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No es That’s Hollywood o Espectáculo. Tampoco guerra televisada. Es Política Económica

Por Jesús Antonio Rodríguez Morilla
sábado 14 de marzo de 2026, 12:52h

Introducción.

Vivimos en una época en la que la política mundial parece haberse convertido en un auténtico baile de máscaras o, como se le viene denominando de un tiempo a esta parte, en puro postureo político. No es algo nuevo. Nunca ha desaparecido del todo; simplemente atraviesa épocas de mayor o menor intensidad.

Los discursos se multiplican, las promesas se repiten y las banderas ideológicas ondean con aparente convicción. Sin embargo, tras tanta escenografía, muchos ciudadanos perciben que las decisiones fundamentales no siempre responden al interés común, sino a la defensa de intereses particulares, estratégicos o de poder. En ese escenario, el ciudadano observa —a veces con desconfianza, otras con resignación— cómo el rumbo político global parece una danza de pasos inciertos.

En un artículo anterior comentaba algunas vivencias en Irán, donde presencié la caída del Sha de Persia a finales de 1978. Un país bendecido por enormes riquezas naturales y que, además, ha contado históricamente con la contribución de comunidades como la armenia, cuyo papel comercial, cultural y diplomático ha sido relevante en el desarrollo del Irán moderno.

Durante años, Irán fue considerado un aliado estratégico de Occidente y un factor de estabilidad en una región compleja. Sin embargo, desde dentro comenzaban a percibirse signos evidentes de desgaste político y social, hasta el punto de que su cabeza visible: Shahanshah o Rey de Reyes. acabaría emprendiendo un largo y difícil periplo internacional en busca de un país que le ofreciera acogida que la mayoría le denegaron con una enfermedad terminal.

¿Quién habría presagiado meses antes lo que sucedería después, cuando visitó el país Juan Carlos I, saludando nuestro monarca a la colonia española —agasajada por las autoridades iraníes con un refrescante zumo de sandía— ante el célebre Trono del Pavo Real en el norte de Teherán?

Retrospectiva: 1978–1979, preludio de una transformación.

El régimen del Sha parecía sólido desde el exterior. Durante años había sido considerado un aliado fiable de Occidente y un elemento estabilizador en la región. Sin embargo, desde dentro comenzaban a percibirse síntomas claros de desgaste político y social.

Lo que se produjo fue un lento deterioro del funcionamiento del país. Surgió un fenómeno que acabaría siendo determinante: el bloqueo progresivo del sistema económico y administrativo.

A esa presión económica se sumaban disturbios, incendios de establecimientos y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. No siempre era fácil distinguir entre protesta organizada y estallidos espontáneos de indignación social, pero el efecto acumulativo era evidente: el aparato del Estado comenzaba a perder su capacidad de control.

Las huelgas se extendieron por numerosos sectores, afectando especialmente a la industria petrolera, base fundamental de la economía nacional. A medida que los trabajadores abandonaban sus puestos, el país empezó a experimentar una parálisis creciente.

El papel de los actores políticos.

Uno de los rasgos más significativos de aquel periodo fue el protagonismo del liderazgo religioso chií. En torno a la figura del ayatolá Khomeini, recibido en olor de multitud, se articuló un movimiento que combinaba fe religiosa, rechazo al sistema político existente y una notable capacidad de movilización y manipulación popular.

Desde el exilio, primero en Irak y posteriormente en Francia, el clérigo mantenía contacto constante con sus seguidores a través de mensajes grabados que circulaban clandestinamente por todo el país.

En aquellos momentos ocupaba la presidencia francesa Valéry Giscard d'Estaing. Resultaba llamativo observar cómo el líder religioso encontraba espacios desde los cuales proyectar sus mensajes hacia Irán.

Durante su estancia en Neauphle-le-Château, Khomeini pudo comunicarse con la prensa internacional y transmitir sus declaraciones con una libertad que contrastaba con la situación de muchos opositores dentro del propio país.

El resto de la historia es conocido. La Revolución Iraní, marcaría el inicio de una nueva etapa política en Irán, dando paso a una estructura de poder profundamente distinta. Un régimen aparentemente sólido había sido erosionado mediante una combinación de movilización social, presión económica y liderazgo ideológico.

El deambular político de nuestro tiempo.

Muchos observadores señalaron entonces la paradoja de que una revolución de carácter profundamente religioso pudiera organizarse, en parte, desde el espacio político y mediático de Occidente, salvo mediación de intereses determinados.

Décadas después, algunos analistas han interpretado ese episodio como una muestra de las complejas ambigüedades de la política internacional. Los gobiernos actúan a menudo movidos por principios, intereses estratégicos o cálculos a corto plazo cuyas consecuencias reales solo se comprenden con el paso del tiempo.

Hoy, cuando el escenario geopolítico de Oriente Medio continúa en permanente ebullición, no faltan voces que recuerdan que la historia deja rastros que invitan a la reflexión.

Conclusión.

Viene demostrándose que la política no puede reducirse únicamente a un escenario de intereses enfrentados por parte de EE. UU y Europa. Debe recuperar su dimensión ética y social.

Gobernar implica tomar decisiones difíciles, equilibrar intereses y afrontar realidades complejas, pero exige también honestidad intelectual y compromiso con el bien común.

Porque cuando la política se convierte únicamente en espectáculo, los ciudadanos dejan de ser protagonistas para convertirse en simples espectadores que no acuden a las funciones.

Solo entonces el viejo baile de máscaras podría transformarse en una danza más clara, donde los pasos no se pierdan en la incertidumbre, sino que conduzcan hacia un horizonte de mayor coherencia y justicia pública.

Quede al menos constancia de lo visto y vivido.

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