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Los días que cambiaron nuestras vidas

Los días que cambiaron nuestras vidas

Por Josep Maria Aguiló
domingo 14 de marzo de 2021, 07:00h
El 13 de marzo de 2020, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció en una comparecencia pública que el Ejecutivo central había decidido declarar el estado de alarma en toda España por un periodo inicial de 15 días, ante el avance entonces imparable del coronavirus en nuestro país. En aquel momento, había 4.231 casos en el conjunto del Estado. Por lo que respecta al número de víctimas mortales, ascendía a 120 en total. Empezaba entonces un confinamiento que, de facto, se acabaría prolongando durante casi cien días, hasta el 21 de junio. Hace ahora justo un año, aún no sabíamos que decenas de miles de compatriotas perderían la vida a lo largo de los meses siguientes por el Covid-19 o que las víctimas mortales de la pandemia en todo el mundo acabarían superando los dos millones de personas en enero de este año. Esta es una breve crónica de aquellos días.

Una de las imágenes más impactantes al inicio del confinamiento era la de las calles de cualquier ciudad española prácticamente desiertas, mientras las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad o el Ejército patrullaban por las vías principales o nos pedían desde sus vehículos, a través de megáfonos, que nos quedáramos en casa. Así ocurrió también en Canarias y también en las grandes capitales de todo el mundo. Nunca habíamos vivido previamente algo semejante. Sólo lo habíamos visto con anterioridad en películas de ciencia ficción —o de terror— sobre contagios, virus o epidemias. Pero esta vez todas esas pesadillas fílmicas se habían convertido en realidad. En aquellos primeros días, muchos de nosotros nos preguntábamos de manera recurrente cómo era posible que nos estuviera pasando esto.

La actividad laboral se paralizó casi por completo a partir del 14 de marzo, salvo en el caso de las actividades consideradas esenciales, así que muchos de nosotros sólo podíamos salir de casa para ir al mercado o a la farmacia. La práctica totalidad de establecimientos y de comercios, así como todos los colegios, estaban cerrados, por lo que cuando puntualmente salíamos a comprar a una venta o a una panadería, a veces podíamos andar varios minutos sin ver a nadie. Parecía que vivíamos en ciudades fantasma. La sensación de tristeza o de angustia, de una tristeza y de una angustia desconocidas hasta entonces, se mantenía cuando llegábamos por ejemplo a un mercado municipal o al supermercado. Una vez allí, hacíamos siempre cola en el exterior, sin apenas hablar, guardando la distancia, embebidos en nuestros propios pensamientos. Ya en el interior, nos poníamos siempre guantes para poder comprar y observábamos el uso cada vez mayor de mamparas de protección en todos los departamentos.

Nunca habíamos vivido previamente algo semejante. Sólo lo habíamos visto con anterioridad en películas de ciencia ficción

Por nuestra condición insular, en algún momento llegamos a temer que al inicio de la cuarentena se pudiera producir un posible desabastecimiento de alimentos o de determinados productos de primera necesidad, pero esa circunstancia no se llegó a producir nunca. Los barcos de mercancías siguieron llegando con regularidad y los transportistas realizaron un trabajo ímprobo. Aun así, es cierto que durante un par de semanas no fue posible encontrar papel higiénico —uno de los grandes misterios de aquellos días— o que las farmacias agotaron muy pronto sus primeras reservas de mascarillas, guantes, hidrogel o alcohol, que además aún tardarían un tiempo en poder ser repuestas. Esas carencias, que por fortuna acabarían siendo puntuales, se vivieron también en mayor o menor medida en el resto de España. Mucho más preocupante fue la falta de material sanitario, una circunstancia que el Gobierno canario trató de paliar haciendo varias compras directamente a China.

Más allá de nuestras fronteras, muy pronto se evidenciaría que casi ningún país del mundo estaba preparado para una pandemia de estas características. Tampoco el nuestro. Esa triste realidad se hizo sobre todo patente en las residencias de la tercera edad, en donde el número de contagios y de muertes de nuestros mayores crecía al principio de forma exponencial. A causa del confinamiento, no podía haber además ni siquiera el consuelo de una visita, de una mirada o de un posible último adiós. Paralelamente, la ya mencionada falta de medios propios o la imposibilidad inicial de poder adquirirlos fuera, hizo que buena parte del personal sanitario de nuestro país trabajase durante semanas sin los imprescindibles equipos de protección individual, circunstancia que se traduciría en aquellos primeros meses en un muy elevado número de infecciones y de fallecimientos de sanitarios. Ojalá no olvidemos nunca que en aquellos durísimos días médicos y enfermeros dieron sus vidas para poder salvar las nuestras.

