Algo se está quebrando en el orden mundial. No es sólo una disputa entre potencias.
Es algo más profundo.
Durante décadas se nos presentó la globalización neoliberal como un horizonte histórico inevitable. Como el resultado natural del progreso económico, tecnológico y político. El mercado mundial, decían, era la forma más racional de organizar la vida colectiva de la humanidad.
Pero esa narrativa repetida en universidades, organismos internacionales y medios de comunicación, ocultaba una estructura de poder muy concreta.
El orden global contemporáneo no es simplemente económico. Es también patriarcal.
La arquitectura de la globalización se levantó sobre una combinación muy específica de fuerzas históricas: el capitalismo financiero, la herencia colonial y un sistema de poder profundamente masculinizado donde la competencia, la dominación y la expansión permanente se convierten en virtudes políticas.
No es casualidad. Desde los imperios antiguos hasta el capitalismo global contemporáneo, la lógica de expansión ha estado asociada a una concepción profundamente patriarcal del poder: conquistar, acumular, controlar territorios, controlar recursos, controlar cuerpos.
Especialmente los cuerpos de las mujeres. Porque el capitalismo global no sólo reorganiza mercados. También reorganiza la reproducción social. Las cadenas globales de producción descansan sobre una inmensa economía invisible de cuidados, trabajo doméstico y trabajo precario feminizados que sostienen silenciosamente el funcionamiento del sistema.
Sin esa base material barata, invisible y mayoritariamente femenina la globalización simplemente no sería posible.
Y, sin embargo, ese mismo sistema empieza a mostrar signos evidentes de agotamiento.
La hegemonía occidental que dominó el mundo durante gran parte del siglo XX atraviesa hoy una crisis múltiple. Militar, económica, ecológica y también cultural. No se trata únicamente de la emergencia de nuevas potencias o del desplazamiento de los centros de poder hacia Asia.Se trata de algo más estructural: el modelo que organizaba el orden global empieza a perder legitimidad.
El neoliberalismo prometió eficiencia económica. Prometió prosperidad compartida.
Prometió libertad. Lo que produjo fue otra cosa.
Desigualdad extrema.
Precarización del trabajo.
Concentración obscena de riqueza.
Destrucción acelerada de ecosistemas.
El crecimiento infinito en un planeta finito nunca fue una ecuación sostenible. Pero durante décadas se mantuvo la ficción de que el mercado podía resolver cualquier contradicción social o ecológica.
Hoy esa ficción se desvanece.
Al mismo tiempo, la maquinaria militar que sostiene el orden global se ha vuelto cada vez más costosa y menos eficaz políticamente. Bases militares, alianzas estratégicas, guerras prolongadas, intervenciones indirectas. La historia imperial muestra una regularidad inquietante: cuando una potencia intenta mantener simultáneamente demasiados frentes de control político, económico y militar, termina agotando su propia capacidad estructural.
La sobreextensión no es un accidente. Es una fase recurrente de los sistemas imperiales: Roma la conoció. El imperio británico también.
Y hoy observamos síntomas similares en el sistema internacional contemporáneo.
Pero la crisis del orden global no es sólo geopolítica. Es también una crisis civilizatoria.
El modelo de desarrollo dominante ha subordinado sistemáticamente la reproducción de la vida —la naturaleza, los cuidados, las comunidades— a la lógica de acumulación del capital.
En ese sentido, la globalización neoliberal no fue únicamente un proyecto económico.
Fue también un proyecto cultural que normalizó la explotación de territorios, de pueblos y de cuerpos como si fueran simples recursos productivos.
Desde una perspectiva ecofeminista, esta lógica resulta particularmente evidente.
El mismo paradigma que considera la naturaleza como una reserva ilimitada de materias primas ha tratado históricamente a las mujeres como una reserva ilimitada de trabajo reproductivo. La economía global se sostiene sobre esa doble apropiación: la de la tierra y la de los cuerpos.Por eso la crisis actual no puede resolverse simplemente sustituyendo una hegemonía por otra.
Un mundo multipolar no garantiza automáticamente un mundo más justo. La competencia entre potencias puede reproducir —con otros actores— las mismas dinámicas de dominación, extracción y violencia que han caracterizado al sistema durante siglos.
La cuestión de fondo es más radical. No se trata sólo de quién gobierna el sistema internacional. Se trata de qué tipo de civilización queremos sostener.
Si algo revela el momento histórico actual es el agotamiento de un modelo basado en expansión permanente, desigualdad estructural y militarización creciente. Ese modelo ha producido riqueza para una minoría, pero también ha generado crisis ecológicas irreversibles, tensiones geopolíticas constantes y una profunda erosión democrática.
Frente a ese horizonte, cada vez más movimientos sociales plantean otra pregunta política.
¿Cómo reorganizar la economía global desde el principio de sostenibilidad de la vida?
Esto implica repensar profundamente la relación entre economía, naturaleza y sociedad. Implica reconocer el valor central de los cuidados, redistribuir poder económico y político, y cuestionar la idea de que el bienestar humano depende necesariamente del crecimiento ilimitado.
También implica algo más incómodo. Desmantelar las estructuras patriarcales que han organizado históricamente la política internacional y la economía global. Porque mientras el poder continúe definiéndose en términos de dominación, expansión y competencia, las lógicas imperiales tenderán a reproducirse bajo distintas formas.
Los imperios caen. Siempre han caído. Pero el final de una hegemonía no garantiza automáticamente un orden más justo. La historia demuestra que las transiciones entre sistemas de poder suelen ser periodos de gran inestabilidad.
Por eso el desafío político de nuestro tiempo no consiste simplemente en observar el declive de un orden global. Consiste en imaginar y construir otro.
Un orden donde la economía esté subordinada a la sostenibilidad de la vida, donde losderechos humanos no dependan de intereses geopolíticos y donde los cuerpos de las mujeres dejen de ser territorios de explotación económica o simbólica.
La verdadera transformación no será sólo geopolítica. Será civilizatoria. Y apenas está comenzando.