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Alza la mirada

Por Daniel Molini Dezotti
viernes 12 de junio de 2026, 11:02h

Tengo frente a mí un sombrero de paja, de color blanco amarillento, que luce una nota de color gracias a una cinta azul, de tres centímetros de ancho, cosida allí donde el ala se transforma en copa, o viceversa.
Una inscripción en letras de imprenta blanca la recorre en toda su longitud: Alza la mirada 2026.

Y si lo tengo -al sombrero- frente a mí, es porque me lo obsequiaron en la Parroquia del Sagrado Corazón. No fue una atención especial o personalizada: repartieron cientos, al menos a quienes iban a participar en el puerto de Tenerife en la última jornada de la visita del Papa a España.

Lo miro e intento recuperar de la memoria los versos de la canción homónima, que en los últimos días escuché tantas veces, en cada oportunidad en que Su Santidad comparecía ante su feligresía.
En el himno se repite -si no conté mal- diecinueve veces el mandato, que no orden, de alzar la mirada.
Y la mayoría de las veces para justificar un rezo, una petición, un descubrimiento, especialmente dirigido a quienes profesan la fe, a los católicos declarados, porque se menciona sin ambages a Jesús, la cruz, el cielo, la fuerza del Señor, la confianza y la ausencia de vacilaciones.

No obstante, en la última estrofa el sentido de la letra cambia -al menos así lo interpreto- porque ya no representa algo que cantemos para nosotros mismos, sino que lo hacemos por los demás:

"Por los que buscan la paz y la libertad / Para que encuentren en tus ojos dónde descansar / Por los que cruzan el mar buscando un hogar / Para que vean más allá de la tempestad."

Es en esa última estrofa donde el himno deja de ser una oración personal y se convierte en un gesto hacia afuera. Y es también ahí donde el lema del viaje adquiere su dimensión más política y más humana: alzar la mirada no solo para encontrar a Dios, sino para encontrar al otro. Para ver lo que la comodidad, la ideología o el miedo nos han entrenado para no ver.

Todo el viaje apostólico del Papa León XIV se centró en el lema "Alza la mirada" y en algunos carteles, debajo de él, constaba la procedencia: Jn 4,35.
El Evangelio de San Juan, en el versículo señalado, expresa: "¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega."

Si incorporamos un poco de contexto, se puede leer que Jesús está junto a un pozo de agua conversando con una mujer samaritana, mientras los discípulos han marchado al pueblo a comprar comida. Tras una larga conversación, la mujer se marcha también a contar lo que vivió, sospechando que su interlocutor podría ser el Mesías. Cuando los discípulos regresan con la comida y se la ofrecen, Jesús les dice que tiene otro alimento, señalando hacia los samaritanos que venían caminando hacia Él, dispuestos a constatar los dichos de su vecina: "Alzad vuestros ojos y mirad los campos..."

Lo notable es que Jesús no pronuncia esas palabras desde un púlpito ni en una sinagoga. Las dice al aire libre, con gente en movimiento, señalando con el dedo una realidad concreta que sus discípulos tenían delante y no sabían leer. Dos mil años después, León XIV eligió ese mismo versículo para hacer exactamente lo mismo: señalar con el dedo una realidad que Europa tiene delante y prefiere no leer.

Y hoy será la última jornada para alzarla. Sobre todo quienes estuvieron cerca: los políticos, para darse cuenta de que sus decisiones tocan seres humanos, especialmente a quienes no tienen voz. Deben alzar la mirada para dejar de mirarse entre sí con desprecio y recordar que gobiernan para todos.

Y alzarla para ver que el Mediterráneo y el Atlántico se han convertido en cementerios sin lápidas, mientras quienes deciden siguen proclamando la dignidad humana en sus leyes.

Y también, en relación con los migrantes, que hagan lo propio las naciones por donde estos transitan, para no abandonarlos en manos de redes criminales. Y las naciones que expulsan a su propia gente escupiéndoles pobreza, guerra e injusticia, para que creen condiciones que permitan que nadie tenga que huir. Y los que endurecen el lenguaje con palabras que deshumanizan -llamar "invasión" a la llegada de personas hambrientas-, para que entiendan que combatir las mafias y la trata no es una cuestión de caridad sino una obligación moral urgente.

Por todo eso, y para ver que la acogida del migrante no puede ser tarea de unos pocos voluntarios sino compromiso central; que no se puede adorar a Cristo en el altar e ignorar a Cristo en el cayuco; que los jóvenes consigan ver más allá de las pantallas y los algoritmos, que la realidad no se puede simplificar, y reconozcan que hay un mundo que los requiere como protagonistas y no como espectadores.

Y, finalmente, para que todos aquellos que esperan el momento perfecto para actuar puedan ver que los campos ya están más que blancos -se han puesto rojos- y que cada día que pasa la necesidad se hace más perentoria, al igual que el deseo de que crezca a nuestro alrededor "una nueva humanidad, reconciliada en el amor."

Dentro de un rato me pondré el sombrero, y en el puerto de Santa Cruz me encontraré, seguro, con gente deslumbrada de pasión, contagiada con la misma visión.
El sombrero es blanco, liviano, de paja. No pesa nada. Pero esta mañana, cargado de todo lo que lleva escrito, se siente como algo más que un recuerdo o un gesto de bienvenida parroquial. Es una pequeña consigna que alguien pensó, mandó a fabricar y distribuyó entre vecinos para que la llevaran puesta frente al mar. Para que nadie olvidara, al menos por unas horas, hacia dónde había que mirar.

También alzaré la mirada, porque las palabras del Papa lo merecen: "Queridos migrantes: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar."

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