(A propósito del día internacional de la mujer trabajadora)
En el entorno de una familia modesta, formada por: un guarda del muelle, regresado de la emigración a Cuba y una modista con un taller de costura, dos hermanas y un hermano; nació mi madre -sería conocida como Fife-.
Su infancia, juventud, y a la postre, casi toda su vida, transcurre en la zona del Toscal de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Un barrio que confiere a sus habitantes un carácter de gente luchadora, y orgullosa de ser “toscaleros”[1]. Ella y cada uno de sus hermanos, no alcanzan unos niveles académicos superiores, ni siquiera medios. Era una época donde el saber escribir y sumar ya conformaba una categoría académica bastante adecuada para afrontar un mundo laboral.
El ser la segunda de sus hermanos, le va dando forma a sus niveles de responsabilidad que poco a poco conformaría su carácter. En su relación con el resto de la juventud del barrio, juega un papel casi de líder, estableciendo contactos que, a la postre, serían para toda la vida. Eso sí, cuando tiene algún conflicto con alguno de los chicos, Fife, llama a su hermana pequeña, Rosalina, que, a base de “morretadas”[2], acaba con el problema, casi antes de haber comenzado. Su madre, desde su taller de costura, provee a su prole de trajes hechos a medida. Eso también da forma a su perfil, forjándole un sentido de la estética y de coquetería que llegaría a su edad adulta e incluso en su vejez -cuando tuvo la desdicha de sufrir un infarto ya a sus 83 años, ella esperó en la calle bien arreglada y pintada a que la ambulancia la recogiera en su domicilio-.
Muy pronto, y en la edad adulta, la familia comienza a intentar colocarse en el mundo laboral. Su hermano, al terminar su instrucción militar en la marina, decide y logra enrolarse como camarero en una compañía de cruceros. Terminaría como responsable de la boutique de abordo, dadas las mañas comerciales que era “sello de familia”.
La Chicas, optan más por la línea del comercio. En la época era normal el colocarse en algún establecimiento de los grandes y en ese rumbo encontraron su camino. Pronto, Fife, ve una oportunidad de tomar la iniciativa y junto con una amiga, deciden abrir su propio negocio: El “Estanco Fife”. Estaba naciendo la empresaria que más tarde desarrollaría en su plenitud.
Con la postguerra llegan las penurias y primero su hermana mayor, luego la más pequeña y más tarde ella -la segunda de las tres hermanas- deciden emigrar al nuevo mundo. Al mundo de las oportunidades. Un cronista de la época escribe sobre su marcha:
En el muelle no se podía dar un paso. Cientos de personas llegadas de los pueblos. Vehículos, vendedores ambulantes autorizados por la Junta de Obras del Puerto. Un ir y venir de gentes de todas las clases y color. Grupos de chicas muy guapas luciendo las mejores galas y las más abiertas de las sonrisas. La mayoría, del popular barrio del Toscal. Su presencia era obligatoria. El decir adiós a una gran amiga que embarcó entre los ochenta y cinco tinerfeños que lo hicieron. Ella no daba margen para resistir tantos besos y apretones, pudiendo decirse que fue la última que subió a bordo. Y, ya la calle de La Rosa se quedó sin la alegría de una de las mejores estanqueras que el barrio más alegre poseía. ¡Se fue Fifí!
En Venezuela, las hermanas, trabajan duro. ¡Muy duro! Se casan, forman sus familias y comienzan a tener sus descendientes. Fife, se enamora de un italiano llegado desde Bari, y tal y como hicieron sus hermanas, se casa con él y establecen su núcleo familiar, en Punto Fijo -Venezuela-, familia formada por una niña y un niño: mi hermana, y un servidor.
El matrimonio no le salió todo lo bien que ella hubiese querido imaginar, pero por aquello de, que no hay mal que por bien no venga, la experiencia la hizo más fuerte y la afianzó en su papel de mujer con “arrestos”. Tras dar un primer paso consistente en traer a sus dos hijos a Tenerife, para evitar que tuvieran ningún tipo de problemas ante el paso que había determinado dar, regresa a Venezuela y presenta demanda de divorcio que resuelve con una sentencia favorable. Sin premeditarlo, estaba transformándose en una mujer independiente y sentando las bases para su libertad empresarial. No debemos olvidar que en España por los años sesenta, la mujer para presentar determinados papeles e incluso para tener una cuenta corriente debía contar con el consentimiento familiar o marital.
