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Después de la batalla piensa en mí

Por Julio Fajardo Sánchez
miércoles 10 de junio de 2026, 15:25h
Actualizado el: 10/06/2026 16:05h

Todavía se escuchan los ecos de los aplausos al papa y ya empieza el kilombo en el Congreso. Ha habido intercambio de cromos como en todas las sesiones de control. Foto del barco de Marcial Dorado y financiación de primarias con fondos de prostíbulos; gestapín con Leire disfrazada de Mata Hari y reforma de Génova en negro; joyas de Zapatero y recuerdos del caso Kitchen; borrado de los móviles del Fiscal y discos duros rotos a martillazos. Lecciones de usted, ninguna, y cosas así. En esta ocasión empezó Feijóo y sus señorías prendieron la mecha para que el humo de las bengalas asfixiara el ambiente, todavía impregnado con las palabras de León XIV.

Lo he visto en la tele cuando llegué del Centro de Salud después de hacerme una analítica. Allí estábamos todos callados, esperando a que nos sacaran la sangre. Las enfermeras amabilísimas y la gente tranquila. ¡Qué diferencia! Una chica alta, con un chándal y una mascarilla, repartía los números. Todo por orden de llegada. Tenía hora para las 8.30 y salí unos minutos antes de las 9. A mi lado había un quejica y un optimista que llegó más tarde y dijo que la cosa estaba bien mientras hubiera comida para todos. Era una chica joven, muy amable. Me palpó las venas, me puso un elástico en el brazo, me pinchó y me sacó dos viales de sangre oscura. Llegué a casa, me tomé un yogur, unas tostadas, un plátano y un café. Entonces fue cuando encendí la tele y me traslade a un mundo imposible. Un mundo irreal donde nos intentan vender la moto de que la realidad es lo que vemos en la pantalla. Después me senté frente al ordenador y me puse a leer la prensa digital.

Un periodista dice que España es aconfesional y el papa no tiene porqué ser escuchado en el Parlamento. Un catedrático asegura que eso lo ennoblece y a mí me parece una majadería que hayan elegido este debate cuando el papa está a punto de ir a la Sagrada Familia. Los catalanes pretenden hacer santo a Gaudí. Gaudí ya tiene su catedral para recordarlo. ¿Para qué quiere más? Deben ser órdenes del Puigdemont. Alguien experto dice que para pasar de venerable a beato tiene que hacer un milagro. Si nadie se lo pide no lo hará. Bastante milagro es acabar el templo de Barcelona, y lo que queda. Barcelona estará viva y católica mientras sigan construyéndolo. Falta una plaza y unas escalinatas, pero para hacerlo hay que demoler dos manzanas de viviendas. No se yo si Gaudí estaría de acuerdo con eso. En fin, ha retornado la normalización y los insultos de sus señorías se escuchan hasta Gibraltar. Nosotros estamos más lejos.

Mañana estará su santidad en Las Palmas y el viernes en Tenerife. En Mogán la alcaldesa espera a Pedro Sánchez para cantarle las cuarenta. Aprovechando ese momento de buen rollo que deja la estela del discurso del papa, el responsable del PSOE en Extremadura, alcalde de un pueblo de 500 habitantes, ha ofrecido un pacto para aprobar los presupuestos y quitarles a Vox de encima. Desde el PP le han contestado que es demasiado tarde. La cosa está igual que siempre.

Dentro de unos días saldrá la sentencia del juicio del hermano del presidente. Para entonces, León estará en Castell Gandolfo jugando al tenis con la camiseta firmada por Nadal que le regaló Feijóo. La usará de repuesto, pues ya tiene otra obsequiada por el tenista. Sánchez le ha entregado un olivo en forma de bonsay, al estilo de Felipe. Dice que ese árbol simboliza la paz, pero en el huerto que está junto a Jerusalén prendieron a Jesús y sudó sangre pensando que lo iban a matar al día siguiente. No sé yo… El huerto se llama de Getsemaní y en la Semana Santa de Motril le dicen el huerto de José el Manío.

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