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Edgar, el de las maletas perdidas

Por Daniel Molini Dezotti
sábado 04 de abril de 2026, 06:00h

El objeto del presente artículo es aprovechar una felicitación que no conseguí entregar, porque las empresas del mundo, ayer, y hoy también, están tan enajenadas persiguiendo rentas, que cuando alguien se acerca a sus oficinas para entregar una recomendación o saludar una actuación loable, lo miran asombrado.

“No usamos, ya no tenemos papel; lo único que se ofrece es este código QR, pero solo para las reclamaciones.”

Pero yo, por una vez, no quería quejarme. Estábamos con una amiga en el aeropuerto más importante de España, junto a cientos, miles de personas de todo el mundo regresando a sus hogares o ampliando sus fronteras o persiguiendo futuros o huyendo de dolores y desgracias.

Madrid parecía una Babel multicolor: jóvenes, niños, mayores haciendo colas, disputando con funcionarios que no deberían trabajar en esos sitios donde se mezclan urgencias, necesidades.

Y no deberían estar allí porque deshonran uniformes, o maltratan, o se muestran refractarios a lamentos, lágrimas y súplicas, abusando de un poder miserable que les dura un rato, porque luego, necesariamente, tendrán que volver a sus rutinas de ciudadanos ejemplares.

Pues allí estábamos, tratando de organizarnos en un caos donde unos estaban en tránsito, otros necesitan correr porque perdían sus vuelos, otros pasar el control de pasaportes, escuchando: ¡ya le dije que ese es su problema, espere allí! ¡No me lo haga repetir!

Poca, muy poca compasión, muchísimos prejuicios, y la soberbia de los que creen que mandan, desordenando lo que creen ordenar, obedeciendo lo que obtusos ordenantes y mandamases, ordenan, quítese los zapatos, saque el ordenador, no hace falta quitarse los zapatos, el reloj sí, ¡le dije que los zapatos no hacían falta”

Después de todos los trámites, casi convertidos en becerros guiados por pastores “ladrantes”, nos fuimos a las cintas donde estaban nuestras maletas.

Debíamos recogerlas para luego embarcar en otro vuelo, en otra terminal. Tardaban en salir, tanto que empecé a componer un pequeño texto acerca de la fauna “dirigente” que acabábamos de dejar atrás.

Me seguía doliendo el autoritarismo, la indiferencia hacia personas cansadas, niños, con discapacidades, ancianos llorando porque perdían el próximo vuelo, y todo hacerlo de modo aséptico, sin implicarse en lo más mínimo. Como respuesta: “Ese es su problema”, ¡menudo diagnóstico!

Atormentado por esos pensamientos caí en la cuenta de lo que me estaba diciendo mi amiga, al tiempo que señalaba el rótulo de la cinta donde aguardábamos. Acababa de anunciar que se estaba procediendo a la entrega de maletas de un vuelo que llegaba de Bogotá, el nuestro había desaparecido.

Cuando concluyó la espera nos desplazamos a una oficina donde se encargan de los equipajes extraviados.

Ya había gente allí atendidos por un solo trabajar, mi turno era el tercero de la fila.

Justo cuando me correspondía, dos chicas, con lágrimas en los ojos que venían de Francfort, me pidieron que las dejase pasar porque tenían otras combinaciones urgentes; ellas no tenían tiempo yo sí.

Pude ver como el señor que estaba detrás del mostrador se ocupó de los problemas, primero de un panameño, luego de otro panameño y de un matrimonio con un niño, finalmente de las dos jóvenes rubias.

Estaba sorprendido por el buen hacer de aquel señor, me parecía que, estando donde estaba, provenía de otra galaxia, algo sorprendente.

Mirándome a los ojos, me preguntó que me pasaba y le respondí que no había llegado una maleta, de color negra y rígida. Respondí a su interrogatorio de buen detective y de ese modo se enteró de donde venía, cuál era el destino final, cuanto tiempo llevaba, cuento tenía.

“Voy a realizar un par de gestiones.”

Por mi parte lo dejaba hacer, asombrado, quizás se me escapase alguna jaculatoria en honor a San Tarsicio, patrono de los monaguillos, para que ayudase los empeños de ese apóstol de la nobleza.

Primero llamó a un número para preguntar si en el vuelo que había llegado hacía más de una hora quedaba procedente de … nones.

Segundo llamó a otro número diciendo: “Tranquilo, voy a hacer otra gestión...” En el otro sitio le dijeron que allí no había nada, que todo se había entregado.

Finalmente, sin argumentar que podría ser el último cartucho, insistió con otra persona, pongamos que se llamase X, “Oye X, soy Edgar de 1, ¿no les quedó por casualidad una maleta del vuelo tal que llegó hace una hora? Vale..., No, no, no, por favor no hagas eso, mándala, pero ya por la cinta 9. No, no, ¡por la cinta 9!, si lo sé, por allí están saliendo los bultos del vuelo que llegó de Guayaquil.”

Le pregunté su nombre: Edgar me dijo, y como no podía abrazarlo porque nos separaba un mostrador, le aseguré: “Edgar, usted es una buena persona, se preocupa por los demás, lo he visto actuar, el modo en que se preocupa, las gestiones que hace. Edgar, si en este puñetero mundo hubiese más personas como usted, todo sería distinto.”

Ya con la maleta en mi poder, nos dirigimos a la compañía aérea para dejar constancia de nuestra felicitación. Ante la imposibilidad de hacerlo, “solo QR de reclamos”, marchamos hasta la empresa que se ocupa de los objetos perdidos para hacer lo propio. Nadie conocía a Edgar, no tuve ninguna posibilidad de plasmar sus bondades, solicitar una promoción, que lo pongan a mandar, que le aumenten el sueldo.

Ojalá que Edgar se entere por este medio, que consiga ver su nombre, aunque lo del sueldo, me temo...

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