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Sudaremos

martes 31 de diciembre de 2019, 04:40h
Acaba 2019 con el sur de Australia ardiendo por los cuatro costados, miles de casas quemadas, más de una decena de muertos, la ciudad de Sidney, la más poblada del país, cubierta por el humo, el fuego a menos de 100 Km de Melbourne, la segunda ciudad con más habitantes, más de 3 millones de hectáreas calcinadas hasta ahora, una superficie equivalente a la de toda Catalunya y temperaturas superiores a los 40º C en todo el país, algo que viene repitiéndose en los últimos veranos, que se añaden a una sequía que también dura ya varios años.

Y, mientras tanto, el primer ministro, Scott Morrison, un notorio negacionista del cambio climático, se fue de vacaciones con la familia a Hawaii. Luego tuvo que volver deprisa y corriendo y pedir disculpas, con el peregrino argumento de que cualquier padre entendería que había prometido a sus hijos esas vacaciones. Y, por supuesto, no dijo ni una palabra de cambiar sus políticas favorables a la industria del carbón y la minería, ni de desarrollar planes de generación limpia de energía para disminuir la huella de carbono, en un país que tiene sol, viento y territorio suficiente para ello.

Pocos meses antes era en la selva amazónica brasileña en la que ardían decenas de miles de hectáreas, y de ahí los incendios se extendieron a los países vecinos. También en Brasil el presidente Bolsonaro es otro notorio negacionista del cambio climático y ha iniciado políticas de desprotección de la zona amazónica, uno de los mayores pulmones verdes que le quedan al planeta.

En África el desierto del Sáhara avanza imparable hacia el sur, convirtiendo el Sahel en una zona inhóspita. La sequía, que dura ya más de una década, está comprometiendo la agricultura y la ganadería en casi todo el continente, así como la pesca en muchos lagos interiores que están desapareciendo. En todo el sur africano hay más de 45 millones de personas en riesgo inminente de hambruna debido a la pérdida de cosechas y muerte del ganado.

En Indonesia, su capital, Yakarta, se hunde, literalmente, debido a la sobreexpltación de los acuíferos, que ha vaciado el terreno subyacente y provoca el descenso y enterramiento de la ciudad, gran parte de la cual se encuentra ya por debajo del nivel del mar, lo que la hace extremadamente vulnerable a las inundaciones. El gobierno indonesio ha decidido construir una nueva capital “ex novo”, pero no en Java sino en Borneo, lo que supondrá posiblemente el tiro de gracia para esta última isla, también muy castigada por los incendios en los últimos años, en la que no queda ni un diez por ciento de la selva original, sustituida por inmensas plantaciones de palmeras productoras de aceite de palma.

Pero en este año que acaba también ha habido incendios masivos en Méjico, Chile, Rusia (en Siberia), California, Portugal y muchos otros puntos del planeta. Es una consecuencia del incremento de la temperatura de la que ya hace años que vienen advirtiendo los científicos, así como del aumento del nivel del mar, la sequía y falta de agua potable y los cambios en los grandes movimientos y flujos atmosféricos y oceánicos, que provocarán fenómenos climáticos extremos, como huracanes, galernas e inundaciones, cada vez con mayor frecuencia.

Muchas de las megalópolis del planeta padecen de una contaminación extrema, que hace su atmósfera irrespirable durante algunas épocas. Pekín, Nueva Delhi, Bombay, Sao Paulo, Hong Kong, Singapur, Manila, son solo algunos ejemplos, pero incluso en Madrid y Barcelona la contaminación es brutal en muchos momentos y, en general, el aire de todas las ciudades grandes y de muchas medianas es en estos momentos, como mínimo, de mala calidad y perjudicial para la salud, cuando no directamente tóxico.

Los científicos han advertido que ya hemos llegado tarde para evitar el incremento de la temperatura, que ya es inevitable que suba entre uno y dos grados en los próximos treinta a cincuenta años, o antes, porque el ritmo se está acelerando. Lo máximo a lo que podemos aspirar es a que no crezca más de un grado y medio o dos. Pero, para conseguirlo, deberíamos tomar medidas drásticas de contención de la emisión de gases de efecto invernadero ya.

Sin embargo, la postura de los países más contaminantes, es radicalmente contraria a aceptar ni tan siquiera compromisos de mínimos, como se ha visto en la cumbre climática celebrada en Madrid hace unas semanas, que acabó sin acuerdos y con el secretario general de la ONU, António Guterres, desesperado y criticando la ceguera y el egoísmo de los países más industrializados.

Mientras los máximos mandatarios de los países más contaminantes sean negacionistas del cambio climático, o simplemente no quieran variar sus políticas por cuestiones de prioridades personales o domésticas, el deterioro climático y ambiental del planeta seguirá imparable y todos pagaremos las consecuencias. La tormenta perfecta se está produciendo porque se ha dado la conjunción temporal de liderazgos negacionistas simultáneos en la mayoría de los países más poderosos, influyentes (y contaminantes): Trump en Estados Unidos. Putin en Rusia, Xi en China, Johnson en el Reino Unido, Bolsonaro en Brasil, Modi en la India y Morrison en Australia. Solo Canadá y la Unión Europea mantienen la necesidad de comprometerse con políticas ambientales que lleven a la reducción de la huella de carbono y de la emisión de gases de efecto invernadero y en el caso de UE, tampoco está claro si se trata de compromiso verdadero, o postureo de cara a la galería.

Así que lo más probable es que en los próximos años sudaremos y los que ahora tienen menos de 45 o 50 años sudarán aun más.

A pesar de todo, feliz año nuevo a todos.

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