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Historias de canarias que valen oro

sábado 31 de enero de 2026, 22:56h

Por Marilena Sánchez Godoy

Las abuelas nunca entendieron de inflación ni de mercados. Lo que sí sabían era qué guardar para cuando la cosa se ponía fea. No tenían estudios, en su mayoría, pero sí una gran sabiduría. Como tantas mujeres de su época, la abuelita bajaba por la calle de su barrio, La Salud, hasta la joyería de toda la vida, en plena avenida. Esa que seguía en su sitio aunque todo cambiara. Donde, al entrar, la saludaban con un: —Buenos días, mi niña, ¿en qué te echamos una mano hoy? No hacía falta explicar mucho. Iba con la cabeza alta, aunque el alma apretada. Dejaba un puñadito de joyas que le había dejado su madre, y a ella, la suya. Era un ritual íntimo, casi secreto, pero digno y decente.

El empeño de las joyas familiares pagó deudas, estudios, tratamientos médicos y hasta puso pan en la mesa cuando no había. Fue un héroe silencioso que sostuvo familias enteras. Ayer, la abuela volvió a su joyería del barrio La Salud, echó números y decidió venderlas. Se fue a casa con un pequeño retiro dorado y la satisfacción de que sus joyas habían cumplido su función. Ya le hubiese gustado a cualquier gurú conseguir ese rendimiento con sus criptomonedas.

Hoy se habla del oro como arma de poder y de asedio entre potencias, pero en casas como la nuestra, siempre fue otra cosa: refugio y seguridad. Una forma de cuidar a los nuestros, sobre todo ahora, cuando muchos no pueden acceder ni a un pisito en el barrio humilde de su abuela. Tenemos tanto que aprender de las abuelas.

Atentamente: Una nieta. Marilena Sánchez Godoy

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