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La paz y la verdad

Por Julio Fajardo Sánchez
jueves 09 de octubre de 2025, 13:31h

Coincidiendo con la convalidación del decreto de embargo de armas a Israel se anuncia el acuerdo de la primera fase del plan de paz de Trump, firmado en Egipto por Israel y Hamás. El debate de ayer en el Congreso, que se cerró con un sí pero no de Podemos estableciendo la teoría del absurdo sobre las decisiones parlamentarias, se queda en nada y es sustituido por las expectativas para la concesión del premio Nobel de la paz.

La política, como siempre en los últimos tiempos alejada de la realidad. Pero qué es la realidad. Hay dos realidades, o miles, si ustedes quieren, en función del color de los cristales de Campoamor. Esa visión del poeta es un tanto pesimista a la hora de fijar un canon del que todos nos podamos fiar. Es como decía ayer, comentando a Innerarity, que vamos a quedar mal delante de quién. No existe verdad ni norma que no sea discutible, pero no obedece al sé que no sé nada de Sócrates, sino a diferentes versiones de la seguridad con que se afirman las cosas, que es la posición contraria de lo que decía el filósofo.

Hoy recuerda El País un artículo de Mario Vargas Llosa donde escribía: «El periodista de talento busca la verdad como una espada que se abre paso por doquier, Decir mentiras, manipular es fácil, pero tarde o temprano queda en evidencia». ¿Se refiere quizá mi admirado escritor a los voceros que se limitan a difundir las consignas que elaboran los estrategas de los partidos para salvar a sus señoritos? No creo que sea tan simple porque ese es un mal deontológico que todos conocemos y nos pone en guardia al leer determinadas informaciones en determinados medios. Vargas Llosa habla del valor de la verdad, ero de qué verdad. José Antonio Marina dice que no todas las opiniones son válidas como aseguran llenándoseles la boca muchos pesudo demócratas.

Una opinión debe sostenerse sobre una base racional para que sea admitida, si no se convierte en un acto reflejo de oposición sin más, que puede estar sostenido por un argumento o ser simplemente una descalificación o un exabrupto. Esa condición racional es la que salva a la definición de Habermas cuando dice: «La verdad no es una propiedad intrínseca sino una pretensión de validez que se establece a través de un consenso racional y un diálogo libre de manipulación». Hay quien interpreta el aserto del filósofo alemán haciendo que baste una mayoría que la apoye para que la verdad se convierta en algo indiscutible, y esto no es así. Se requiere la condición racional y la ausencia de manipulación. Pero quién garantiza esto.

De aquí pasamos directamente a las palabras de Vargas Llosa, porque la verdad que se publica, provenga de donde provenga, se transforma en dogma inmediatamente, salvo cuando es admitida por un tribunal que acepta recortes de prensa para iniciar un proceso. Estas interpretaciones sobre la verdad me vienen al pelo para describir el mundo de choque de ideas en el que estamos sumergidos, donde la paz no es tal paz si no la consigue alguien de nuestras simpatías. Ayer hubo risas en el Parlamento, pero hoy ninguno ha corrido a celebrar que el principio de la paz se haya alcanzado para Gaza.

Al final concluyo que la gran enemiga de la verdad es la demagogia.

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