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Los imbéciles

Por Julio Fajardo Sánchez
domingo 11 de enero de 2026, 12:16h

Héctor Abad Facionlices escribe sobre Venezuela y dice, aunque no le consta, que es una traición de los hermanos Rodríguez para deshacerse del tirano Maduro. Esto lo afirman otros observadores a pesar de que el mundo se debata sobre el respeto al derecho internacional, y sobre si éste es de aplicación a los ciudadanos o a los gobiernos.

A Echenique lo interpelan sobre su silencio ante la detención en el Helicoide del líder del partido comunista venezolano, que se presentó a las elecciones de 2024 y responde con un y tú más bastante desafortunado, mientras los socialistas ponen en marcha una campaña para ensalzar a Zapatero, en su función de mediador, coincidiendo con la admisión a trámite de una querella en la Audiencia Nacional que tiene que ver con la relación con Maduro y su revolución bolivariana.

El avispero está agitado, como siempre, y en medio surge la polémica de la financiación autonómica donde las divisiones están aún más claras. Son las consecuencias de una lucha entre la agonía y la supervivencia que lleva tiempo siendo el motivo principal de nuestro debate cotidiano. El mundo está pasando por un mal momento y los analistas no saben donde situarlo. Es peligroso hacer comparaciones con otros periodos históricos pero es inevitable establecer parecidos, sin ánimo de alarmar, Dios me libre.

He acabado la lectura del libro de Paco Cerdá, “Presentes”, y veo algo sobre la proliferación de imbéciles cuando hace referencia a una novela de Georges Bernanos. “El imbécil es un ser de costumbres e ideas preconcebidas”, dice. “La ira de los imbéciles llena el mundo. Los imbéciles prefieren matar que pensar”. No sé por qué tengo la sensación de que una nueva avalancha de imbéciles nos está cercando y esto no es presagio de cosas buenas, sino de todo lo contrario. Hay quien habla de un cambio de paradigma, pero es demasiado benévolo al no darse cuenta de que se trata de la invasión de plagas que a veces quedan sin control y proliferan con la velocidad de una pandemia. Es una enfermedad que ataca de forma indiscriminada y nada tiene que ver con las ideologías, porque ninguna está inmunizada frente a su aparición. Su expansión se ve potenciada por los modernos e incontrolados medios que el mundo digital pone a disposición de las sociedades libres. Por eso se propaga a una velocidad que está fuera de nuestros cálculos.

El nivel de imbecilidad se puede reducir sin necesidad de que intervenga el arrepentimiento después de haber provocado una catástrofe. Se trata de moderar a los inductores. En un universo donde proliferan los profetas de mueble bar es difícil aplicar medidas de contención. Hasta yo mismo no estoy seguro de mesurar mis palabras para así no colaborar al incremento de los desencuentros. El momento es tan delicado que incluso los bomberos contribuyen a incrementar la hoguera. De lo que no hay duda es de que algo esta ardiendo.

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