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Rita la salvaje

Por Daniel Molini Dezotti
sábado 03 de enero de 2026, 07:00h

Nunca es tarde para pedir perdón, ni siquiera cuando el paso inexorable del tiempo pretende disolver la culpa con el olvido.

Por eso hoy, muchas décadas después, me toca decir ”lo siento”. Resulta que hace 25 años publiqué, en otro diario, un artículo con final triste, del que estaba relativamente orgulloso.

Tampoco creo que fuera merecedor de ningún premio, pero me dio satisfacciones, hasta hoy, en que comprobé que estaba basado en experiencias parciales y algún sesgo indebido.

Retrocedamos hacia el artículo, para juzgar con más fundamento.

“La figura principal era Rita. En aquel tugurio de mala vida, los parroquianos se congregaban, entre humos y copas, para ver actuar a la bailarina, precisamente a la hora en que la luna terminaba su función.

En realidad no eran muchas las atracciones que se ofrecían en el antro, y todas se podían sintetizar en una: “Rita la salvaje".

A orillas de una calle cualquiera y siguiendo el compás de una música que había perdido su principal condición a fuerza de estridencias, la artista se iba desnudando de ropas y vergüenzas, ante el beneplácito de los presentes.

El punto culminante de sus destrezas era "el ventilador", famoso entre los jóvenes, que transformaban curvas voluptuosas en gotas de sudor, y una noche de juerga en futuros años de anécdotas.

Moviendo las caderas a un ritmo cansino, limitado por el exceso de peso, el exceso de años y la falta de entusiasmo, la “vedette” descendía zigzagueante los peldaños del estrado, para ir a encontrar el sitio justo, tantas veces visitado por los focos, en funciones de trasnoche.

En ese lugar, equidistante de todas las miradas, y en el centro geométrico de la tristeza, Rita ofrecía el número principal, estimulada por el frenético aplauso de los congregados y las copas de más.”

El texto continuaba con la descripción del ejercicio denominado “ventilador” y los aplausos con que terminaba la función,

Tras ese párrafo radicaba el error, perdiendo el escrito perpetrado por mi pluma todo el valor, al concluir: “Expulsando con muecas al pasado, centraba su existencia en el presente, un presente en el que todos se divertían, ¡todos!, excepto ella.”

Ese fue mi artículo y, de vez en cuando, cuando Rosario de Santa Fe, o la República Argentina, o la juventud me abordaban los recuerdos por un rato, lamentaba la lejanía de aquellos tiempos y lugares.

El regreso, imprevisto, emocionante, llegó a final de año, envuelto en un mensaje que me mandó una persona querida.

Se trataba de un vídeo, donde un periodista con grandísima sensibilidad, Quique Pesoa, recreaba un texto hermoso de Jorge Cánepa, dedicado a “Rita la salvaje”, una versión mejorada de lo mío.

Quien la quiera disfrutar podrá encontrarla en https://youtu.be/5C-DMAlTcUs. Por mi parte la intentaré transcribir, rogando indulgencia por no ser fiel al original, por razones que impone el espacio.

El relato se inicia con una semblanza que incluye a la artista, la descripción del barrio, el mismo donde vivían narrador y protagonista, y el lugar donde actuaba.

“... era imposible no quererla, mis hijos la saludaban como a una tía, tal vez con un poco más de cariño. Era tan dulce y con esa mirada luminosa de saberlo todo, en la que se adivinaba el tamaño inmenso de su corazón... El cabaret era un lugar sórdido, oscuro, con aroma desinfectante, un sótano, con una oferta de alegría fingida, casi obligatoria, en el que había músicos ganándose el “mango” y un show repetido hasta el cansancio, donde alternaban veteranos, algunos jóvenes casi adolescentes buscando descubrir el pecado, y una chicas tristes que mentían simpatías por unas copas pagadas.”

“Pero un día ocurrió algo tan distinto que los que estuvieron creyeron ser protagonistas de una película de Federico Fellini. La noche avanzaba como siempre, igual a todas las noches: carcajadas simuladas, miradas sugestivas y un show decadente, hasta que aparecía la estrella, que presentaban con un toque de tambor y platillo: “Señoras, señores, con ustedes “Rita la salvaje”.

“Rubia, hermosa, veterana ya, gorda. Tenía una sonrisa para voltear un muro, con una indumentaria que en el carnaval de Rosario hubieran bautizado como fantasía real: muchos colores, una flor en el pelo, uniforme de patinadora y sostén para talla inferior.”

“Salió como siempre, a comerse la “cancha”, a poner alegría en un lugar imposible para cualquiera, pero no para ella. Entonces lo vio, nadie lo había anunciado, sentado a una mesa, acompañado por tres figuras de la televisión local. Allí estaba Astor Piazzolla.”

“Sintió que una corriente eléctrica le corría por la espalda y paró su actuación, quedándose en silencio y mirando al público, que esperaba un chiste, preguntó: ¿Y usted que hace aquí, maestro querido?”

“El publico, tras 10 segundos en silencio comenzó un aplauso que se transformó en ovación. Rita , encendida, gritaba “Me vino a ver Piazzolla, me vino a ver Astor, hoy me gradúo de artista.. ...Olvidando su show pidió un bandoneón y se lo llevó al maestro, que tocó como si estuviera en el Carnegie Hall.”

“Por primera vez vimos a “Rita la salvaje” sentada en la pista, mientras un grueso “lagrimón” le despegaba las pestañas y le marcaba un hilo negro por la cara.”

“Cuando terminó la magia y todos se marchaban emocionados saludando al mago, salió ella. Se había quitado las ropas de salvaje dama y vestía otras sencillas. Lucía mas bella que nunca, se acercó a la mesa y mientra lo besaba a Piazzolla en las mejillas, les dijo a los acompañantes de la mesa: “Mañana los espero en casa, les quiero mostrar la nevera nueva que me compré.” Afuera ya era de día.”

Ay, con los prejuicios, ¡cuánto se tarda en aprender!

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