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Peligros políticos

Por Sebastián Urbina
miércoles 21 de julio de 2021, 03:00h

Uno de los peligros se refiere a un desprecio, más o menos velado, por el votante-medio, que da lugar a elitismos perniciosos. Otro peligro es la exagerada servidumbre y sumisión de los políticos, en general, a las encuestas y sondeos.

El primer peligro lo vemos en esta cita de Winston Churchill:

‘El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio’.

Esto no significa que Churchill estuviera en contra de la democracia. Al contrario, estaba a favor de ella y en contra de los totalitarismos. Lo demostró en numerosas ocasiones. Sin embargo, la cita nos muestra un problema real. Que la calidad de una democracia no puede ser mayor que la calidad de los demócratas que la configuran y la sustentan. Cuanto más baja sea ‘la calidad de los demócratas’, más fácilmente surgirán elitismos perniciosos.

A finales de junio/2021, el ministro de Universidades, Manuel Castells, del gobierno socialista de Sánchez, dijo: «Condenar a los alumnos por un suspenso es elitista, machaca a los de abajo y favorece a los de arriba».

Esto es una grave estupidez progresista. En primer lugar, porque el sistema educativo-siguiendo las indicaciones del ministro Castells- sería una fábrica de ‘votantes medios’, de los que hablaba Churchill. Es decir, la izquierda defiende la igualdad, que siempre es igualdad a la baja, y la igualdad a la baja produce votantes medios semianalfabetos y fácilmente manipulables. ¿Votantes de izquierda? Mayoritariamente.

¿Es casualidad que la exministra de educación, Celaá, propusiera pasar curso con suspensos, no importa el número, si el alumno es suficientemente ‘maduro’? No es casualidad. Las opiniones de los citados ministros socialistas, conducen al sistema educativo a ‘fabricar’ ciudadanos semianalfabetos, adoctrinados y fácilmente manipulables. Sin embargo, el mejor antídoto contra la manipulación, es la educación exigente y de calidad. Que forma ciudadanos competentes y autónomos. Y capaces de detectar a los demagogos. ¿Por qué el gobierno socialista ha donado, generosamente, unos 25 millones de euros a diversos medios televisivos? No quiero insultarle respondiendo a la pregunta.

En una sociedad democrática, no es moralmente aceptable que unas élites se aíslen completamente (si esto fuera posible) del resto de ciudadanos, como si fueran seres inferiores. Estas separaciones radicales, típicas de otras épocas y sistemas (patricios y plebeyos, entre otros ejemplos) no casan con el espíritu democrático. Lo que no significa que los ciudadanos estén moralmente obligados a amar a sus semejantes. El respeto y la igualdad ante la ley no exigen tanto.

La igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades permiten que cualquier persona con pocos medios económicos, acceda a las mejores universidades, si muestra la capacidad suficiente y supera los filtros establecidos. Esto es muy importante. A su vez, la movilidad social que esto implica suele dar lugar a relaciones entre personas pertenecientes a élites y personas que no pertenecen a ellas. Esto no es nuevo, pero esta movilidad social se intensifica, habitualmente, en las sociedades democráticas.

Junto a esta dimensión de justicia, dado que los azares de fortuna o clase social deberían ser irrelevantes desde un punto de vista moral, está la dimensión prudencial. Es decir, es bueno para el funcionamiento del sistema democrático, y de la sociedad en su conjunto, que las personas valiosas y trabajadoras, con independencia de su origen y posibilidades económicas, puedan (si quieren) escalar socialmente y ‘mezclarse’ con las élites ya constituidas.

Porque, con independencia de la simpatía que se tenga por las élites, las ha habido, las hay y las habrá. No importa la demagogia que se utilice para criticar al que destaca. Aparte de los envidiosos crónicos, los progresistas disfrutan mucho maldiciendo a ‘los ricos’.

La élite, según Pareto, está formada por aquellas personas cuyas cualidades destacadas proporcionan poder, prestigio, o ambas cosas. Además, como dije, junto a la existencia de élites hay ‘circulación de élites’. Esto quiere decir, que no todos los descendientes de los que pertenecen a las élites atesoran las cualidades destacadas para permanecer en ellas. Y parte de ellos, dejan de ser élites. Lo muestra el economista J. Schumpeter con la ‘destrucción creativa’ de empresas.

De ahí que sea un grave error que la LOGSE, por ejemplo, minusvalore o desprecie el mérito. El motivo es que la izquierda (con honrosas excepciones) dice que el mérito crea desigualdad. Y es cierto, pero es desigualdad ‘buena’. Conseguida con el esfuerzo. Dado que la izquierda dice defender el igualitarismo, o igualdad en los resultados, es coherente que rechace el mérito. Pero su minusvaloración, o rechazo, ha producido y produce, pésimos resultados. La igualdad a la baja de nuestros estudiantes. Y esto es lo que, repetidamente, han reflejado los informes PISA.

Sin embargo, el fanatismo progre está inmunizado frente a cualquier opinión adversa. ¡Prohibidos los suspensos! Es decir, mejor todos iguales y peores. Esta es la izquierda y su noción de progreso aborregado. ¡Viva Sánchez, doctor fraudulento!

En resumen, el esfuerzo y el mérito (con la consecuente desigualdad y la formación de élites meritocráticas) no suponen un ‘elitismo pernicioso’, sino un ‘elitismo virtuoso’. Siempre que se respete la igualdad de los ciudadanos ante la ley y exista un razonable sistema de igualdad de oportunidades. Rechazar este tipo de desigualdad facilita una igualdad ‘a la baja’, de negativas consecuencias para la sociedad. Todos perdemos si el nivel medio baja, que es lo que sucede cuando se desprecia el mérito y el esfuerzo. La típica demagogia progresista que conduce a votar a políticos planetarios como Zapatero o Sánchez.

Hay que evitar el peligro de un ‘elitismo pernicioso’ que trataría de relegar o discriminar injustamente, a una parte de la población, de sus legítimas aspiraciones. La discriminación podría hacerse mediante una ‘enseñanza para ricos’ y otra ‘para pobres’. Algo que nadie defiende. O puede hacerse, como hace la izquierda, bajando el nivel de la enseñanza pública (igualdad a la baja), lo que facilita el aborregamiento y el adoctrinamiento. Y criminalizando a la privada/concertada. ¡Viva Sánchez, el inconstitucional!

Hay que hacer lo contrario de este nefasto gobierno. Por respeto a la libertad, por el peligro político de formar ciudadanos semianalfabetos, y por el bien de los propios estudiantes.

Educación exigente y de calidad. Suspensos incluidos.

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