Mientras una parte de la sociedad lucha por garantizar vivienda, salarios dignos, servicios públicos de calidad o la protección efectiva de la infancia, una parte de la izquierda institucional parece empeñada en librar una batalla muy diferente: la defensa de símbolos identitarios incluso cuando estos entran en conflicto con principios fundamentales de igualdad.
La reciente propuesta de Podemos para garantizar el uso del hiyab en las escuelas vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que muchos sectores políticos intentan evitar: ¿qué ocurre cuando una práctica cultural o religiosa entra en tensión con los derechos de las niñas?
La pregunta no es si una mujer adulta tiene derecho a vestir como desee. Esa libertad debe existir. La pregunta es otra: ¿Puede una niña desarrollarse en igualdad cuando desde pequeña aprende que existen normas específicas para cubrir su cuerpo por el simple hecho de haber nacido mujer?
¿Puede una sociedad llamarse feminista si protege símbolos que únicamente recaen sobre las niñas y no sobre los niños?
Las niñas son sujetos de derechos
La Convención sobre los Derechos del Niño establece que el interés superior del menor debe prevalecer en todas las decisiones que le afecten. No habla de tradiciones. No habla de costumbres. No habla de religiones. Habla de niños y niñas. Habla de seres humanos. Las niñas no son propiedad de sus familias. No son propiedad de ninguna comunidad religiosa. No son propiedad de ninguna tradición cultural.
Son personas con derechos propios. Y entre esos derechos se encuentran el libre desarrollo de la personalidad, la igualdad de oportunidades y la protección frente a cualquier forma de discriminación.
Sin embargo, cuando ciertos sectores políticos abordan esta cuestión, las niñas desaparecen del debate. Ya no se pregunta qué efectos tiene sobre su desarrollo psicológico. Ya no se analiza qué mensaje reciben sobre su cuerpo.
Ya no se cuestiona por qué determinadas exigencias recaen exclusivamente sobre ellas.
Todo gira alrededor de la protección de una identidad colectiva.
Y ahí comienza el problema.Quienes defienden el hiyab suelen presentarlo exclusivamente como una elección individual o una manifestación cultural. Pero esa explicación ignora una cuestión fundamental.
No existe una obligación equivalente para los niños.
No existe una prenda masculina destinada a ocultar partes del cuerpo por razones de modestia femenina. No existe una norma masculina que recuerde permanentemente al niño que su cuerpo puede generar problemas morales o sociales.
La diferencia sexual forma parte del origen mismo de la norma.
Y precisamente por eso numerosas feministas procedentes de países de mayoría musulmana han cuestionado durante décadas el significado político del velo. No porque odien la religión. No porque sean racistas. No porque sean islamófobas.
Sino porque consideran que ninguna niña debería crecer interiorizando que su cuerpo necesita ser regulado de forma diferente al de un niño.
Lo que dice la psicología del desarrollo
La infancia es el periodo en el que se construyen la autoestima, la autonomía personal y la identidad.
Diversos estudios sobre socialización de género muestran que los mensajes recibidos durante la niñez tienen un impacto profundo sobre la percepción que las personas desarrollan acerca de sí mismas.
Cuando una niña aprende desde edades tempranas que debe cubrir determinadas partes de su cuerpo porque es mujer, pueden producirse varias consecuencias:
Hipervigilancia corporal: la menor aprende a observar y controlar su cuerpo de una forma que normalmente no se exige a los niños.
Interiorización de roles diferenciados: se normaliza la idea de que hombres y mujeres tienen obligaciones distintas.
Limitación de la autonomía: las decisiones aparecen condicionadas por expectativas familiares o comunitarias que preceden a la capacidad real de
elección.
Construcción desigual de la identidad: la niña puede asociar parte de su valor personal al cumplimiento de normas relacionadas con la modestia, la pureza o el honor.Todo ello ocurre precisamente en la etapa donde debería desarrollarse como una persona libre e igual.
La izquierda que olvidó a las mujeres
Quizá la mayor contradicción política de nuestro tiempo sea observar cómo una parte de la izquierda que durante décadas afirmó defender la emancipación femenina ha terminado justificando prácticas que históricamente fueron objeto de crítica feminista.
Podemos y otros sectores de la izquierda identitaria denuncian con enorme intensidad cualquier estereotipo sexista en anuncios, películas, juguetes o libros escolares. Detectan machismo en cada rincón de la sociedad. Pero cuando las diferencias entre hombres y mujeres aparecen legitimadas por determinadas tradiciones religiosas, el discurso cambia.
Lo que antes era una imposición de género se convierte en diversidad. Lo que antes era objeto de crítica feminista se transforma en identidad cultural. Lo que antes era patriarcado pasa a merecer protección institucional.
La incoherencia es evidente. Se combate el sexismo cuando procede de unas fuentes. Se tolera cuando procede de otras.
La consecuencia es devastadora para la credibilidad del feminismo institucional. Porque transmite la idea de que existen niñas cuya igualdad merece una defensa absoluta y otras cuya igualdad puede negociarse en nombre del multiculturalismo.
El fracaso del relativismo cultural
Durante años, el feminismo luchó contra argumentos que justificaban la desigualdad en nombre de la tradición. La tradición decía que las mujeres no podían votar. La tradición decía que las mujeres debían obedecer al marido. La tradición decía que las mujeres no podían acceder a determinados estudios o profesiones.
Siempre aparecía la misma excusa. La costumbre. La religión. La cultura.
El feminismo nació precisamente para desafiar esas estructuras.
Por eso resulta tan sorprendente observar cómo parte de la izquierda contemporánea ha abandonado el universalismo de los derechos humanos para abrazar un relativismo cultural que termina perjudicando precisamente a quienes afirma proteger.
Si aceptamos que una tradición puede limitar la igualdad de una niña, entonces estamos aceptando que existen seres humanos con menos derechos que otros.Y eso contradice el fundamento mismo de los derechos humanos.
La cuestión no es religiosa. La cuestión es política. La cuestión es feminista.
La cuestión es si los derechos de las niñas son universales o negociables.
Porque los derechos humanos no fueron creados para proteger tradiciones.
Fueron creados para proteger personas.
Y cuando una sociedad tiene que elegir entre defender un símbolo cultural o defender la igualdad de una niña, la respuesta debería ser clara.
Siempre la niña. Siempre su libertad. Siempre sus derechos.
Aunque incomode a Podemos. Aunque incomode a la izquierda identitaria.
Aunque incomode a quienes han decidido sustituir el feminismo por la gestión de identidades.
Porque las mujeres y las niñas somos seres humanos.
Y ningún constructo cultural, religioso o político puede situarse por encima de nuestros derechos fundamentales.