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La lectora

viernes 16 de octubre de 2020, 10:51h

Contaba esta semana en las redes una joven que su abuela, de 95 años bien llevados, acababa de descubrir que en las bibliotecas podía obtener libros a préstamo para su disfrute a domicilio. La señora, encantada, manifestó admirada a su nieta: ¡Imagínate lo que puedo leer si puedo vivir al menos dos años más! La enternecedora candidez de la anciana nos pone de manifiesto el tesoro tan preciado que es poder leer.

Quienes fuimos alfabetizados siendo niños perdemos progresivamente la capacidad de admirarnos ante el auténtico milagro que supone transformar las combinaciones de veintiocho dibujitos, que llamamos letras, en ideas. La lectura es la sublimación del pensamiento abstracto propio de los individuos del género homo, el invento más genial de nuestra especie.

Leer correctamente es también el principio fundamental de todo conocimiento. La artificial división clásica de las materias de estudio en 'ciencias' y 'letras' no puede ocultar la evidencia de que nadie puede ser un buen científico, ni siquiera un buen matemático, sin saber leer correctamente.

Cuando Celaá aboga por una rebaja -una más- en la exigencia a nuestros estudiantes para la obtención del bachillerato, lo que hace es socavar los cimientos sobre los que se asienta la democracia. Nadie puede ejercer o exigir sus derechos si no los entiende. El populismo lo sabe bien, y por eso trabaja a destajo para universalizar su modelo ideal de individuo ignorante y sin complejos de ninguna clase que se compara con descaro a cualquier persona cultivada. Ahora, ese personaje podrá tener incluso el título de bachiller, aunque siga siendo solo un zoquete con su nombre estampado en una cartulina.

Resulta desesperante para cualquier docente universitario observar cómo cae año tras año el nivel de conocimientos y destrezas básicas de los estudiantes que les llegan a las aulas. La resignación es el sentimiento que predomina entre los profesores. Pero lo peor de todo es que muchos de esos estudiantes no sepan hacer una lectura comprensiva de un texto mínimamente complejo, ni mucho menos escribir razonadamente, de forma estructurada y puntuando con corrección. Recitan y dibujan palabras, eso sí, y algunos de esos neobachilleres hasta embadurnarán con ellas los muros y vallas de nuestras ciudades y carreteras.

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