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Noriega y Maduro

Por Julio Fajardo Sánchez
sábado 30 de agosto de 2025, 11:55h

Manuel Antonio Noriega fue un dictador, presidente de Panamá de 1983 a 1989, en que fue derrocado por la intervención del Gobierno de George W. Busch, bajo la acusación de narcotráfico. Alguien quiere emparentar estos hechos con el despliegue de tropas norteamericanas ordenado por Donald Trump en aguas del Caribe, amenazando a Nicolás Maduro con los mismos argumentos. La diferencia está en que Venezuela es una revolución que ya va para 26 años y Noriega era un dictadorzuelo con apenas 6 años en el poder.

Las revoluciones son algo más, pero tampoco son eternas. Una revolución es como Apinsa, elimina todo vestigio de insectos allá donde se escondan, incluso hace un exterminio simbólico de su reproducción genética. En su libro “Las tumbas de Saint Denis”, Alejandro Dumas describe cómo los revolucionarios franceses sacaron los huesos de los reyes de Francia de esa iglesia de París y los esparcieron por las calles destruyéndolos. En la catedral de Murcia se encuentra la capilla de los Vélez, pero allí no están enterrados ninguno de los miembros de la familia más poderosa de esa región. Vi sus tumbas en la parroquia de Santa María, en Vélez Blanco, donde se encuentra el castillo que hoy está en el Museo Metropolitano de Nueva York, justo donde Zapatero se fotografió con Obama y con sus dos hijas. Más tarde me enteré que tampoco allí había resto alguno.

Los franceses, que ocuparon España durante la Revolución sacaron los huesos de sus tumbas y los tiraron al río, siguiendo ese ritual de desinfección total que está contenido en los manuales revolucionarios. Algo parecido sucedió con la ejecución de los Romanov, durante la revolución soviética, donde queda la foto del zar y su familia y la pena de los conservadores al ver a las grandes duquesas y al zarevich, con sus cabellos rizados, vestido de marinerito. Las revoluciones no son eternas por más que extirpen de cuajo a la clase que vinieron a eliminar. Por eso podemos leer a Marcel Proust y las exquisiteces de sus reuniones en casa de la duquesa de Guermantes, en una especie de resurrección del refinamiento aristocrático.

En el Madrid de 1936 también hubo una operación de este tipo, cuando los asesores soviéticos aconsejaron a los revolucionarios, que negaban serlo, que les imitaran asesinando a supuestos quintacolumnistas, sacados de las cárceles y de las checas sin que nadie se responsabilizara de ello: Solo por la intervención de milicias descontroladas que no hacían otra cosa que seguir las normas revolucionarias. Pasaron algo más de 40 años y las cosas cambiaron, nos reconciliamos y parecía que nos habíamos prometido no volver a hacerlo más, pero, igual que las revoluciones no son eternas, la paz que viene tras ellas tampoco lo es y volvemos a las andadas y salen gentes como Putin después de las perestroikas.

Lo de Venezuela no es como lo de Panamá, pero tampoco se arregla con una guerra. Las revoluciones se destruyen a sí mismas cuando las pare la inercia, como decía Chesterton. Dejarán un reguero de miseria y de sangre, tirarán huesos al río, vivirán con el odio como único estandarte, pero llegará el momento en que hallarán el veneno en su propio germen y desaparecerán como un mal recuerdo. Algunas, pequeñas y aparentemente inocuas, como Cuba, se seguirán manteniendo como un ejemplo de lo que no hay que seguir, a pesar de que una población desgraciada esté condenada a vivir en el estado del malestar y la falta de libertad. Las cosas son así, y lo han sido siempre.

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