www.canariasdiario.com

No a la guerra

Por Julio Fajardo Sánchez
miércoles 11 de marzo de 2026, 10:10h

"Este es un mosquetón marca mauser, español, de repetición. Es de repetición porque con un solo cargador se pueden efectuar varios disparos ". Íbamos a la plaza del Cristo, de tierra, para ver a los soldados hacer la instrucción. Era la teórica que enseñaban los instructores, veteranos del primer reemplazo. Los oficiales estaban en el pabellón, a la sombra. Veían a las secciones levantando el polvo del suelo al marcar el paso. En un extremo estaba la residencia del Capitán General, con dos bombetas en la barandilla de la escalera. Era un edificio con tres cuerpos que los soldados se encargaban de mantener en perfectas condiciones. Las bombetas brillaban con la misma intensidad que la bola del cerrojo del fusil. El fusil, para sus estudios, se dividía en tres partes: cañón, caja de mecanismos y culata. Luego se seguía con el despiece de que cada uno de los elementos que siempre eran otros tres y así hasta llegar hasta los mínimos detalles. Se estaban preparando para la batalla, igual que las mulas que cargaban las piezas de artillería para subirlas a la montaña. Ese era el entrenamiento para la guerra. Hacía poco que habíamos terminado una y con aquellas armas nos habíamos destrozado.

La plaza se animaba cuando llegaban los reclutas y desde el primer día los menos capacitados pasaban a engrosar el pelotón de los torpes. Eran chicos que vivían en las cumbres y no estaban acostumbrados a caminar por lo llano. Otros, demasiado gordos, eran torturados por la voz del sargento que les daba un tute extra para sudar la grasa sobrante y llegar presentables a la jura de bandera. Pa-so, pa-so gritaban los suboficiales hasta lograr que aquella serpiente sinuosa se enderezara y marchara al mismo compás. A mí me gustaba verlo y me sentaba en el suelo para escuchar las clases. "El alma del fusil está estriada a dextrorsum", pero el sargento decía destrozo. Después explicaba los elementos de puntería: "alza, pie de alza y corredera".

Más tarde mis compañeros de la Universidad, gente de izquierdas, decían que aquello era un abuso y un atentado a la libertad perpetrado por una dictadura de derechas, porque a la Unión Soviética se la respetaba, aunque allí no pudieras abrir la boca. Yo veía las películas de la propaganda americana, que nos mandaba queso gouda y leche en polvo. Guadalcanal y Paralelo 38, terminaban con la marcha de los marines y nosotros pateando el suelo de madera del Teatro Leal, igual que en la llegada de Séptimo de Caballería cuando venía a salvar al general Custer del acoso de los indios. Esta era nuestra iniciación con el belicismo. Una pantomima aquel ensayo militar, pero era en serio y a un juripa de la guardia se le podía escapar un tiro.

En aquel momento pensaba inocentemente que la guerra no servía para nada, pero era porque no me enteraba. Hoy lo veo desde otro punto de vista y compruebo cómo con esa amenaza se pueden ganar elecciones. Unos días antes de la jura venía la banda para tocar la marcha Barcelona en los últimos ensayos del desfile. Era muy variado todo, y el viernes santo se le rendían honores al Cristo que estaba al lado del cuartel con armas a la funerala. Más tarde hice la mili en el Regimiento de Artillería 93 y conocí la técnica del escaqueo y descubrí que la vida militar en el campo de maniobras era aparentar estar haciendo siempre algo: no hacer nada pero muy deprisa. Que me van a contar a mi del Ejército.

Por eso me sonrio cuando oigo lo del no a la guerra. Por la noche, siendo furriel formaba a la batería en el dormitorio para la retrata. Mi compañero decia: "Batería, retrata y parte" y los soldados contestaban anónimos: "Partete el culo, cabrón". Estas cosas hicieron crecer en mi un profundo sentido patriótico y militar. Algunos me han llamado facha por esto, pero yo les digo que ellos se lo perdieron.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios