Respeto la inteligencia de los demás, su capacidad de pensar de manera diferente a la mía, hasta el punto de considerar que en un elevado porcentaje de ocasiones puedo estar equivocado, pero lo que no acepto es que la contabilidad de las opiniones acertadas se haga por medio de una estadística. La estadística es una ciencia para establecer una verdad inmediata, nunca para determinar dónde se halla la verdad absoluta. Ante estos hechos he llegado a sospechar que la verdad absoluta no existe.
Después de comprobar las dudas de los filósofos que leo y frecuento, llego a la conclusión de que esto es así, y que vivimos cercados por un mundo donde se pretende instalar lo indiscutible en forma de uniformidad social. Esto empieza a resultarme peligroso cuando fiamos a los algoritmos y a las herramientas que manejan a la llamada Inteligencia Artificial las pautas de nuestro pensamiento perfecto, adaptado a la satisfacción de la generalidad.
Compruebo cómo la cantidad de balones que le han pasado a Lamine Yamal han sido infructuosos en un noventa por ciento. No han servido para nada, mientras los locutores de la televisión nos intentaban convencer insistentemente que ahí estaba la solución y que el mundial se iba a ganar, que todo puede ser, enterneciéndonos con la figura del niño y su hermanito en la grada ofreciendo una imagen extradeportiva cargada de tierno sensacionalismo.
Imponer un criterio es una técnica publicitaria demasiado conocida para que ahora venga a sorprendernos. Vivimos una realidad ficticia arropada por fanatismos que la transforman en artificialidad. Nada es seguro y nada funciona si no se somete previamente a la prueba del algodón de los algoritmos. Todo sucede como en los actos previos a la seducción, preparando el terreno de las coincidencias forzadas. Si queremos ser aceptados en el ambiente de las lagarteranas tendremos que vestirnos de lagarteranas y pasar a formar parte de esa masa que se disfraza de lo local una vez al año para sentirse identificada.
Ayer en La Laguna, por poner un ejemplo, una asociación protestaba por mezclar un baile de magos con un partido de fútbol, en un choque de dos maneras de entender la comunicación de masas. La solución hubiera sido llevar a los niños con la camiseta de Lamine, un sombrerito negro, un bigote pintado con corcho quemado y una cachimba pequeña. Insisto en que respeto la inteligencia de los demás y que a veces siento que soy yo el que se equivoca en sus apreciaciones. Lo cierto es que me siento naufrago en este mar de vulgaridades gobernado por las consignas del pensamiento único. Tiendo a mi defensa individual aún a riesgo de ser acusado de neoliberal. Lo correcto es sumirse en el mundo de los argumentarios y dejarse llevar por la corriente, comprarse todos los libros que nos recomiendan nuestros guías espirituales y esperar pacientemente a que pase el temporal y llegue ese día imposible en que volvamos a ser nosotros mismos.
Quería hablar de mi defensa a la inteligencia y me he visto arrastrado por la anécdota, pensando que así se me iba a entender mejor. En el fondo también soy un esclavo de esta pobreza de ideas que nos invade y recurro a la localidad del argumento fácil. Creo que me estoy dejando llevar por la influencia del algoritmo y, sin quererlo, me he convertido en una víctima capturada por la demagogia. A veces pienso si existe un solo hombre que controla todo esto, si hay un grupo de seres superiores que han descubierto los mecanismos para controlarnos, pero pienso que también están atrapados en las garras del monstruo que han fabricado y no saben cómo deshacerse de él.