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Lo quiero todo, ahora

miércoles 29 de julio de 2020, 04:00h

En el mes de julio/2019, una joven de 28 años murió en el Hospital Don Benito-Villanueva de Badajoz, un día después de ingresar en estado de coma por una intoxicación que le provocaron unas pastillas para adelgazar. Todo apunta que la causa fue que tomó una dosis muy superior a la recomendada de un producto de fitness para quemar grasa.

Por supuesto, esto es una desgracia. Pero, tal vez, es un síntoma de algo que va más allá de esta joven enfermera. No se trata de exculpar a la protagonista de estos actos. Era mayor de edad, y era enfermera, lo que es peor porque no se alcanza ninguna excusa razonable. Sin pretender pasar la responsabilidad a la sociedad, típico de la mentalidad progresista, que no cree en el individuo, su libertad y su responsabilidad, sí hay que reconocer que no vivimos en torres de marfil.

Es importante distinguir entre condicionamiento y determinación. La determinación es ausencia de libertad. No somos caracoles, pero sería estúpido pensar que no estamos condicionados. Hay cantidad de cosas que nos afectan. Supongamos que nos enteramos de que nuestros padres han sufrido un grave accidente. Supongamos que me han despedido de mi trabajo. Supongamos que mi novia me deja por otro. Supongamos que gana las elecciones el partido que considero más dañino para mí y para España. Etcétera.

Sería absurdo pensar que estas y muchas otras cosas parecidas no me afectan. Es decir, condicionan mi vida. Influyen en mi estado de ánimo. Repercuten en mis decisiones. ‘En tiempos de tribulación, no hacer mudanza’. Lo dijera, o no, San Ignacio de Loyola, parece un excelente consejo.

¿Y cuál es la ‘tribulación’ en este caso concreto? Podríamos distinguir, al menos, dos tipos de tribulaciones. La primera, es que esta joven enfermera quería adelgazar porque los modelos de mujer atractiva (y de hombre atractivo, digamos de paso) son modelos de delgadez. Incluso sin llegar a situaciones cadavéricas, las actrices, modelos y mujeres famosas- en general- que seducen a la gran mayoría de hombres, son esculturales, o casi. Se cuidan mucho y se operan con los mejores cirujanos del mundo para alcanzar altos niveles de seducción.

Esto es lo que, previsiblemente, quería la enfermera. Normal. La gran mayoría de gente se fija en los grandes triunfadores. Actores, cantantes, modelos, futbolistas famosos, millonarios, etcétera. Por supuesto, para algunas personas los verdaderos triunfadores son otros. Por ejemplo, los padres que, con su trabajo y su sentido de la responsabilidad, sacan adelante una familia, superando las dificultades que, inevitablemente, aparecen en la vida.

O científicos desconocidos para el gran público que dedican su vida a la mejora del saber que, más pronto o más tarde, redundará en el bienestar de la humanidad. Pero estos triunfadores- que para mí lo son- no creo que provoquen la admiración y el deseo de emulación de la gran mayoría. ¡Ojalá me equivoque!

La segunda tribulación trasciende la concreta individualidad de esta joven enfermera. Me refiero al contexto social en el que vive. Actualmente, el contexto social en el que vivimos es planetario. Cuando no existían la radio, la televisión, internet y los aviones, los contextos sociales que influían en las personas eran mucho más locales.

Ahora, cualquier persona observa desde la butaca acontecimientos de diversas partes del mundo. En media hora ha visto un volcán en erupción en Japón, un atentado terrorista en París, un asesinato en una avenida de Nueva York, una violenta manifestación callejera en Ankara, y un largo etcétera. Dejemos aparte las películas, las series televisivas, viajes... El mundo se ha globalizado.

Seleccionamos, por supuesto. No cambiamos, sin más, un triunfador occidental por un triunfador en Sierra Leona. Queremos emular a los triunfadores del primer mundo en que vivimos, aunque nosotros no estemos en la cumbre de este primer mundo. Pero nos gusta soñar, al menos, que podemos pareceremos a los triunfadores.

El contexto en el que vivimos tiene muchas características. Una de ellas, muy destacada, es la rapidez con la que suceden las cosas. Cuando se vivía en un mundo en el que los medios de transporte eran, únicamente, caballos, carros, goletas y similares, el mundo real no era tan rápido. Y la gente que vivía en este mundo, no esperaba una rapidez que estaba fuera de la realidad. Salvo para los soñadores y los fabuladores.

Pero el mundo actual no es así. Todo ocurre a gran velocidad. Por eso no debe extrañar que alguien, que ha decidido adelgazar piense que, en un día o dos, ya debería estar con una silueta de pasarela. Pasa con muchas cosas. Por ejemplo, con el cortejo. Hace muchas décadas, cortejar a una mujer era cosa de paciencia. Hablo en general. Se daba por descontado que coger la mano de una chica no era cosa de un día, ni de una semana. Un beso era a más largo plazo.

Hoy, las cosas han cambiado tanto- y no me refiero sólo a las costumbres sexuales en sentido estricto- que la velocidad ambiental exige copular al cabo de un día de conocerse. Tal vez haya exagerado y baste una hora. Todo es rápido. Decepcionarse también. Y no hay tiempo para la melancolía.

El alarmante y peligroso auge de las drogas permite pasar de la decepción a la euforia en cinco minutos. En otros tiempos, lo normal – ante los desencuentros y los desamores- era pasar un calvario, más o menos largo, de aflicción y desconsuelo. Aunque siempre ha habido excepciones.

Decía Baltasar Gracián, ‘Son los ímpetus de las pasiones deslizadores de la cordura, y allí es el riesgo de perderse’.

Esta es otra cuestión, aunque relacionada. Es decir, si no dominas tus pasiones, las pasiones te dominarán a ti. Y si las pasiones te dominan, no serás un hombre- o una mujer- sino una ruina.

Y es más probable caer en esta desgraciada situación, si las decisiones se toman con ansiedad y premura. Otra vez Gracián: ‘El hombre inteligente ejecuta con rapidez lo que pensó con calma’.

Calma inteligente, pues. Antes de pasar a la acción. O bien, hágase de izquierdas. No contarán los resultados, si son malos. Solamente sus intenciones. Que son buenas por ser de izquierdas. ¡Es un chollo! ¡Y, encima, será moralmente superior!

‘Somos la izquierda’.

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