LOS ORÍGENES DE LA PANDEMIA

El 31 de diciembre de 2019, las autoridades sanitarias de la ciudad china de Wuhan habían informado a la comunidad internacional de que había 27 personas en esa urbe que estaban padeciendo desde hacía tres semanas una neumonía de origen desconocido hasta entonces. El virus causante de todos esos casos iniciales sería bautizado unos pocos días después con el nombre de SARS-CoV-2. En aquel momento, la mayoría de europeos creíamos que ese virus no llegaría nunca al Viejo Continente. En cualquier caso, varios estados se empezaron ya a movilizar. En España, el Ministerio de Sanidad presentó el 23 de enero de 2020 un protocolo de actuación frente a posibles casos del nuevo coronavirus, destinado esencialmente al personal sanitario. En ese protocolo se avanzaba que el SARS-CoV-2 (hoy denominado Covid-19) se transmitía por el aire y por contacto directo. Asimismo, se explicaba que los pacientes con ese virus deberían ser aislados y que se debería hacer un seguimiento de todos los contactos estrechos.

Más allá de nuestras fronteras, muy pronto se evidenciaría que casi ningún país del mundo estaba preparado para una pandemia de estas características

El primer caso de Covid-19 en nuestro país, detectado en La Gomera, sería confirmado el 31 de enero de 2020. Apenas una semana después, el 9 de febrero, se confirmaba el segundo caso en Mallorca. A partir de febrero, los casos de coronavirus se iban extendiendo ya por todo el mundo, es decir, mucho más allá de China y del importante foco que se había detectado entonces en el norte de Italia. Finalmente, la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció el 11 de marzo que la extensión del Covid-19 le daba ya un carácter de pandemia.

La primera muerte por coronavirus en España había tenido lugar el 13 de febrero de 2020, si bien no sería confirmada oficialmente como tal hasta el 3 de marzo. El fallecido era un ciudadano de la Comunidad Valenciana, que unas semanas antes había viajado al Nepal. En aquellas fechas, ya había en nuestro país una transmisión comunitaria del virus, que seguramente se inició a finales de febrero o principios de marzo. El constante incremento de positivos a partir de entonces fue determinante para que el presidente del Gobierno anunciase el inicio del estado de alarma el 14 de marzo. Sánchez tomó esa decisión poco después de que el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, le hubiera dicho que había que adoptar medidas drásticas de inmediato, porque de no ser así, el sistema sanitario español podría colapsar.

UNA SOCIEDAD A LA ALTURA

El Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, estableció que la única autoridad competente mientras durase ese estado de alarma sería el Gobierno. En ese contexto, las principales decisiones fueron tomadas entonces por el presidente Sánchez; el ministro de Sanidad, Salvador Illa; la ministra de Defensa, Margarita Robles; el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, y el ministro de Transportes, José Luis Ábalos. En los días inmediatamente posteriores al 14 de marzo se aprobaron varias resoluciones igualmente muy importantes. Así, el Ministerio del Interior decretó el cierre total de fronteras en España a partir del 17 de marzo, mientras que el 19 de marzo el Ministerio de Sanidad ordenó el cierre de todos los hoteles de España en un plazo máximo de siete días. Ambas medidas acabarían teniendo una innegable repercusión negativa en la economía canaria, que intentó ser paliada en la medida de lo posible, de manera conjunta, por el Govern y por los principales agentes sociales y económicos de la comunidad.

Los hitos de relevancia histórica para el conjunto del país se sucedían casi a diario en aquellos días. Uno de ellos fue que el 17 de marzo tuvo lugar el primer Consejo de Ministros virtual de la historia de España. Un día después, Su Majestad el Rey se dirigía a la nación. "A lo largo de los años hemos pasado por situaciones muy difíciles, muy graves; pero, como las anteriores, esta también la superaremos. Porque España es un gran país; un gran pueblo que no se rinde ante las dificultades", recalcó Felipe VI en un emotivo discurso. La práctica totalidad de la sociedad española estuvo entonces, efectivamente, a la altura de las circunstancias, respetando mayoritariamente las restricciones y mostrando una vez más una gran capacidad de empatía y de solidaridad.

