Las maniobras estratégicas habituales de muchos profesionales de la política no suelen colmar en exceso las expectativas y deseos de los ciudadanos. Esta época de decadencia del sanchismo, plagada de relatos, polarización, engaños y trampantojos, podrá ofrecer a sus protagonistas rendimientos propagandísticos efímeros pero genera personas profundamente desencantadas, hartas de las representaciones teatrales que nos endilgan a diario de forma insultante. De ahí que muchos votantes -especialmente los jóvenes- pierdan la confianza en los partidos tradicionales y encaminen su voto hacia los extremos.
Uno de los principales defectos que los ciudadanos “huelen” en sus líderes políticos es su falta de valor y valores. El empeño en decir al público solo lo que éste quiere escuchar puede ser apreciado por los muchos paniaguados que todos los partidos tienen, o por los incondicionales más cafeteros, pero un número importante de ciudadanos preferiría que se le dijera siempre la verdad, y ser habitualmente tratados como personas mayores de edad.
No es fácil encontrar en la vida pública políticos con verdadero valor. Y no me refiero a la bravuconería, a la inconsciencia, a la chulería o a la pura y simple temeridad. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que Pedro Sánchez es un político valiente, aunque siempre actuando a distancia y desde el blindaje que le proporciona el poder. Sin embargo, ha demostrado también no ser una persona valiente. Basta recordar como salió desmadejado de Paiporta cuando fue increpado por los afectados por la Dana, en contraste con la actitud gallarda de los Reyes. En cualquier caso, su valor político no incorpora valores morales, por lo que el desprecio que la gente siente hacia él -no puede salir a la calle sin ser abucheado- muestra el rechazo que produce habitualmente la maldad. Algo parecido podría predicarse de Donald Trump, cuya bravuconería y temeridad habituales hacen que su indudable valor personal -éste sí que se ha mostrado valiente en momentos comprometidos, como cuando fue tiroteado en la oreja en Pensilvania- no sea demasiado apreciado por sus vaivenes y su desmedida altanería. Y es que su valor personal tampoco incorpora valores éticos. Confundir el valor con la exhibición de tics autoritarios, que ambos líderes anteriores muestran sin ningún disimulo en sus respectivos países, nunca puede resultar una receta política exitosa.
Otra gobernante valiente es Isabel Díaz Ayuso. Dejando de lado su tendencia al histrionismo y a un protagonismo constante algo forzado, incluso cuando la situación no lo requiere (hizo suyo el problema judicial de su novio con el exfiscal general García Ortiz sin tener ninguna necesidad), la gente valora en ella su compromiso, su toma de decisiones difíciles y la claridad con la que habla de las cosas que afectan a diario a la vida de los ciudadanos. Su actitud gallarda durante el Covid, permitiendo la actividad comercial y la apertura de la hostelería y la restauración en la Comunidad de Madrid, a la vez que construía -en tiempo récord- un hospital de pandemias, muestra un carácter valeroso que huye de las decisiones más cómodas pensando en los numerosos perjuicios que su protección personal y política podría ocasionar a los ciudadanos. Y ese valor, que sí incorpora valores morales, le hace ser aplaudida cuando entra en los bares. Al contrario de lo que le sucede a su rival Pedro Sánchez.
El supuesto valor de otros líderes políticos resulta menos relevante. Gallitos como Rufián, Iglesias o Abascal exhiben un valor impostado que nunca va acompañado de responsabilidades de gobierno. El valor en el toreo de salón, mientras los toros están en la plaza, ofrece un rédito limitado ante la exigente opinión pública.