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Putin y nosotros

martes 01 de marzo de 2022, 06:00h

Al final Putin nos ha sacado de dudas y ha tomado la peor de todas las decisiones posibles: el ejército ruso ha iniciado una invasión total de Ucrania. No sabemos cuáles sean sus objetivos finales, pero por la dimensión del ataque parecería que pretenda conseguir la rendición total de los ucranianos y, a partir de ahí, bien colocar un gobierno títere y convertir a Ucrania en un país satélite, como Belarús, bien anexionar a Rusia la mayor parte del país y dejar un estado residual en la zona noroccidental, porque sería la zona donde posiblemente tendría una resistencia feroz y persistente y tampoco tendría ya un gran interés estratégico. Pero, por supuesto, todo son especulaciones, solo Putin sabe qué es lo que quiere.

En un artículo publicado hace unos días, el historiador y pensador israelí Yuval Noah Harari, autor de Sapiens y de Homo Deus, expone que lo que está en juego es el devenir de la historia humana. En los últimos tiempos se había producido un cambio en la consideración de la guerra por parte de los líderes de los países, que había pasado de ser un instrumento considerado útil para la consecución de los propios intereses, a quedar relegado en favor de la paz, concebida no como ausencia momentánea de guerra, sino como “improbabilidad de la guerra”. Concluye Harari que si la amenaza rusa de invadir Ucrania se concreta, si para los países poderosos vuelve a ser aceptable invadir a sus vecinos más débiles para conseguir sus objetivos o sus intereses, eso significará un cambio en la manera de pensar de todo el mundo. Se incrementarán los gastos militares, con la subsiguiente reducción de recursos destinados a educación, sanidad o bienestar y también disminuirán los esfuerzos dedicados al cambio climático. La carrera armamentista con armas dirigidas por inteligencias artificiales y la amenaza de conflictos armados supondrán el inicio de una nueva época en la que la guerra volverá a ser un método habitual en las relaciones internacionales y gran parte de los avances de las últimas décadas se perderán.

Pues bien, Putin ha decidido pasar a la historia junto a todos los depredadores conquistadores que en el mundo han sido e iniciar un cambio, una reversión, en la tendencia de la historia hacia la paz, o, cuando menos, un enlentecimiento de la misma. Parece que no solo tiene nostalgia de la Unión Soviética, también quiere ser recordado como los líderes soviéticos.

Las primeras reacciones parecen dar la razón a Harari. El canciller alemán, Olaf Scholz, ya ha anunciado un incremento en el presupuesto militar para una modernización de su ejército y es muy posible que la mayoría de los países occidentales hagan lo mismo.

Estos días muchos comentaristas, políticos e intelectuales están emitiendo opiniones en las que, si bien condenan la invasión rusa, esgrimen algunas posibles justificaciones, aunque parciales, basadas sobre todo en una crítica a la expansión de la OTAN hacia el este, integrando a la totalidad de los países del antiguo Pacto de Varsovia, todos ellos en su momento satélites de la URSS, e incluso a los países bálticos, Estonia, Letonia y Lituania, que formaban parte de la propia Unión Soviética. No tienen razón. La invasión de un país que no es una amenaza y que no ha realizado ningún movimiento agresivo en tu contra, ni siquiera después de haber sido agredido por ti mismo y haber perdido en la agresión una parte de su territorio, Crimea, no puede justificarse, ni parcialmente, con esas excusas. La razón de esta invasión es el imperialismo de Putin y su obsesión por reconstruir, en la medida de lo posible, el imperio de la Unión Soviética.

El presidente ucranio, Volodímir Zelensky, ha demostrado una capacidad de liderazgo que pocos esperaban, ya que por tratarse de un actor que nunca se había dedicado a la política, su victoria en las elecciones se consideró por muchos analistas como un resultado extemporáneo facilitado por el cansancio de los ciudadanos ante la incompetencia y la corrupción de los políticos, pero pocos confiaban que tuviera el temple necesario para dirigir un país en una situación tan difícil como la de Ucrania en los últimos años. Pues bien, Zelensky está demostrando una gran dignidad y valor. Ha permanecido en Kiev dirigiendo la resistencia, con el riesgo personal que significa, declinando la oferta del presidente Biden de evacuarlo junto a su mujer, que también continua junto a su marido, y está ganando, con mucha diferencia, la guerra de imagen a Putin.

Así como la resistencia del pueblo ucraniano es heroica, la reacción de occidente es decepcionante. Más allá de las declaraciones grandilocuentes, hemos dejado a Ucrania sola. Es cierto que la Unión Europea existe para que no haya guerra en Europa, no para lo contrario y que no dispone de ejército propio, más allá de un cuerpo testimonial creado por Francia, España y algunos otros países de la unión, que ahora mismo no sé si todavía existe. La defensa de la UE está ligada a la OTAN, excepto la de aquellos países que no pertenecen a la misma, como Irlanda, Suecia o Finlandia, que tienen ejércitos y políticas de defensa propios y no coordinados con los de los demás. Por otro lado la OTAN tiene miembros que no forman parte de la UE: EE.UU., Canadá, Reino Unido o Turquía, cuyos intereses no siempre coinciden con los nuestros.

Se ha decidido enviar armamento y equipamiento a Ucrania, pero eso se debería haber hecho hace semanas. Ahora, como se demoren un poco con cuestiones burocráticas o logísticas, ya no hará falta que las envíen.

Por otro lado, tenemos las sanciones económicas, consideradas como el gran arma para combatir a Putin. En las declaraciones solemnísimas de los dirigentes de la UE y de Estados Unidos, se venía anunciando la imposición a Rusia de sanciones “sin precedentes”, que infligirían un daño descomunal a la economía rusa. En la práctica las tan cacareadas sanciones se están quedando en sancioncillas. Como muy bien ha dicho el profesor Xavier Vives del IESE, las únicas sanciones que de verdad harían daño sería dejar de comprar a Rusia gas y petróleo, pero eso sería también perjudicial para Europa, ya que habría que buscar proveedores alternativos y los precios, inevitablemente, serían más caros, lo que redundaría en problemas de inflación.

La pregunta es, por tanto, ¿estamos dispuestos a padecer determinados perjuicios en propia carne a cambio de provocar un daño auténtico a Putin como represalia por la invasión, o no? Porque si la respuesta es no, quitémonos la careta y reconozcamos que carecemos del valor y de la dignidad de los ucranianos y que las continuas referencias de nuestros líderes a la defensa de nuestros valores no son más que discursos huecos, vacíos, insustanciales, que acaban en cuanto peligra nuestro confort o nuestra economía.

Si no reaccionamos con firmeza y determinación, cualidades muy escasas entre nuestros líderes, Putin ya nos habrá vencido. A los ucranianos seguramente los vencerá por la fuerza descomunalmente superior que les aplicará, pero ellos perderán con honor. A nosotros nos derrotará sin necesidad de mover un solo blindado, le bastarán nuestra indecisión y pusilanimidad.

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