Hace algunas semanas atrás, escuché lo que una madre le decía a su hijo al subirse al ascensor que ya compartíamos mi mujer y yo. Ya sabes, le decía con voz de autoridad y mando la mamá a su vástago: al llegar a casa, lo primero que haces es ducharte, después cenas, haces la tarea y vas a acostarte. ¡Menudo plan! Aquel chiquillo de unos doce años aproximadamente, iba vestido con un chándal en clara señal de que venía de algún tipo de entrenamiento o de practicar algún deporte. Me los encontré, como digo, en un ascensor de un centro comercial de La Laguna. Es decir, si haces una composición de lugar y tiempos, ese chiquillo, ese día al menos, estuvo desde las ocho de la mañana, por ser benévolos, en pie. El ajetreo habría sido frenético: levantarse, asearse para estar presentable, desayunar lo apropiado para no desfallecer en las primeras horas de clase y tirar para su colegio -podrían aumentarse algo los tiempos, si tuvieron que llevarlo en coche o usar transporte escolar-. Así hasta la hora de almorzar -lo normal es comer en el mismo recinto educativo-. Una vez terminado de comer, de recoger su servicio y descansar un poco, entraría a clase en turno de tarde y al finalizar una o dos clases extraescolares o la práctica de algún deporte, elegido muchas veces por sus progenitores, para que se forme en… en… -Yo es que quiero ser artista… ¡Artista! Pero si tú ya lo eres y de tomo y lomo. Usted lo que va a hacer es un deporte que te convierta en un hombre de porvenir, así que elige: fútbol o fútbol. Ese niño, en algunos casos con dos pies izquierdos, se convertirá en el gran suplente de un equipo que no logrará superar los primeros tres encuentros del campeonato inter-escolar; aun a sabiendas que habremos perdido a un magnífico dibujante o un bailarín de primera. Seguimos con el día del crío. Termina el tiempo de deporte o actividad elegida y la madre pasa a buscarle para ir al supermercado, pues le faltan algunas cosas que no llegaron en la compra del mes. Ahí fue cuando, en este caso me los encontré yo, así que retomaré el tema después del planazo que le habían preparado para el resto del día. El niño no se concentra estudiando… Lo noto inapetente… Anda como despistado… ¡Señora! Su hijo está, simplemente, fundido. Y aún no hemos hablado del fin de semana, pues los partidos oficiales se llevan a cabo en ese espacio de tiempo, y cuando ya todo hacía pensar en paz, relax y diversión, llegan primero los padres y luego el entrenador, a tratar de conseguir que espabile, pues el partido de hoy es sumamente importante. El menor, ya nota el peso de la responsabilidad desde el día anterior al encuentro, cuando el míster les habló de lo trascendente del día siguiente.
¿No come? ¿Se muestra despistado? ¿Tiene ojeras? Lo extraño, papá y mamá, es que no esté dando botes encolerizados. Su hijo está algo superado por el estrés. Y no está haciendo más que empezar a vivir su vida. A excepción de su primera etapa escolar donde el aprendizaje se fundamenta en el juego, y donde hasta en el deporte que se practique, el divertimento es lo esencial, todo lo que les viene después es “a-go-bian-te” ¡El niño está algo irascible! Normal.
Cuando echo la vista atrás y recuerdo a mi hijo el pequeño en sus primeros partidos de fútbol -él solito se anotó en el equipo de la Orotava, pues el campo de entrenamiento estaba cerca de casa- y es que te partías la caja del pecho ver jugar al equipo. Ellos se divertían y hacían que uno también disfrutara de esa diversión. –Pero, muchacho, que la portería contraria está para el otro lado; les importaba poco dónde meter su gol. Les importaba menos qué equipo lo metía, pues se celebraban todos, los propios y los del rival, como si fueran los suyos. Si te tocaba jugar en un campo de césped natural alguno de los jugadores encontraba un bichito, el juego perdía protagonismo y todos se acercaban a verlo y experimentar con aquello que habían encontrado. ¡Muchachos a jugar! Pues vale. El estrés aún no estaba inventado. Al menos no para los menudos.
Hoy, desde muy temprana edad, quienes los dirigen en las distintas disciplinas del deporte, parecen sacados del ejército; el uso de técnicas de defensa y ataque en zona, se les muestra en modernas Tablet donde el entrenador les va indicando que debe hacer, cada uno de ellos o ellas, en cada momento. Es posible que sin pretenderlo -nadie que conozca ha podido confirmarme que se trate de una forma premeditada-, se les esté preparando para un trabajo donde prevalezca todo lo que tenga que ver con el logro de objetivos, trabajos en equipo, dirección de grandes proyectos, control de los tiempos y un sinfín de cosas que cuando se fomentan desde la niñez, termina fraguando en las edades más adultas. ¿No van a estar estresados? Es normal que lo estén y eso que en la mayoría de los casos no son conscientes para lo que se les está educando.
Si el niño que me encontré en el ascensor, le hubiera dicho a la madre, lo preocupado que se iba a quedar al no entender mucho lo del orden que se le estaba imponiendo aunque fuera desde el familiar tono de la madre, tal vez la cosa cambiara algo. Es posible que si el mundo de los chiquillos pusiera, sobre una hipotética mesa de negociaciones con los adultos, sus necesidades reales en las que seguramente el juego tendría un valor predominante; seguramente, en aquel ascensor, hubiera habido más frases de ánimo para que al niño le quedara tiempo para disfrutar un poco de su juego. Seguramente, aquel niño -y todos- aprendería, para cuando le tocara ser padre, que los niños deben tener su tiempo de juego, pues sus responsabilidades mayores -aprender a cumplir con obligaciones para sí mismo y para los demás-, llegarán en el momento que corresponda.
Cada familia sabe cómo educar a sus menores, y no creo ser yo la persona más indicada para criticar la retahíla de instrucciones que aquella madre le planteó al niño del ascensor o cualquier otra pudiera plantearle a sus retoños. Solo me atrevo a plantear, basándome en mis propias meteduras de pata, que si de cada tres instrucciones que le diéramos a nuestros menores, dos hablaran simplemente de juego y entretenimiento, es posible que los críos en edad de pensar en jugar, cuando crecieran verían con mayor tranquilidad el hablar de la transición a la vida seria. A la vida de las responsabilidades mayores. Al momento del estrés. Del estrés de los mayores.
Los niños no deberían crecer con más obligaciones que las que corresponden a su edad. Y, en esa edad, el juego fortalece la idea que intento aportar. ¿Estudiar? claro que sí, ¿responsabilizarse de su cuarto y enseres? Por supuesto, formar parte de deportes colectivos, recomendable y así podemos seguir hasta llegar a enumerar un buen montón de ideas en las que podríamos estar todos de acuerdo. Pero ¿todo a la vez? Ahí es donde yo entiendo que se le debería dar una pensada. Por ejemplo, ¿son necesarios los deberes para la casa? Hoy en día, las grandes multinacionales con sus magníficos departamentos de recursos humanos, han dejado claro y por escrito que lo que no se haga en la jornada laboral, debería quedar para el día siguiente. ¿No deberíamos extrapolar esa directriz a la infancia? Ante el posible estrés de los niños por tanta cosa a ser tenida en cuenta por ellos, merecería una pensada.