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Sánchez repite investidura fallida y prolonga la incertidumbre

El fracaso de Pedro Sánchez al no conseguir una mayoría que respalde su investidura como presidente de Gobierno prolonga la inestabilidad política del país y abre un periodo de incertidumbre que, de no producirse cambios de calado en los próximos meses, desembocará en unas nuevas elecciones.

Sánchez aspiraba a ocupar la Presidencia del Gobierno tras ser el candidato más votado en las elecciones del 28A. Así demostraría que su llegada al poder tras la moción de censura que derribó a Rajoy podía tener continuidad con el respaldo de una mayoría en el Congreso de los Diputados. No ha sido así y, a pesar de haber ganado las elecciones, el complejo mapa electoral surgido del 28A y el fracaso de las negociaciones con Podemos, su socio de referencia, le han devuelto a la casilla de salida.

La historia se ha vuelto a repetir. En 2016, tras una primera renuncia de Rajoy a presentarse a la investidura por no tener asegurados los apoyos necesarios, el Rey encargó la misión a Sánchez, a pesar de ser, entonces, la segunda fuerza política. Sánchez intentó la investidura de la mano de Ciudadanos, pero la falta de acuerdo con otras fuerzas frustró el nombramiento. Tres años después, el mismo protagonista -en esta ocasión de la mano de Pablo Iglesias- repite la misma jugada, resuelta, probablemente, con una mayor frustración que en 2016 al ser ahora el único aspirante que tenía opciones reales de ser elegido.

En la historia reciente de la democracia española, Sánchez ya era el único candidato que había sufrido una investidura fallida. Ahora lo es por partida doble. Con ello prolonga una interinidad que limita notablemente la gobernabilidad del país, que sigue funcionando con los prorrogados Presupuestos Generales de Montoro. Con el gobierno en funciones no pueden realizarse nombramientos ni avanzar en el debate de asuntos de calado, algunos de los cuales afectan de lleno a las Islas Canarias.

El reparto de culpas y responsabilidades puede ser desigual, pero a ojos de la ciudadanía, el espectáculo dado estos días por quienes han sido los protagonistas de la negociación -discutiendo por cargos antes que por programas- ha sido tan poco edificante que puede provocar en los ciudadanos un hartazgo de la política que no resultaría nada recomendable para la salud democrática del país.

Tras el fracaso de la investidura, el procedimiento legal prevé que durante dos meses, antes de disolver las cámaras y convocar nuevas elecciones, se pueda presentar un nuevo candidato -o el mismo- si así lo propone el Rey tras una nueva ronda de consultas. El daño producido en las relaciones entre Podemos y PSOE durante las últimas semanas, sin embargo, no anima a pensar que el diálogo se reconduzca y las posibilidades de que un nuevo intento llegue a buen puerto en septiembre parecen, hoy por hoy, una misión imposible.

Los representantes políticos deberían entender que los tiempos de las mayorías absolutas quedaron atrás y que, cada vez más, es necesario alcanzar acuerdos a varias bandas para poder gobernar. O retirarse y dejar a otros. En esta tarea no ayudan los personalismos ni las líneas rojas. Ayudan el sentido de Estado, el compromiso de servicio público y el saber dar pasos atrás si con ello el conjunto puede avanzar. El país no puede quedar aparcado por el egoismo de unos pocos.

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