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La huerta de mi madre

jueves 04 de junio de 2020, 04:00h
Ella nació rodeada de aquellas huertas de lo alto de Icod de los Vinos que alimentaban a la familia y eran la envidia de quienes vivían en zonas más urbanas en los duros años de la post guerra española. Entre pinos y arañando el suelo de cultivo vino a la vida el año 1943. Atravesó todo el progreso tecnológico que ha experimentado España en estos casi ochenta años. Suele decir que ha conocido y usado todos los sistemas de cocina, desde las tres piedras del fogón a la placa eléctrica de inducción. En estos meses de reclusión obligatoria ha pasado de asomarse a la ventana de mi casa y mirar la huerta, a bajar y convertirla en su huerta, convirtiendo en ocio productivo los ratos diarios que le aseguran las necesarias agujetas de un sano ejercicio. Este reencuentro con la huerta, con la tierra y las semillas, con la luna y sus tiempos, ha sido una consecuencia positiva del Covid-19 en casa.

Quede claro que la huerta es de la Parroquia de Santo Domingo de Guzmán, en La Laguna, no de mi madre. No vaya a ocurrir aquella anécdota de la progresiva actitud posesiva de quien servía la casa parroquial en el siglo XIX y pasó en el breve periodo de cinco años de hablar de “las gallinas del cura” a la peligrosa afirmación de “mis gallinas”.

Lo cierto es que esta señora que me dio la vida ha asumido el proceso de agricultura ecológica como un medio de convertir en productivo el entretenimiento. Y creo que ha sido terapéutico el esfuerzo. De tal forma que como por ósmosis me he visto envuelto en cierta renovada vinculación con la tierra y su trabajo. Y se descubren algunos valores que nos reconcilian con la naturaleza creada a la que el Papa nos está invitando a considerar como la “Casa Común” de la que formamos parte y a la que le debemos los elementos que nos nutren.

En estas estamos. Y me surge la pregunta por la atención y respeto que, como sociedad, debemos a quienes hacen posible el primer sector productivo. Uno visita ya algunas páginas de redes sociales y descubre a agricultores intelectualmente preparados, con sistemas de cultivo evolucionados y reflexiones interesantes. Y como que no es cierto ya que en el campo y hociqueando tierra -expresión materna- no están quienes no han podido estudiar y dedicarse profesionalmente a otros sectores de mayor consideración social. ¡Cuántos campos abandonados y cuanto desempleo acumulado! ¿No nos hará falta que alguien nos recuerde que la agricultura y la ganadería son el sector primero?

En Cáritas diocesana de Tenerife, como muchas otras instituciones de acción social, se lleva años promoviendo la agricultura ecológica y la inserción laboral en este ámbito de producción. La empresa de llama, precisamente, Buscándome las Habichuelas. No siempre se percibe esta sensibilidad en la administración pública. Algunas veces sí, claro. Para algunos los cursos de formación que van más allá de los servicios en el ámbito de la restauración o de la atención en una tienda parece que no son propios de nuestras Islas canarias. Y habría que rescatar este sector, lo que nos evitaría la alta dependencia externa que experimentamos para poder llenar la despensa de nuestros hogares.

Esto pensaba viendo a mi madre afanada en la huerta.

Juan Pedro Rivero González

Delegado de Cáritas diocesana de Tenerife

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