“La posición de EEUU con respecto a Venezuela no se aleja tanto de la mía”, dice Gustavo Petro en una entrevista realizada por El País después de su conversación con Donald Trump. A muchos este acercamiento, en el que el colombiano afirma que se han congelado las amenazas de invasión, ha sido debido al miedo y al sometimiento a la bota del imperialismo como parece ser que también ha hecho Delcy. Nada es exactamente así porque, aunque sea a regañadientes, todos coinciden en la necesidad del restablecimiento de una democracia en la que sean reconocidos los derechos de los diferentes partidos, y especialmente de lo que resulte de unas elecciones libres y limpias. Este es el detonante de lo sucedido en Venezuela, donde Maduro justificó su pucherazo porque tenía puesto precio a su cabeza. Petro aboga en su favor que él no avaló los resultados, igual que hicieron otros como Méjico y Brasil, a los que se les podía suponer como una izquierda más civilizada. En cualquier caso, una izquierda democrática y no comprometida con la revolución, a pesar de que en algunos extremos simpatizara con ella.
Trump ha hablado con Petro más de una hora y ambos parecen satisfechos con el contenido de la conversación. La próxima semana lo hará con María Corina y ahí veremos los mimbres de la transición que se proyecta como última fase de un proceso de restauración política. Petro ha dicho en la entrevista que el procedimiento seguido para “extraer” a Maduro no es acorde con el derecho internacional, pero sí lo es con las leyes internas de los Estados Unidos, referentes al apresamiento de delincuentes y la lucha contra el narcotráfico. Maduro dice que él no es un narcotraficante. En esto basa su defensa, pero las declaraciones del Pollo Carvajal no le vienen bien. A nadie se le escapa que, salvo excepciones vinculadas a ciertos radicalismos populistas, la acción del chavismo, desde su origen, repugna al mundo democrático. Pero esto no es suficiente para entrar por la fuerza en un país ajeno.
Aquí se juega con el concepto del derecho internacional cuando los que exigen su cumplimiento han callado ante los abusos y el atropello y persecución de las libertades que acabó en un robo a la soberanía popular expresada en las urnas. Este es el argumento de María Corina Machado, que es tachada de opositora fascista por los simpatizantes del régimen bolivariano. En España, las mesas de tertulianos debaten entre los desmanes del régimen y la solución aplicada por un personaje que no goza más que de las simpatía de la extrema derecha y no de toda, porque en Francia también han criticado su actuación.
Lo de Petro puede considerarse un signo de sometimiento, pero al menos existe una coincidencia en cuanto a las críticas del régimen que se pretende desmantelar y de sus dirigentes. Mucho queda por hablar todavía sobre estos asuntos. Hablar, por ejemplo, de similitudes y de esa acusación que se le hace a la revolución bolivariana de dividir y aislar a los ciudadanos en un proceso que no tiene más retorno que el conflicto definitivo.
Aquí esa división la ponemos en práctica con la mano tendida y sudando la camiseta. Es otra forma de verlo.