Es posible que este artículo sea leído, por dos, tres o cinco personas de la familia y algunos amigos, con suerte, porque no pocas veces mis nietos miran hacia otras letras.
Y, sin embargo, atacado por un optimismo exagerado, hoy pretendo enfrentarme con los líderes y lideresas de opinión, abanderados y abanderadas, aquellos que cada vez que firman algo son seguidos y admirados, por millones y millones de ojos, asombrados por el mensaje que difunden y dispuestos a compartirlos.
Lo que desencadenó las ganas de disputar el espacio a esos charlatanes, con perdón, fue una grandísima deportista reconvertida en auxiliar de enfermería, o doctora nutricionista, con nula solvencia profesional, equiparable a la mía si estuviese vendiendo raquetas sobre tierra batida.
El asunto de hoy no va de tenis, que es a lo que se dedicaba la imprudente propagandista que generó mis primeras taquicardias del día.
Resulta que una persona que se dedica al arte de curar me mandó un vínculo al WhatsApp, a través del cual accedí a una promoción en la que, Serena Williams, de ella se trata, ponderaba un tratamiento para perder peso.
Mientras la escuchaba mis agobios me trasladaban resultados planetarios, desde células adiposas del abdomen en regresión a meninges convertidas en fritangas, por culpa de autoestima destrozadas, y subsiguientes adicciones varias.
Como el inglés de la celebridad me complicaba, localicé por otros medios la difusión que hacía, ponderando a Ro, una empresa de telemedicina.
Ante las dificultades para perder peso después de su embarazo, Williams necesitó un “impulso adicional”, encontrándolo en el medicamento GLP-1, una ensalada de letras que pone nombre a un péptido, que funciona como una hormona similar al glucagón.
En el anuncio exhibe su cuerpo e indumentaria blanca mientras se administra el componente manifestando que ha perdido un montón de libras, que traducidas a nuestro idioma serían 14 kilogramos.
Ella lo reconoce, sonriendo, que con su actuación pretende eliminar el estigma sobre el uso de estos fármacos, desarrollados inicialmente para el tratamiento de enfermedades y aprovechados luego en la búsqueda de figuras ¿atléticas?, ¿superlativas?, ¿guapas?. Las preguntas son mías; lo suyo es el empeño en demostrar que no es un atajo para perder grasa, sino un complemento a una vida saludable.
Eso es, más o menos, lo que se ve en la grabación, como parte de una publicidad que se escapó de los teléfonos para extenderse a televisión, y espacios públicos, dando constancia de una historia de superación personal, de gran tamaño, tanto que consigue completar la mercadotecnia.
Lo que vende o ayuda a vender Serena Williams es un análogo al GLP-1, fabricado por una empresa que desarrolló a “primos” hermanos de la familia Ozempic, aquel que tanto loaba Elon Musk, en sus tumultuosos tiempos de Trump y motosierra.
Indicados, todos ellos, inicialmente para luchar contra la diabetes tipo II, luego se mostraron útiles para generar mucho, muchísimo dinero a los laboratorios, léase Novo Nordisk o Eli Lilly, proveedor de Ro en la campaña de Serena, que se encarga de distribuirlo.
Su efecto terapéutico es ayudar a regular la glucosa en la sangre, estimulando la producción de insulina, retrasando el vaciado gástrico y aumentando la sensación de saciedad.
Por supuesto, como todo medicamento, tiene efectos secundarios y peligros. Tras su uso pueden aparecer náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento y dolor de estómago, también mareos, dolores de cabeza, caída del cabello, aumento del ritmo cardíaco y cansancio.
En casos menos comunes, complicaciones más graves: pancreatitis, obstrucción intestinal, cálculos renales, y más cosas.
Eso no lo dice Serena Williams, lo dicen los prospectos, los médicos, las universidades, por eso exigen que la prescripción esté supervisada por facultativos.
Como no comprendía los motivos que encontró la ex tenista para sumergirse en estos berenjenales, que la van a enfrentar a medio mundo, puse en el buscador algunas palabras clave relacionadas con el asunto, que, como suele suceder, desprende el hedor del dinero.
Su precio ronda los 1000 dólares, por un suministro mensual de 4 dosis de 2,5 mg. No es difícil colegir, por tanto, que todos aquellos que no puedan dedicar esta cifra a los “impulsos adicionales” busquen sucedáneos en el mercado negro digital, donde se venden sin receta, o que puedan aparecer falsificaciones.
Este tema, que ocurre en el mismo país que padece la epidemia del fentanilo, preocupa a los organismos reguladores, que exigen prescripciones médicas legítimas, recomendaciones con fundamento, no la de mediáticos envilecidos.
Serena Williams promociona un producto que distribuye una empresa en la que su esposo tiene inversiones, producto que provee otra, la misma que recibió denuncias por parte de la fiscalía general de Texas, por sobornar e inducir ilegalmente a proveedores médicos para que recetaran sus medicamentos, que generó, en el segundo trimestre de 2025 3.400 millones de dólares.
Después de ganar tantos torneos y hacerlo de forma gloriosa, ¿qué pretende ganar ahora Serena?