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¿Atención al cliente? o ¡Atención cliente!

Por Daniel Molini Dezotti
sábado 23 de mayo de 2026, 08:00h

“Estimado cliente. En respuesta a los hechos que nos ha trasladado, la intención de la entidad es informarle de la situación de su contrato, en ningún caso importunarle. Lamentamos sinceramente si las gestiones realizadas no han sido de su satisfacción y le rogamos que acepte nuestras disculpas. Aprovechamos la ocasión para saludarle atentamente”

La comunicación que antecede, recibida por un amigo, fue remitida por una empresa muy relevante, como si fuese el punto final a una controversia originada por una gravísima falta de respeto.

La citada empresa, muy famosa, que promociona artículos de moda vistiendo artistas de fama mundial, que tiene una financiera que lleva su mismo nombre, y que tiene un servicio de atención al cliente lamentable, pretendía finiquitar con el texto reproducido arriba, una situación que podría haberse resuelto con tres palabras: “Lo sentimos mucho”.

Pero no, al ser tan obtusos, tan orgullosos, tan soberbios —lo dice mi amigo y yo le creo— que nunca aprendieron a mirar a los ojos, disculparse, reconocer errores o modificar conductas propias de abusones que no tienen ninguna responsabilidad social empresarial.

Lo que generó aquella respuesta de la empresa fue una carta en la que mi amigo exponía un maltrato recibido, por parte de la tienda, la financiera y los terribles gestores que tienen contratados para reclamar deudas a “morosos”, con llamadas amenazantes, insistentes y sordas a cualquier respuesta o explicación.

Por lo visto, al estar de viaje y no poder localizarlo, los acosadores no pararon de llamar a su lugar de trabajo, sin decir a quienes atendían el motivo de tanta impertinencia.

Sabía que un par de meses antes había comprado un televisor, y a la hora de pagar, el buen vendedor de la tienda mala, le aconsejó hacerlo a plazos: 12 meses sin intereses.

Y se olvidó del tema, porque veía que los cargos en el banco reflejaban los gastos de la tarjeta de la mencionada empresa.

Mi amigo les pidió a sus compañeros de trabajo que indicaran, a quienes llamaban los motivos mediante un correo electrónico, porque su teléfono no estaba operativo en el país donde se encontraba.

Cuando finalmente se enteró de lo que pasaba, gracias a un email, colapsó: “A pesar de los intentos realizados para facilitarle la regularización de su importe pendiente, la realidad es que hasta el momento no hemos obtenido una respuesta satisfactoria por su parte, ello a pesar de que XXX ha mostrado la mejor predisposición.

Por nuestra parte queremos reiterar nuestro interés por llegar a un acuerdo con usted, con el fin de evitarle molestias innecesarias y que su deuda se incremente con más gastos e intereses.

Recuerde que los recibos devueltos o la falta de pago en la fecha correspondiente podrían generar gastos e intereses.

Asimismo, le informamos que, de seguir incumpliendo con sus obligaciones de pago en los términos previstos para ello, y siempre que se cumplan los requisitos establecidos en el artículo 20 de la Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre, de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales, los datos referidos al importe pendiente pueden ser comunicados a ficheros relativos al incumplimiento de obligaciones dinerarias, en concreto a Experian Bureau de Crédito, S.A., responsable del fichero de solvencia patrimonial BADEXCUG, y a Equifax Ibérica, S.L., responsable del fichero de solvencia patrimonial ASNEF.”

Llegado el momento, mi amigo no consiguió explicar que el banco pagador no tenía constancia de ninguna deuda, que la comunicación era injusta, demencial, ¡que se trataba de 60 euros!, abonando luego la totalidad del puñetero televisor que hasta ese momento no le había regalado ningún momento bueno.

Eso sí, dejó constancia escrita de su monumental enfado, sobre todo por los irrespetuosos cobradores, acostumbrados a atemorizar a la gente que no consigue pagar una cuota a su vencimiento.

En fin, no entendieron nada, argumentando que quien no entendía era mi amigo.

Controlando la cólera volvió a insistir por escrito, argumentando que la respuesta recibida a tantas reclamaciones había sido completamente insuficiente.

No aclaraba los motivos de la falta de pago, usaron un teléfono que no correspondía, no lo quitaron de la base de datos, no explicaron las amenazas legales improcedentes y ese engendro de “... disculpas si la atención no ha sido de su satisfacción”, no era una disculpa.

Mi amigo, sin tener en cuenta la importancia de la empresa, les aseguró que si no recibía respuesta en un plazo razonable, mandaría todos los documentos a la Agencia Española de Protección de Datos, a la Oficina Municipal de Consumo de Santa Cruz de Tenerife, y -no estoy seguro- si también al Defensor del Pueblo, la OCU, a la multinacional de los consumidores, y a los enemigos de las grandes tiendas con financieras que parecen haberse olvidados de que están donde están por la gente.

Esperando estuvo, hasta que se cumplió el plazo sin ninguna respuesta.

Bueno sí, recibió una, pero no quiso considerarla respuesta. Se trataba de la oficina de atención al cliente de la tienda importantísima, que pedía valorase con una encuesta el trato recibido, porque para ellos los clientes siempre, siempre, son lo más importante.

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