecida, seguía pensando en las palabras, que no obran milagros, pero hacen pensar, y a veces son terapéuticas.

Y en eso seguía al llegar a la costanera. Los grandes cruceros con sus luces multicolores se habían marchado, la gente no.

En eso asomó el sol, y cuando lo hizo encontré la dedicatoria a la foto que acababa de obtener, especial para la chica del banco.

“Primera luz del año, ojalá sirva, con sus destellos futuros a conjurar todas las sombras que ahora te asfixian”

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