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2026

Por Julio Fajardo Sánchez
miércoles 31 de diciembre de 2025, 12:43h

Mañana empieza 2026. Las calles y las carreteras estarán desiertas por culpa de la resaca. Siempre estamos intentando escribir cosas raras para esconder la realidad. Mañana será un día como cualquier otro. Solo cambiaremos un cinco por un seis y así creeremos que estamos desembocando en un nuevo mundo. Llevo ochenta y tres años pensando en las mismas cosas, esperando a que todo cambie sin cambiar y escribo sobre ello. El refrán dice que el que la sigue la consigue, pero hay otro del que me fío más y que asegura que no por mucho madrugar amanece más temprano.

Vivimos sobre una bola que da vueltas sobre sí misma y lo notamos en que todo se oscurece periódicamente, y el clima se alterna y hace frío o calor según el lugar donde nos encontremos al describir la órbita que nos obliga a repetirlo todo. Siempre igual, pese a los expertos que nos advierten de catástrofes que no podemos controlar y de las que, sin embargo, nos hacen sentirnos culpables, o simplemente sirven para enseñarnos a odiar a los que aparentemente tienen la culpa. Un tango dice que a la bola nada le importa; gira y gira sin parar. Va a lo suyo: a consumir un tiempo que no tiene que ver con el de nuestras vidas, que se mide en edades, en giros, en amaneceres y en desmemorias.

Esta noche se producirá un quiebro y un número saltará en los almanaques. Un número par, impersonal, del que nada se espera porque es una cifra más en el maremágnum de los que están obligados a crecer en una serie aburrida y monótona: la serie del tiempo que nunca se detiene, esa que se sigue contabilizando después del cese de la vida. Tristram Sandy dice que su devenir es distinto y que el transcurso de la eternidad no puede medirse de la misma forma con que lo hacen nuestros relojes. Un reloj puede ser una clepsidra o cualquier convención que podamos imaginar sujeta a una fatalidad, porque lo que mide solo es la repetición de los acontecimientos. Voy mirando atrás, dice otro tango. “Todo lo ha borrado el almanaque, todo, todo ya se fue”. A veces pienso si este tiempo porteño obedece a otra medida; si el mirar a la Cruz del Sur nos hace ver al mundo de otra manera, pero solo son cosas de la imaginación.

2026 también empieza esta noche para un argentino, solo que un poco después, igual que lo hace un poco antes para un australiano. Allí verán el sol adelantarse al tiempo. Recuerdo un viaje que hice de regreso de América y desde el avión veía la luz acercarse a nosotros insistente, diciendo ya estoy aquí a pesar de que todavía no he llegado. El tiempo no es flexible. Los flexibles somos nosotros, o nuestras percepciones. Hay un libro donde se encoge y se alarga, igual que el espacio. Va sobre una niña que vive aterrada en un país gobernado por naipes, donde el tiempo es una obsesión llamada prisa, representada por un conejo que vive pendiente de un reloj.

Tenemos prisa porque se nos vencen los plazos. Por eso le damos importancia a los dígitos y este 2026 nos parece el adelanto de algo que tendrá que suceder un poco más adelante, cuando llegue el momento de los números primos. Todo por su orden. Qué más da. Para qué tanta urgencia.

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