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Excelencia en tiempos de precariedad

Por Daniel Molini Dezotti
sábado 24 de enero de 2026, 06:00h
Actualizado el: 24 de enero de 2026, 19:50h

Tengo frente a mí una tesis doctoral escrita en otro idioma. En la portada, sobre un fondo de colores que recuerdan los de la bandera canaria, se dibujan partículas pequeñas, algunas con forma de islas.

El autor, tinerfeño, fue capaz de trasladar su brillo a otras tierras y merecer una calificación “cum laude” por su trabajo.

El texto explica, y mucho, pero soy incapaz de entenderlo. El doctorando aclara que su estudio versa sobre estructuras electrónicas de moléculas adheridas a superficies metálicas, así como su efecto en las propiedades plasmónicas de nano cavidades ópticas, formadas por una punta de microscopio de efecto túnel y una muestra.

Lo siento, podría repetirlo, pero me da miedo. Tampoco sabría explicar qué significa el modo en que se implementa la recolección de la luz emitida en la unión punta–muestra, debida a la electro luminiscencia por electrones túnel.

Quizás, el lector comprenda mejor, si busca de que va el asunto por su nombre técnico: “Emisión de luz inducida por microscopía de efecto túnel (EL-MET).”

Conozco al autor, a su familia. Se llama Óscar, tiene 30 años recién cumplidos y lo comprometí para tomar un café. Me interesaba conocer las expectativas de un joven de su edad, muy formado, que me hablase de su proyecto de vida, de sus experiencias.

Como soy un presuntuoso que cree estar dotado, empezamos a hablar de ciencia, pero pronto tuve que derivar la conversación, cuando mis meninges amenazaron colapsar por culpa de nano partículas, fuller tubos y sus ancestros o descendientes fullerenos, empeñados en sublimarse sobre superficies metálicas.

En un momento pensé que su entusiasmo por ilustrar superaba mis expectativas, así que interrumpí su discurso sobre la interacción “plasmón–exciton”.

Hablar de todo eso con solvencia requería una preparación como la suya, que comenzó en el año 2014, al iniciar sus estudios de ingeniería en la Universidad Politécnica de Madrid.

Allí estuvo cuatro años, hasta concluir con notas excelentes, lo que le permitió ser contratado como investigador en prácticas, permaneciendo en los laboratorios del doctorado, y gracias a contratos sucesivos, hasta el año 2023.

A punto de terminar la tesis y sin horizonte en España para seguir cobrando los 1200 euros mensuales de sueldo, contactó con el CNR, un instituto de investigación italiano, donde se integró en un proyecto que le pareció atractivo.

En la tierra que dio celebridad a Espartaco comenzó sus labores el 1 de febrero de 2024, como un esclavo, nunca menos de doce horas. De los 1400 euros del sueldo que percibía destinaba 800 al alquiler de la vivienda. El precio, “económico” obedecía a su ubicación, en el sur de Roma, en la última estación de metro, en un barrio ocupado por “investigadores” del clan Casamonica, un grupo “científico” que busca los mejores métodos para desarrollar el tráfico de drogas, la usura o la venta de mercancía robada.

Cuando hacía las cuentas, se sentía todo un gladiador: ganaba 1400, gastaba 1500, perdía 100 al mes.

Al presentar la tesis, el tribunal -que entendía de sincrotrones- lo premió con la mejor calificación y él, tras el abrazo y las felicitaciones de las personas cercanas, se preguntó: “¿Y ahora qué?”.

Hasta ese momento se había cumplido el pronóstico de su primer jefe: “No pienses en ningún momento que vas a trabajar poco; tampoco pienses que vas a ganar mucho.”

No le preocupaba el dinero; sí, y mucho, tener un proyecto de vida en el que no todo fuera trabajar sin descansos, ni fines de semana, agobiado por tener que publicar en revistas científicas.

De su presencia en esos papeles se generaban antecedentes, referencias, que a su vez influían en la obtención de ayudas, programas y subvenciones. Empezaba a cansarse de tener que depender siempre de otros, de pugnar en un entorno donde se priorizaba el lucro más que la ciencia.

Se postuló para la beca Marie Curie, sabiendo que sería difícil obtenerla, requería un plus, además del sobresaliente, para competir con los mejores cerebros del mundo. Su trabajo, que al principio se desarrollaba solo en cinco laboratorios del planeta, cuando terminó eran diez. Vaya a saber quién sería el afortunado que podría llegar hasta el final, a él no le era posible continuar, cuestiones de presupuesto.

Cuando el 1 de octubre de 2025 comprendió que investigar de ese modo no era vida, tuvo la tentación de hacer lo mismo que el personaje Andrea, interpretada por Anne Hathaway en la película “El diablo viste de Prada”, cuando cansada de un mundo competitivo,estresante y de ambiciones frustradas, lanzó su teléfono móvil a una fuente.

Pero no lo hizo, o si acaso, lo recuperó, para seguir conectado y luchando por un mundo que más que problemas tecnológicos padece problemas sociales y no encuentra salidas para gente como él.

En el prólogo de su tesis doctoral Óscar se confiesa. Junto con los agradecimientos a su gente querida, a las personas que le ayudaron, a sus maestros, también se plasman sus dudas.

Allí se describen los años de lucha en países distintos, las carencias, necesidades e incomprensiones, el grado de intensidad y los esfuerzos que exige una carrera.

No puedo estar más de acuerdo con su conclusión, ¡son personas!, y al igual que el cuidado que se exige con la instrumentación científica también hay que tenerlo en el cuidado personal, sobre todo cuando una etapa tan importante concluye y no se vislumbra por donde continuar.

Quizás por eso Óscar sigue estudiando.

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