Repasando dimensiones para comprobar datos anatómicos del cerebro, me alegré al constatar que lo que sabía no había envejecido: que al nacer su peso es de 350-400 gramos y se duplica en el primer año; que a los 3 ya tiene una proporción equivalente al 75 % de un adulto.
Entre los 18 y 25 años se va desarrollando hasta alcanzar su máximo, y luego, ay…, luego comienza a disminuir lentamente.
Parece mentira que siendo tan pequeño pueda ser director de tantas funciones, capaz de gestionar audición, memoria, lenguaje, emociones, dolor, temperatura, coordinación motora, equilibrio, sueño, respiración, alojando otras funciones en distintos "ministerios", conocidos como lóbulos: unos mayores que otros, escondidos, protegidos.
Su dimensión no es lo que parece: si consiguiéramos "planchar" las arrugas exteriores de esa "nuez" virtuosa, podríamos cubrir casi una superficie de 2 metros cuadrados.
Su crecimiento es explosivo al comienzo de la vida, prácticamente duplica su volumen a lo largo del primer año, y sus células se cubren de un "manto" protector de mielina, una especie de capa aislante que las recubre para que los impulsos nerviosos se trasladen con más rapidez y eficiencia.
A los seis años el perímetro craneal comienza a equipararse con el del adulto, eso por fuera, como si el crecimiento fuese "empujado" por el aumento del tamaño del contenido, con prisas para alojar conocimientos y memoria. ¡Por eso hay que cuidarlo!
Viajando por distintos lóbulos vemos cómo se preparan, en las diferentes regiones, lo que hará posible la realización de funciones ejecutivas, desarrollo de la personalidad, movimientos voluntarios, audición, lenguaje, memoria, emociones, en fin, todo lo que hacen los seres humanos cuando desarrollan sus potencialidades.
Y todo en esa "usina", que empequeñece a los ordenadores más desarrollados, compuesta por 86.000 millones de neuronas, comienza en los primeros años ¡Por eso hay que cuidarlo!
Los científicos han demostrado que un cerebro en desarrollo necesita estímulos del mundo real para construir redes sólidas.
También, que cuando un niño pasa horas frente a pantallas, el problema principal no es solo la pantalla, sino lo que deja de hacer: por ejemplo, jugar, aburrirse, interactuar con el medio, moverse, correr, caerse, llorar.
Todo eso es lo que activa el "cablerío", que luego será responsable de que su portador sea más o menos creativo, consiga resolver problemas, aprenda a frustrarse, desarrolle competencia motora, lenguaje corporal, simpatía, empatía.
Se sabe que la zona encargada de la concentración, la toma de decisiones, la paciencia y el control de impulsos es la última del cerebro en madurar, y que las pantallas (videojuegos, vídeos cortos), diseñadas para liberar ráfagas rápidas de neurotransmisores, terminan acostumbrando al cerebro a recompensas constantes e inmediatas.
Con el tiempo, las tareas que requieren atención sostenida y esfuerzo, como leer, escuchar una clase o tocar un instrumento, parecen, en comparación, insoportablemente aburridas.
Dicho esto, paso a transcribir la exposición de motivos de la ley francesa que se preocupa de estos asuntos y que acaba de ser promulgada.
"La aparición de las redes sociales a finales de la primera década del siglo XXI vino acompañada de una promesa: la del vínculo ininterrumpido entre las personas […]. Más de diez años después, su uso por parte de niños y jóvenes adolescentes plantea un doble desafío de salud pública y de protección de la infancia a toda nuestra sociedad. […] Si bien las herramientas digitales representan un vector innegable de apertura al mundo, de acceso a la cultura y de intercambio de conocimientos, su uso masivo, temprano y sin supervisión por parte de los más jóvenes plantea riesgos sistémicos de extrema gravedad.
Las conclusiones científicas internacionales son alarmantes. Estudios recientes, como los presentados ante el Senado de los Estados Unidos por especialistas en psicología cognitiva, demuestran de forma irrefutable un incremento drástico en los trastornos mentales de los adolescentes (depresión, ansiedad generalizada y conductas autodestructivas) a partir de la década de 2010, coincidiendo de forma exacta con la masificación del acceso móvil a las redes sociales.
La omnipresencia del algoritmo, diseñado para capturar la atención del menor de manera indefinida, genera fenómenos de dependencia psicológica severa, aislamiento social y alteraciones profundas en los ciclos del sueño y en el rendimiento escolar. A este preocupante panorama de salud pública se añade la vulnerabilidad ante flagelos como el ciberacoso, la exposición no consentida a contenidos pornográficos o de violencia extrema…"
¡Viva Francia! Por aprobar un marco legal, estableciendo un límite estricto a los menores de 15 años, que no podrán acceder a las redes si no cuentan con una autorización expresa de sus padres o tutores legales, ¡Viva Francia!, que obliga a las plataformas digitales a implementar soluciones técnicas de verificación de edad certificadas.
El 4 % de la facturación global puede ser la multa si no lo cumplen. ¡Que se fastidien!, ¡ya han fastidiado suficiente!