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Y, con esto y doce uvas, hasta el año entrante

Por José Luis Azzollini García
lunes 29 de diciembre de 2025, 10:40h

Mucha gente pensaba que no se iba a llegar y a lo bobo a lo bobo, ya solo estamos a dos días de atragantarnos con las uvas y brindar con cava o con lo que se tercie, por el nuevo año. Volveremos a caer en las mismas piedras que prometimos no reincidir y comenzaremos un nuevo año con renovadas promesas que cuando termine el año entrante, comprobaremos que no se han cumplido, ni de lejos. Y es que, al ser humano, le cuesta aprender.

¿Es, o no es verdad que, a estas alturas del año, ya deberíamos estar entrando perfectamente en el smoking? ¿Es menos cierto que ese cigarrito que ahora apagamos en el cenicero no debía haber estado encendido? ¿Será mucho decir que se nos llenó la boca cuando prometimos que en el año que ahora finiquitamos, las cosas relativas al ejercicio cardiovascular iban a ir por otro camino distinto al del “sillón-ball”? La realidad es la que es y suele ser tan grande que normalmente nos aplasta. A mí, ya no me coge desprevenido; así que cuando llega el treinta y uno me dispongo a disfrutar del momento sin más. Nada de planes, ni de promesas. Nada de andar mirándome al espejo para reprocharme lo comido. Nada, de casi nada. Todo lo más, prometerme a mí mismo, intentar disfrutar todo lo que pueda del momento que cada día se me abra ante mis narices; intentando, eso sí, no molestar a nadie. Y, si produzco algún daño colateral con mi intención de ser feliz, tratar de que no sea algo irreparable. ¡Hasta ahí llego!

Al echar la vista a tras sobre la celebración de esta gran fecha que supone un cambio de año en el almanaque, recuerdo las distintas etapas por las que fue pasando tal celebración en mi entorno más cercano. Han pasado muchos años, desde los fin de año en mi infancia y juventud que venía señalada por la comida diferente que mi madre y mi tía abuela, preparaban en casa, hasta estos días en los que se intenta definir quien se hace cargo de la organización y en qué casa se lleva a cabo.

Como digo, hasta que cumplí lo años en los que se me permitía pasar el tránsito de año fuera de casa, las fechas navideñas en general y la de fin de año en particular no eran diferentes a cualquier otro día de cualquier mes de cualquier año. La diferencia se producía a la hora de las cenas. En casa, mamá, era una auténtica artista y siempre nos sorprendía con alguno de sus magníficos y sabrosísimos platos. Pero también recuerdo que durante el día y ya en periodo de vacaciones, tocaba echar una mano en la tienda de la familia, pues la época requería tomarse “las ventas” con profesionalidad y mucho esmero. Estas fechas, además de entrañables, lo son de una actividad comercial de indudable trajín. Y, en el “Estanco-Bazar Fife”, eso suponía trabajar con horarios intensivos ayudando a la matriarca. Incluso después de casado y viviendo ya fuera de casa, esa ayuda seguía en pie, aunque ya era más mi esposa y mi hermana las que empujaban aquel pesado carro, mientras yo… mientras yo… ¡Vale, me escaqueaba un poco! -En el momento que mi señora esposa y mi hermana estén leyendo esto, se producirá el milagro de la coincidencia telepática: ¿un poco?-

Pasados aquellos años y algunos pocos más, en los que después de cenar y comer las uvas, salíamos a celebrar el nuevo año con los amigos. Llegaron otros periodos en los que ya con años más noveleros, nos reuníamos los amigos para llevar a cabo todo el proceso fuera del hogar familiar. Buenos ratos me vienen a la memoria de aquellos diferentes años de celebración.

Cuando comencé a trabajar y habiendo elegido la profesión del Turismo, este tipo de celebraciones, se convirtieron poco a poco y a medida que iba adquiriendo más responsabilidades hoteleras, en un trabajo mucho más intenso, donde combinaba, la solución a los problemas que yo mismo había creado en el plan de ocupación, con los propios de la organización de las fiestas que la clientela tenía en sus respectivos contratos con los tour-operadores. Afortunadamente, casi siempre, algún amigo se las ingenió para acompañarme en tan señalado día. Aún recuerdo con una gran sonrisa en mi cara el Momentazo que dos de esos amigos, Josechu y Nando, nos brindaron a toda la concurrencia a la sala de festejos. El primero al piano y el segundo cantando, se dedicaron a deleitarnos con una composición muy sui-géneris de un rock and roll con el que la clientela bailaba con un entusiasmo verdaderamente contagioso. Menos mal que no entendían la letra, pues el estribillo creo recordar que decía algo así como: “me tiré a la hija del sepulturero, me tiré a la hija del sepulturero” el ritmo rocanrolero, hacía que la letra pasara a un segundo plano. Eso sí, no entendían mucho las risas de quienes estábamos en la sala, con conocimiento de la lengua cervantina.

Mis años de andar mezclando, como si de un coctel se tratara, los momentos de diversión con los laborales, pasaron al recuerdo, cuando decidí dejar mi querido mundo del Turismo y pasarme a otros menesteres donde las fechas navideñas y fiestas de guardar no me reportaban más responsabilidad que la de decidir en qué casa se iba a llevar a cabo la despedida del año.

Así llevamos haciéndolo desde 1993, y la verdad es que, aunque se echa mucho de menos el tinglado que se formaba en cada uno de los establecimientos hoteleros en los que tuve la ocasión de trabajar, en el fondo, estoy agradecido del paso que di. A partir de esos años, el día de despedida del año, lo vivía mucho más consciente de la transición que se iba produciendo con cada uva que me echaba a la boca. Tengo que agradecer que, Marinieves, la mujer de mi amigo José Manuel, tenía mucho jeito pelando aquellos mamotretos de uvas que poníamos dentro de cada copa. Con dos de ellas casi se hacía un zumo de mosto. Mi esposa, también se daba su maña en tal menester, aunque le solía salir una frase con la que se cortaba todo acercamiento a que me las pelara: ¡pélatelas tú! Por la Gloria Bendita que no se lo tengo en cuenta. ¡Ni volveré a tenérselo! Últimamente, y con el paso de los años, debe ser que ya me ve más cara de pobre viejo, porque ya se aviene al duro trabajo del pelado de uvas. Ya sé que las venden en conservas y peladas, pero, ¡óiganme! No es lo mismo.

Quien tira de las uvas enlatadas, suele ser gente muy moderna que seguramente antepondrá salvar a las parras del desgarro que supone el quitarles sus frutos, al deleite de tomar las doce uvas como manda la tradición. Por cierto, es bueno recordar, a estas alturas, que la ingesta de esta baya forma parte de lo tradicional en España. En otros países, como el de procedencia de mi padre, lo suyo es comer lentejas. Espero que en ningún otro sea comer melones.

Este año, me dejaré llevar y que sea lo que Dios y el destino me depare. No haré promesas para evitar incumplirlas y desde luego, trataré de comerme todas y cada una de las uvas al ritmo de las campanadas o de los golpes al caldero. Lo importante es despedir el año dejando hueco, solo para los buenos pensamientos en el año entrante. ¡Feliz año nuevo!

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