Hoy y mañana. Punto. Dos palabras sencillas que, sin embargo, encierran toda una manera de entender la vida. Hoy, el Papa visita Gran Canaria. Mañana estará en Tenerife. La agenda de estos días quedará escrita en los periódicos, en las fotografías y en la memoria colectiva de nuestro pueblo. Pero más allá de los actos oficiales y de las crónicas que se redactarán, esta visita nos recuerda algo extraordinario: por primera vez en la historia, un Papa pisa suelo canario. No es un acontecimiento menor. Es un momento que quedará unido para siempre a la historia de estas islas situadas en medio del Atlántico y abiertas al mundo.
Durante siglos, Canarias ha sido tierra de paso, de encuentro y de acogida. Desde aquí partieron navegantes, misioneros, comerciantes y soñadores. Sin embargo, nunca antes el Sucesor de Pedro había visitado personalmente este archipiélago. Por eso, más allá de las legítimas sensibilidades religiosas de cada cual, estamos ante un hecho que trasciende lo estrictamente eclesial. Es un acontecimiento cultural, histórico y humano que merece ser vivido con la conciencia de que algunas páginas de la historia solo se escriben una vez.
Quizá por eso el título de este artículo no necesita más palabras. Hoy y mañana. Punto. Porque la vida, en el fondo, se construye precisamente así: en la sucesión de días concretos, en los acontecimientos que llegan sin repetirse, en las oportunidades que pasan delante de nosotros y que solo podemos abrazar cuando están presentes. Demasiadas veces vivimos mirando hacia atrás o proyectándonos hacia un futuro lejano. Y mientras tanto, se nos escapa el único tiempo que realmente poseemos: el presente.
El pasado tiene su importancia. Nos da raíces, identidad y experiencia. Pero no podemos convertirlo en residencia permanente. Hay personas que viven atrapadas en lo que fue, en lo que pudo haber sido o en lo que nunca llegó a suceder. El pasado necesita ser reconciliado y purificado para que no termine condicionando nuestra capacidad de vivir. La memoria es necesaria, pero la nostalgia no puede convertirse en una forma de existencia.
Tampoco resulta saludable instalarse en un futuro perpetuo. Vivimos rodeados de planes, previsiones, objetivos y estrategias. Todo ello tiene su valor, pero el futuro solo puede construirse desde el presente. Cuando la vida se convierte exclusivamente en preparación para mañana, corremos el riesgo de perder la belleza del hoy. Hay personas que pasan la vida organizando los próximos años sin darse cuenta de que los días actuales son precisamente el material con el que se fabrica el porvenir.
La sabiduría cristiana ha expresado esta verdad con una sencillez admirable. En el Padrenuestro no pedimos el pan para toda la vida, ni para los próximos diez años. Pedimos el pan de cada día. No se trata de despreciar el pasado ni de renunciar al futuro, sino de aprender a vivir con la serenidad de quien sabe que cada jornada trae sus propias tareas, sus propios desafíos y también sus propios dones. El ayer se agradece y se purifica; el mañana se espera con confianza; el hoy se vive con pasión.
Por eso, mientras Canarias contempla este momento histórico, quizá la mejor enseñanza que podemos extraer de estos días sea precisamente esa. Hoy y mañana. Punto. Hoy, la oportunidad de acoger un acontecimiento irrepetible. Mañana, la posibilidad de seguir construyendo esperanza. Y entre ambos, la certeza de que la vida no sucede en otro lugar ni en otro tiempo. Sucede aquí. Sucede ahora. Sucede en este día que tenemos entre las manos y que, una vez vivido, ya no volverá.