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Todo tiene muy mala pinta

Por Jaume Santacana
miércoles 01 de diciembre de 2021, 05:00h

Yo no sé ustedes, pero un servidor lo ve todo mal. Muy mal. Fatal. No hay más color que el siniestro negro (si se me permite el adjetivo, que igual es políticamente incorrecto), símbolo principal de desgracias y llanto, color del descolor, representante de la tragedia y de la “sin-vida”, o sea, la muerte.

Uno va por la calle y se cruza constantemente con unos seres a quienes se les ha puesto cara de mala leche. La gente, así, en general, se siente amargada; todos: ellos y el que subscribe. ¡Así no hay manera, oigan!

Y es que no se trata, solamente, de esta dichosa crisis que, lentamente –o no tanto- amenaza con la destrucción de todas la civilizaciones habidas y por haber, con la lógica excepción de Australia que, no se sabe exactamente por qué, pero lo resiste todo. El motivo, quizás, sea el hecho de que viven y caminan al revés… Decía que no es sólo la crisis económico-social o la jodida pandemia, que también: en la intemperie más lejana se está abriendo, como un vulgar y monumental paraguas, una enorme raja en nuestro tan amado ozono; en cuanto la raja se despelote, nos vamos todos al garete.

En otro orden de cosas, el patrimonio mundial de pingüinos se adelgaza por momentos y a ellos no les alcanza el tiempo para copular más, mejor y más rápido. Hacen lo que pueden, pobres pingüinos y pingüinas, pero el deshielo es evidente y cada minuto desaparece una pareja de estos deliciosos y húmedos animalillos del Señor.

Algunas de estas parejas aparecen, semanas más tarde, arrastradas por el océano, en Benidorm o Guadix (bueno, a Guadix llegan en tren, porque no toca mar). Llegan desnudos, algo hambrientos, pero qué mas les da…se han salvado. Algún buen samaritano de Écija los adopta. Los astigitanos (que así son llamados por el alguien que se lo inventó para tocarles las pelotas eternamente) tienen fama de ser buenos adoptadores; no todo el mundo puede decir lo mismo, En la 'sartén de Andalucía' no ha llegado aun el calentamiento global, porque sus habitantes ya estaban, de siempre, bastante calentitos. Por el clima, digo.

El mundo 'pobre' no prospera; las enfermedades contagiosas –y las restantes- se ceban en poblaciones miserables; los efectos meteorológicos arrasan ciudades, campos, desiertos (que ya, de por sí, acostumbran a estar bastante arrasados) y, para más inri, encima los terremotos y volcanes cabreados ponen su broche de oro al siniestro total.

El crimen organizado campa a sus anchas, junto con el bonito fenómeno de la corrupción, muy arraigado en todo el planeta. Por no citar robos, violaciones, malos tratos, asesinatos (en masa o selectivos, a elegir…) y, para finalizar, los discursos de Pablo Casado...

Fuera, llueve; o nieva, ¡o lo que sea!

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