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Tener oído absoluto

Por Juan Pedro Rivero González
jueves 29 de septiembre de 2022, 05:00h

Al comenzar el curso, como cuando comienza un concierto, se produce un ruido o murmullo instrumental que es necesario. Se trata de disponer los instrumentos en la nota precisa. Se trata da afinarnos. Porque un instrumento se desafina con mucha facilidad tanto por su traslado o por el mismo dinamismo atmosférico de la sala.

Y nosotros también debemos afinarnos y situarnos en el tono preciso para comenzar bien y, sobre todo, para comenzar con otros en cualquier tarea que emprendemos. Y ahí se nos presentan aquellas personas que poseen el don de un oído absoluto. Mecesitamos de otros que nos ayuden y sincronicen de modo que el conjunto logre alcanzar la belleza esperada.

Ejemplos como este nos suelen ayudar. Una orquesta con su multiplicidad instrumental y grandeza, o una colmena con su ritmo transformador de la realidad en la dulce miel. Un trabajo conjunto que convierte al virtuoso en parte de un conjunto que, asumiendo su talento, lo multiplica y eleva por ser parte de un conjunto más amplio.

El bien común no dependo de protagonistas, porque dejaría de ser común. Se trata de un proceso de participación en la que cada cual aporta según puede y todos reciben según necesitan. Ya se ha repetido muchas veces que el bien común no es meramente la suma de bienes particulares. Si en una colmena solo hubiera reinas, no habría colmena. Si solo hubiera trabajadoras, poco futuro tendrá la colmena. Hasta un zángano es importante en esta estructura de trabajo común.

Pero, tal vez, por ser una experiencia humana, es la orquesta un ejemplo más próximo a la vida social. Es el espacio en el que se combina arduo y permanente trabajo del violín, con las puntuales intervenciones de los platillos. No todos aportan lo mismo, pero el todo necesita cada momento e intervención.

Y todos necesitan el talento peculiar de un oído absoluto, esos que no necesitan coger el tono porque lo tienen. Ese don tan exclusivo. Ayer me comentaba un amigo el proceso de afinación de un piano, que en sí mismo y como instrumento es un conjunto plural de cuerdas y tensiones que ya nos habla de armonía. No todos saben ni pueden afinar un piano. Incluso, aún usando esas máquinas precisas de interpretación del sonido y medición del tono, un oido absoluto es otra cosa.

Pablo de Tarso, aquel fariseo radical del siglo primero que se convitió de fanático perseguidor a apóstol de Oriente, ponía como ejemplo del bien común el cuerpo humano. Para él no había miembros de segunda y miembros de primera, porque el cuerpo es uno, y en bien del cuerpo cada miembro participa según su condición y función. Pero añadía al final que el cuerpo necesitaba una agente de coordinación, una forma de coordinación. No solo una cabeza, que para él era Cristo, sino una argamasa de unidad que diera sentido y vida al conunto. Para él era la caridad, el amor fraterno, ceñidor de la unidad consumada.

Qué bien saber que el oído absoluto de la vida social es el amor. Estamos hechos para este tono, sin duda.

Juan Pedro Rivero González

Delegado de Cáritas diocesana de Tenerife

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