OPINION

El Papa si habla de cosas de Dios

Julio Fajardo Sánchez | Jueves 11 de junio de 2026

La visita del papa ha servido para que muchos descubran a un personaje insólito, el mensajero de una buena nueva que todos hemos estado esperando desde que el mundo existe. Esto sirve para que afloren negacionistas y afectos y unos desautoricen a los otros. El problema consiste en la dificultad de creer en las cosas que no vemos, pero las cosas que ha dicho el papa sí que las vemos y se presentan como indiscutibles, con la misma fuerza con que deseamos corregirlas. Ese es el mensaje: el mismo que hace dos mil años ilusionó a unos pescadores del mar de Galilea.

Ya hablé de Florentín. Florentín no creía en el alma porque había descuerado a muchos conejos y a ninguno se la había visto. Unos griegos antiguos empezaron a hablar de partículas elementales e indivisibles, a las que llamaron átomos, que tampoco podían ver. Un físico de nuestro tiempo, Schrödinger, dijo que sus colegas de principios del siglo XX, que los habían redescubierto, eran unos soberbios al ignorar que los griegos, sin medios, habían dicho lo mismo. Hay mucha ignorancia fiada a negar todo aquello que no se ve, a pesar de que necesitemos imaginarlo para darle sentido a nuestra existencia.

La fe se nos hace imprescindible aunque haya una opinión presuntuosa que diga que es una manipulación más para dominarnos. El papa no ha venido a hablar de fe, pero alguien lo ha tomado así y lo desautoriza diciendo que en un país aconfesional un personaje vestido con una sotana no puede venir a hablarnos de las cosas que no se ven, a pesar de que las tengamos delante de nuestras narices, apestando el ambiente y haciéndolo irrespirable. El problema es que son esos los que pretenden tener razón y exponen sus axiomas simples con la arrogancia del que nunca se equivoca. Si a un griego antiguo no se le hubiera ocurrido pensar en que estamos formados por partículas indivisibles, o a Leibniz pensar en las mónadas, seguiríamos en la selva protegiéndonos exclusivamente de aquello que vemos y palpamos.

Dios no existe porque no lo podemos tocar, no lo podemos ver, no lo podemos oler, no lo podemos oír, pero si comprobamos cómo se les ilumina el rostro a aquellos afortunados que aseguran haberlo sentido en su interior, entonces empezaremos a sospechar que algo hay detrás de ese infinito con el que Zapatero embobaba a su audiencia.

El papa ha ido a Barcelona y la didáctica ha sido diferente de la de Madrid. Han sacado a un niño de 6 años que le ha preguntado si le gusta el fútbol y si de pequeño ya quería ser papa, entre otras cosas referentes a la igualdad impropias de alguien de su edad. Pero lo que sí me sirve como ejemplo fue esa niña ciega que explicó cómo era la cruz que está en la torre de la Sagrada Familia que se inauguraba. No la veía y dio más detalles de los que nosotros somos capaces de distinguir con la curiosidad de nuestros ojos. A esto me refiero. Una descripción que echa por tierra tanta predicación estúpida de los que creen sabérselo todo, esa presunción de tener la verdad en el bolsillo sin ningún atisbo de humildad, dispuestos a arrojársela a la cara a todos los que piensen en contrario.


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