Apenas transcurridos los primeros días del nuevo año, la rutina empieza a imponerse. Cambiamos el 2025 por el 2026, pero, en general, la cotidianidad en la vida política, económica, social y hasta deportiva resulta un calco de lo vivido con anterioridad. Aunque algunos de los protagonistas sean otros, el fondo de los asuntos que marcan el acontecer es muy parecido.
Desde la perspectiva política, este nuevo año viene a ser el pórtico de un 2027 de marcado carácter electoral, siempre que Pedro Sánchez no decida otra cosa. Hasta el momento, parece que solo los casos judiciales que afectan a su familia y a quienes han sido sus colaboradores políticos más cercanos pueden torcer su voluntad.
A priori, la tendencia imperante en el mundo occidental se decanta por gobiernos conservadores y ultraconservadores, que en nada favorecen al presidente del Gobierno español. Esa misma orientación empieza a marcar también el camino en nuestro país, como se ha visto en Extremadura, dentro de un nuevo ciclo que, según todas las encuestas y trabajos sociológicos, es muy probable que tenga continuidad en Aragón, Castilla León y Andalucía. Solo aquellas comunidades donde los partidos nacionalistas disponen de un fuerte arraigo pueden contener el crecimiento de las fuerzas de derecha y ultraderecha.
La excepción viene marcada especialmente en Cataluña y Castilla-La Mancha. En el primero de los casos, el PSC, ahora liderado por Salvador Illa, dispone de una amplia capacidad de autonomía dentro Partido Socialista. En el supuesto de la comunidad castellano-manchega, el posicionamiento crítico de su presidente, Emiliano García Page, con determinadas decisiones de Sánchez, especialmente aquellas que tienen que ver con concesiones a los partidos independentistas, le ha reforzado en su entorno territorial. No obstante, los errores estratégicos en la toma de decisiones por parte de los gobernantes pueden cambiar las tendencias sociológicas de la población con resultados imprevisibles.
Dentro del ámbito estatal, recuérdese lo que le sucedió a José María Aznar con su decisión, poco fundamentada, de sumarse a Estados Unidos y Reino Unido en la guerra de Irak, que acabó por truncar las expectativas electorales de Mariano Rajoy. De optar a una mayoría absoluta pasó a verse en la oposición, por una resolución que la ciudadanía no acabó de asimilar. Pedro Sánchez comienza el nuevo año intentando obtener en el exterior la credibilidad que ha perdido dentro de España. Para ello, sea por convicción o por pura estrategia política, ha decidido abrirse un hueco posicionándose en aquellos asuntos externos más sensibles para los ciudadanos. Ucrania, Gaza, Venezuela o Groenlandia son algunos ejemplos.
Sin duda, el líder espiritual de la corriente conservadora y ultraconservadora que recorre el mundo occidental se llama Donald Trump. La forma y el fondo con los que actúa el presidente estadounidense despiertan en la ciudadanía, proporcionalmente, tanta empatía como rechazo. Dentro de España, el rechazo a las decisiones de Trump es unánime entre el electorado de los partidos que apoyan la gobernabilidad de Sánchez. Y esto le permite erigirse como la voz más crítica frente a los exabruptos del ‘trumpismo’. De este modo, la resonancia de su posicionamiento en las instituciones internacionales refuerza también la alianza establecida con quienes le sostienen al frente del Gobierno de España.
Los movimientos políticos del presidente en este comienzo de año parecen estar claramente dirigidos a compensar con la política exterior el agujero que le ha abierto la corrupción dentro del ámbito estatal.