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Balance

Por Julio Fajardo Sánchez
martes 30 de diciembre de 2025, 13:21h
Última actualización: miércoles 31 de diciembre de 2025, 12:43h

Se acaba el año. Las fiestas son como el paso del camión de la basura que recoge todos los desperdicios para empezar una nueva etapa en mejores condiciones de salubridad, pero no es así. La experiencia nos dice que todo lo que se deja para comenzar el día uno, o los lunes, constituye una montaña de promesas incumplidas que se diluyen en menos de una semana. Lo normal es que las cosas sigan igual, a menos que entremos en eso que se llama cambio de ciclo. Se alterarán algunas modas pero en lo esencial seguirá ocurriendo lo mismo. Esto se demuestra teniendo en cuenta el interés que despierta desvelar qué traje llevará Cristina Pedroche para dar las uvas. El misterio empieza y acaba ahí, lo demás es rutina e inercia.

Cuando los ritmos de la normalidad se alteran no lo hacen de forma sorpresiva. Se trata de un deja vu; por eso se dice que volvemos a las andadas, que quiere decir regresar a la época en que lo hacíamos mal. No podemos evitar esta tendencia. Hace tiempo que hemos vuelto a ese camino del retorno, y eso me hace creer en el mito con una fe creciente en el destino, en lo inevitable, en las fuerzas que nos obligan al vaivén del progreso y del regreso alternándose sin que lo podamos impedir. Los que tenemos cierta edad creemos poco en las innovaciones y nos decimos con frecuencia: “esto ya sucedió. Hace tiempo, pero es lo mismo de antes”. La historia es un bucle del que no nos podemos desprender, nos lleva por los mismos caminos a los mismos ocasos y a los mismos amaneceres, sin darnos cuenta de que en esos términos se esconde el fracaso de las marchas uniformes hacia el futuro.

Ramón Gómez de la Serna decía que habíamos perdido el andén cuando el tren se ponía en marcha. Era una forma de verlo, una manera original de interpretar el principio de Relatividad de Einstein. Sin embargo, vemos con toda naturalidad cómo se emprenden viajes para llegar al mismo lugar en el que estábamos. Es una forma de hacer verdad lo de “vuelve a casa por Navidad”. El retorno al origen, que es el regresus ad uterum de los alquimistas, consiste en esa condena a recorrer el itinerario de las novelas, como el de don Quijote, alrededor de su casa, para regresar a la cordura antes de morir; o el de “De los Apeninos a los Andes”, de Edmundo D’Amicis para encontrar a la madre, igual que los jóvenes protagonistas de “Autopista Lincoln”.

Ana Karenina conoce a Vronski en un tren y al final acaba tirándose a las vías, como si la fatalidad estuviera ligada a su periplo inútil en lucha por el amor y la libertad. 2025 no tiene un buen balance. Hay quien asegura que estamos a punto de cargarnos el sistema, que hacemos temblar a los pilares de la Transición, pero lo que hacemos es volver a las andadas. La memoria nos ha jugado una mala pasada y sufrimos la añoranza de un tiempo que no nos condujo a nada bueno. Algunos lo advierten, pero no les hacen caso. Por lo demás, vamos como una moto; lo que ocurre es que no sabemos a dónde nos lleva.

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