Obtenida su condición de mujer libre de cargas conyugales, toma la decisión de regresar de forma definitiva a su tierra. Años más tarde volvería para llevar a cabo alguna reclamación judicial de flecos pendientes con su ya exmarido y también para conseguir que su exmarido viajara a Tenerife para conocer a sus hijos. Por su nivel de perseverancia, lo consiguió todo. Y tanto mi hermana como yo pudimos ver, ya con uso de razón y en persona, a quien nos había engendrado. Y, además, pudimos hablar con él sin ningún tipo de recelos, ya que mi madre jamás nos educó en el resentimiento. Fife, por aquellos momentos lucía contenta. Ese era uno de sus rasgos más importantes: hacer feliz a quienes le rodeaban pero jugando entre bastidores.
Entre estancias en la isla, e idas y venidas a Venezuela -siempre sintió un gran apego por aquella tierra-, Fife decide retomar el negocio que había creado en su momento y echándose la manta a la cabeza, recupera el local que tenía cedido en uso a una prima suya; lo reforma en su totalidad y lo reabre como “Bazar Fumador Fife”. Bazar porque se disponía a vender de todo lo que fuera capaz de vender y fumador, porque sabía que la base debía seguir siendo el tema del tabaco.
Comenzaba la andadura de un negocio que mantuvo a su familia durante el resto de su vida laboral. Los comienzos nada hacían imaginar lo que se podía adquirir en aquel rinconcito de la calle de la Rosa. En la primera foto que le hicieron se le veía a ella con su característica sonrisa fotogénica junto a un mostrador y estantería donde se acomodaba el género a vender, colocado de tal manera que luciera todo y que no pareciera vacío. Firmaba letras, gestionaba pedidos, negociaba precios, compraba y vendía de todo. Desde paquetes de pipas de girasol, hasta revistas. Más tarde conseguiría los derechos para tener un receptor de las Apuestas Mutuas, con lo que amplió su oferta. El negocio ya comenzaba a quedársele chico, y ya no cabía todo en aquel pequeño “zaguán”.
Pasan los años, y Mamá traslada la vivienda familiar -siempre en el barrio- que, hasta ese momento, estaba en la misma casa donde se ubicaba el Bazar. Al comenzar a vivir en la Calle San Martín y quedar la casa de La calle de La Rosa vacía, Fife amplía el negocio hacia lo que, hasta aquél momento, había sido el comedor de la vivienda. Ya se había consolidado como empresaria con éxito y estabilidad. Tanto era su éxito, que abrió hasta un escaparate y comenzó a vender, juguetería, bisutería, cristal de Bohemia y grandes Lámparas de alabastro. En el barrio del Toscal para adquirir alguna de esas piezas había que ir hasta el Centro y pagar mucho dinero, de tal manera que no todo el mundo se lo podía permitir. Fife sabía que su clientela era la que era y se jactaba de trabajar con márgenes comerciales bastante controlados. Sabía también de su fortaleza: una capacidad vendedora innata con una técnica personal que hoy se aprendería en los mejores master de técnicas comerciales. A ella le gustaba el mundo de la venta y disfrutaba desarrollándolo, -ese fue uno de sus grandes legados a mi hermana y a mí-. Pero a su vez, gozaba de credibilidad ante sus proveedores, tenía buen gusto para elegir género y era buena negociando las compras y las formas de pago. Le perdía un poco su buen corazón a la hora de reclamar los pagos de los deudores -los fiados-[3], pero también era consciente de que vivía en un barrio donde, aun habiendo gente muy pudiente, la mayoría era de clase obrera y el cobro se podía retrasar en algunos momentos. En muy pocas ocasiones tuvo que sacar a pasear su temperamento -el “sello García”- que lo tenía para “zanjar” alguna situación de impagos. Ella había diseñado un sistema para que su clientela pudiera obtener los juguetes poco a poco durante los meses previos al día de Reyes, pero algunas personas no entendían bien el concepto y empataban unos reyes con los otros. Y, claro, era algo que necesitaba más de la mano derecha que de la izquierda para que se entendiera bien el concepto.
Al cumplir los 72 años, decide dar por terminada su vida como empresaria y trabajadora y pasa a la situación de jubilada, sin dejar deudas pendientes y traspasando un negocio floreciente que alguien no supo o no quiso continuar.
Aquella pequeña mujer, sin apenas estudios, pero con una fortaleza y coraje dignos de mención, consiguió llevar a cabo su deseo: ser empresaria y vivir con responsabilidad absoluta su papel de mujer, de madre y de emprendedora.
Hoy, sus hijos, sus nietos y nieta, llevan con orgullo ser descendientes de Fife, la madre que quiso ser empresaria y vivió de ello.
[1] Toscalero: Se conoce así, a quien vive y siente el barrio del Toscal de S/C de Tenerife.
[2] “Morretada”: Forma de pelea resolutiva, “marca Toscal”, que tumba al adversario mediante un cabezazo certero entre las cejas y la nariz.
[3] Fiado.: Forma habitual en épocas pretéritas, de compra a crédito en muchos barrios obreros basado en el compromiso de pago y la palabra del deudor para cumplir dicho compromiso.