Estoy viendo a los lejonarios en la calle Larios. Los llaman así porque vienen de lejos. Llegan a Málaga en barco, desde Melilla y enseguida se van a hacer guardia a la iglesia donde está el Cristo de Mena. En cada turno se acerca la gente para ver que no pestañean. Así cada año. Se conmemora un asesinato y los penitentes se arrepienten y lloran mientras un vendedor ofrece la copita de coñac a los de la grada. En un balcón hay un torero y en otro una presentadora de televisión. España va bien.
El lunes se acaban las vacaciones y vuelta al trabajo. Dentro de poco empieza la campaña electoral y los candidatos calientan haciendo de costaleros. Ha cambiado la imagen y unos nazarenos con capirotes negros avanzan lentamente detrás de un simpecado. A lo lejos se oye un tambor y un fotógrafo se mete en medio de la procesión para tomar un primer plano. La que canta la saeta desde la ventana ha ido esta mañana a la peluquería. Cómo me gustaría ser Gabriel Miró para describir el color de las sotanas de los monaguillos. Suena la campana y se oye: ¡Macarena al cielo! y las toneladas del trono suben como impulsadas por un cohete.
Un ministro que va con la medalla y el escapulario saca pecho y corrobora lo del cohete. Estas cosas no se pierden. En tiempos de Franco se encargaban de hacerlas los fachas y resultaba más o menos igual. La de la saeta le canta a la Zamarrilla. La fila de cofrades llevan la vela encendida y van vestidos con un habito azul oscuro, como el fondo del mar,, y un cingulo dorado, muy elegante. La virgen aparece al fondo, entre los árboles de la Alameda con toda la candelería iluminando sus ojos de cristal. El puñal que se clava en su pecho reluce y tiembla al ritmo de la banda de los marinos.
Lo veo todos los años y todos los años pienso lo mismo. ¡Qué pronto nos olvidamos y regresamos al odio! Pero las cosas siguen igual y se repiten. Esto es tan insistente como la muerte. No te repones de una para entrar en la otra, y el arrepentimiento es tan efímero que ni siquiera da tiempo para tenerlo en cuenta. Un amigo mío dice que la tarde no da para nada, y tiene razón. Todas las cosas solemnes ocurren en la madrugada y yo me pregunto qué pensará el papa de todo esto. A lo lejos se oye cantar el novio de muerte y el Cristo ya está entrando en la manquita. Terelu sigue en el balcón tapándose las ojeras con unas gafas de sol. ¡Qué manía por pasar de incógnito! Válgame Dios y María santísima. Ya no hay toreros que hagan llorar a Federico, ni siquiera un almirante americano de la base de Rota que venga a ver la procesión. Carmen, la cigarrera de Sevilla, ya no enamora a los franceses, ni canta las seguidilla en casa de Lilas Pastia. Cada uno ve las cosas como quiere y yo mezclo las imágenes con los recuerdos y me salen estas mezclas absurdas entre la actualidad y el pasado y resultan que son verdad, que nada ha cambiado aunque creamos lo contrario