Los hitos de relevancia histórica para el conjunto del país se sucedían casi a diario en aquellos días

El gesto más inolvidable en ese sentido fueron los aplausos que centenares de miles de españoles dedicábamos cada día a las 20.00 horas a todo el personal sanitario y también a las distintas unidades policiales. Salíamos a los balcones y les aplaudíamos, mientras los sanitarios y los policías nos aplaudían a su vez a nosotros desde sus lugares de trabajo. Eran siempre momentos de una gran emoción, de agradecimiento sincero, de fe, de esperanza y a veces también de una melancolía casi infinita o de incontenibles lágrimas de aflicción en rostros exhaustos. Todos teníamos miedo, pero todos estábamos unidos, incluidos inicialmente también nuestros representantes políticos. En aquellos días, uno se sentía de verdad orgulloso de ser español.

UNA NUEVA FORMA DE VIVIR

Hace un año, empezamos a emplear palabras o expresiones poco o nada utilizadas hasta entonces, como "pruebas PCR", "test de antígenos", "fases de la desescalada", "cierre perimetral", "doblegamiento de la curva", "empresas en ERTE" o "nueva normalidad". En aquellas fechas aprendimos además la importancia esencial de respetar las denominadas tres "emes" —mascarillas, manos limpias y metros de distancia— para prevenir posibles contagios. Al mismo tiempo, y ante la imposibilidad de poder besarnos o abrazarnos, aprendimos también a saludarnos y a despedirnos de otra forma, con el codo, con el puño o poniendo la mano derecha sobre nuestro corazón. Aprendimos incluso que hasta es posible vivir sin fútbol, al menos durante un tiempo.

Hubo también otras enseñanzas, como por ejemplo que nos podíamos defender más o menos bien con el teletrabajo o que nuestros hijos podían aprender los misterios de las ciencias y de las letras vía telemática. Además, los adultos nos vimos obligados a ser un poco más pacientes de lo habitual, sobre todo cuando casi desde el primer momento supimos que las anheladas vacunas aún tardarían algunos meses en llegar y en poder ser suministradas. La paciencia fue también una buena compañera, junto con la tolerancia, la flexibilidad y la imaginación, para las infinitas horas en que muchas parejas y muchas familias —algunas numerosas— permanecieron juntas en sus respectivas casas. En los hogares, aquellos lejanos días de marzo fueron pasando con una cierta celeridad entre continuas desinfecciones, charlas por Skype, actividades diversas en los balcones, reenvío de todos los "memes" que nos mandaban, lectura de diarios digitales y visionado "non stop" de la televisión.

La paciencia fue una buena compañera, junto con la tolerancia, la flexibilidad y la imaginación, para las infinitas horas en que muchas familias permanecieron juntas en sus respectivas casas

No podemos olvidarnos, por último, de que en no pocos casos se dio también entre nosotros una cierta picaresca. Podríamos recordar, por ejemplo, que durante varias semanas algunos propietarios de mascotas sacaron a pasear a sus perros mucho más de lo que quizás lo habían hecho nunca antes o que hubo también personas que en lugar de ir al supermercado o a la panadería que tenían justo al lado de su casa, decidían aventurarse a veces hasta casi el otro extremo de su municipio para comprar unas verduras o una barra de pan. Fue en aquellos momentos cuando se produjeron ya las primeras sanciones por el incumplimiento de algunas de las restricciones fijadas en el primer estado de alarma. Entre dichas limitaciones se encontraban la prohibición de poder celebrar fiestas y reuniones o la prohibición de acudir a las segundas residencias.

Ahora, justo un año después, está vigente en nuestro país un segundo estado de alarma, si bien muy distinto de aquel primero, pues está permitida una mucha mayor movilidad y actividad, las competencias están hoy descentralizadas y además van llegando ya por fin las anheladas vacunas. Aun así, todavía siguen las infecciones y también las muertes por Covid-19 en todo el mundo. Por esa última razón, quizás no pueda haber hoy mejor manera de concluir esta crónica que recordando y honorando a todas las personas fallecidas hasta ahora a causa de la pandemia. Para ellas y para sus allegados parecerían escritos unos bellísimos versos del periodista y escritor Lorenzo Gomis sobre la fe y la esperanza más allá de la finitud temporal de nuestras vidas, unos versos que están llenos de verdad, de sabiduría y de emoción. "Si hay otra vida, es otra pero es vida / y si es vida es noticia y es sorpresa, / sin que la muerte acabe la partida, / vida que canta, vuela, abraza y besa. / Es la vida de Dios la otra vida / y si es de Dios nos basta su promesa".

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